viernes, 14 de octubre de 2022

"SAN PABLO VI"


Dos años después de finalizar el Vaticano II, Pablo VI suprimió el Índice de Libros Prohibidos, una decisión que un comentarista calificó acertadamente de "incomprensible".
Pablo VI suprimió el juramento antimodernista, justo en el momento en que la herejía modernista se esparcía más que nunca en la Iglesia.
El 21 de noviembre de 1970, Pablo VI también excluyó a los cardenales mayores de 80 años de participar en las elecciones papales. (L'Osservatore Romano, ed. en inglés, 3 de diciembre de 1970, p. 10).
Pablo VI desestabilizó la corte papal, disolvió la Guardia Noble y la Guardia Palatina. (George Weigel, Witness to Hope, p. 238.)
Pablo VI abolió el rito de la tonsura, las cuatro Órdenes Menores y el grado del Subdiaconado.- (The Reign of Mary, vol. XXVI, No. 81, p. 17.)
Pablo VI devolvió el estandarte de Lepanto a los musulmanes. La historia de esta bandera es venerable. Fue arrebatada al almirante turco durante la gran batalla naval de 1571. Mientras el Papa San Pío V ayunaba y rezaba el Rosario, la reducida flota cristiana derrotó a la mucho mayor flota musulmana, salvando así a la cristiandad de los infieles. En honor a la victoria milagrosa, el Papa San Pío V instituyó la fiesta de Nuestra Señora del Santísimo Rosario para conmemorar su intercesión. En un acto dramático, Pablo VI renunció no solo a la extraordinaria victoria cristiana, sino también a las oraciones y sacrificios de un gran papa y santo.”- (Mark Fellows, Fatima in Twilight, Niagra Falls, NY: Marmion Publications, 2003, p. 193.)
Bajo el pontificado de Pablo VI, el Santo Oficio fue reformado: su función principal es ahora la "investigación" y ya no la defensa de la pureza de la fe católica.- (Mark Fellows, Fatima in Twilight, p. 193)
Las personas que han visto el video de la visita de Pablo VI a Fátima dicen que ni siquiera dijo un Ave María - (Mark Fellows, Fatima in Twilight, p. 206).
En 1969, Pablo VI eliminó cuarenta santos del calendario litúrgico oficial.- (Nino Lo Bello, The Incredible Book of Vatican Facts and Papal Curiosities, Ligouri, MO: Liguori Pub., 1998, p. 195.)
Pablo VI eliminó los exorcismos solemnes del rito bautismal. En lugar de los exorcismos solemnes, ha agregado una oración opcional que solo hace una referencia pasajera a la lucha contra el diablo.- (The Reign of Mary, vol. XXVIII, No. 90, p. 8.)
Pablo VI aprobó más de 32.000 solicitudes de sacerdotes que pedían ser relevados de sus votos y retornados al estado laico. El mayor éxodo de sacerdotes desde la revolución protestante. -(George Weigel, Witness to Hope, New York, NY: Harper Collins Publishers, Inc., 1999, p. 328.)
La desastrosa influencia de Pablo VI fue inmediatamente visible. En Holanda, por ejemplo, ni un solo candidato solicitó la admisión al sacerdocio en 1970, y en doce meses se cerraron todos los seminarios. -(Piers Compton, The Broken Cross, Cranbrook, Australia Occidental: Veritas Pub. Co. Ptd Ltd, 1984, página 138.)
Pablo VI fue también el que encargó a Annibale Bugnini "fabricar" un nuevo Misal, adaptado a los protestantes y a los tiempos modernos. En la práctica, la Misa Tridentina fue abolida desde que se promulgó el nuevo misal en 1969. Con esto también se esparcieron por todo el mundo las profanaciones, y todo tipo de abusos litúrgicos en la Iglesia.
La destrucción espiritual estaba en todas partes: innumerables millones abandonaron la Iglesia y muchos más dejaron de practicar su fe y confesar sus pecados.
Y mientras Pablo VI provocaba este implacable desastre y ruina espiritual, deliberadamente desviaba la atención de sí mismo. En lo que quizás sea su cita más famosa, afirmó que "el humo de Satanás había penetrado en el templo de Dios".
Pablo VI, Homilía, 29 de junio de 1972: “...por alguna brecha, el humo de Satanás entró en el Templo de Dios…”.- (L'Osservatore Romano, ed. inglesa, 13 de julio de 1972, p.6).
Cuando Pablo VI hizo esta declaración, todos centraron su atención en los cardenales, obispos y sacerdotes, tratando de averiguar dónde podría estar ese "humo". Miraron a todos excepto al mismo que hizo esta afirmación.
Mientras que muchos siguen llamando a todo esto "primavera conciliar", "bocanada de aire fresco para la Iglesia", cada vez son más los que le llaman a esto por lo que en realidad es: Apostasía.



sábado, 1 de octubre de 2022

AMERICANISMO, CONDENADO POR EL PAPA LEON XIII

TESTEM BENEVOLENTIAE

Carta de S.S. León XIII al Emmo. Card. James Gibbons sobre el ‘Americanismo’:

La tentación de la primacía de la acción por encima de todo otro orden (sobre todo el natural), tiene raíces positivistas y fue condenado por León XIII en esta Carta. Trasladamos el texto completo:

Querido hijo, Salud y Bendición Apostólica.

Os enviamos por medio de esta carta una renovada expresión de esa buena voluntad que no hemos dejado de manifestar frecuentemente a lo largo de nuestro pontificado a vos, a vuestros colegas en el Episcopado y a todo el pueblo americano, valiéndonos de toda oportunidad que nos ha sido ofrecida por el progreso de vuestra Iglesia o por cuanto habéis hecho para salvaguardar y promover los intereses católicos. Por otra parte, hemos frecuentemente considerado y admirado los nobles regalos de vuestra nación, los cuales permiten al pueblo americano estar sensible a todo buen trabajo que promueve el bien de la humanidad y el esplendor de la civilización. Sin embargo esta carta no pretende, como las anteriores, repetir las palabras de alabanza tantas veces pronunciadas, sino más bien llamar la atención sobre algunas cosas que han de ser evitadas y corregidas, y puesto que ha sido concebida en el mismo espíritu de caridad apostólica que ha inspirado nuestras anteriores cartas, podemos esperar que la toméis como otra prueba de nuestro amor; esto más aun porque busca acabar con ciertas disputas que han surgido últimamente entre vosotros para detrimento de la paz de muchas almas.

Os es conocido, querido hijo, que el libro sobre la vida de Isaac Thomas Hecker, debido principalmente a los esfuerzos de quienes emprendieron su publicación y traducción a una lengua extranjera, ha suscitado serias controversias por ciertas opiniones que presenta sobre el modo de vivir cristiano.

Nos, por consiguiente, a causa de nuestro oficio apostólico, teniendo que guardar la integridad de la fe y la seguridad de los fieles, estamos deseosos de escribiros con mayor extensión sobre todo este asunto.

El fundamento sobre el que se fundan estas nuevas ideas es que, con el fin de atraer más fácilmente a aquellos que disienten de ella, la Iglesia debe adecuar sus enseñanzas más conforme con el espíritu de la época, aflojar algo de su antigua severidad y hacer algunas concesiones a opiniones nuevas. Muchos piensan que estas concesiones deben ser hechas no sólo en asuntos de disciplina, sino también en las doctrinas pertenecientes al “depósito de la fe”. Ellos sostienen que sería oportuno, para ganar a aquellos que disienten de nosotros, omitir ciertos puntos del magisterio de la Iglesia que son de menor importancia, y de esta manera moderarlos para que no porten el mismo sentido que la Iglesia constantemente les ha dado. No se necesitan muchas palabras, querido hijo, para probar la falsedad de estas ideas si se trae a la mente la naturaleza y el origen de la doctrina que la Iglesia propone. El Concilio Vaticano dice al respecto: «La doctrina de la fe que Dios ha revelado no ha sido propuesta, como una invención filosófica, para ser perfeccionada por el ingenio humano, sino que ha sido entregada como un divino depósito a la Esposa de Cristo para ser guardada fielmente y declarada infaliblemente. De aquí que el significado de los sagrados dogmas que Nuestra Madre, la Iglesia, declaró una vez debe ser mantenido perpetuamente, y nunca hay que apartarse de ese significado bajo la pretensión o el pretexto de una comprensión más profunda de los mismos» (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV).

No podemos considerar como enteramente inocente el silencio que intencionalmente conduce a la omisión o desprecio de alguno de los principios de la doctrina cristiana, ya que todos los principios vienen del mismo Autor y Maestro, «el Hijo Unigénito, que está en el seno del Padre» (Jn 1,18). Estos están adaptados a todos los tiempos y a todas las naciones, como se ve claramente por las palabras de Nuestro Señor a sus apóstoles: «Id, pues, enseñad a todas las naciones; enseñándoles a observar todo lo que os he mandado, y he aquí que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo» (Mt 28,19). Sobre este punto dice el Concilio Vaticano: «Deben ser creídas con fe divina y católica todo aquello que está contenido en la Palabra de Dios, escrita o transmitida, y es propuesto por la Iglesia para ser creído como divinamente revelado, ora por solemne juicio, ora por su ordinario y universal magisterio» (Constitutio de Fide Catholica, cap. III).

Lejos de la mente de alguno el disminuir o suprimir, por cualquier razón, alguna doctrina que haya sido transmitida. Tal política tendería a separar a los católicos de la Iglesia en vez de atraer a los que disienten. No hay nada más cercano a nuestro corazón que tener de vuelta en el rebaño de Cristo a los que se han separado de Él, pero no por un camino distinto al señalado por Cristo.

La regla de vida afirmada para los católicos no es de tal naturaleza que no pueda acomodarse a las exigencias de diversos tiempos y lugares. La Iglesia tiene, guiada por su Divino Maestro, un espíritu generoso y misericordioso, razón por la cual desde el comienzo ella ha sido lo que San Pablo dijo de sí mismo: «Me he hecho todo con todos para salvarlos a todos» (1Cor 9,22).

La historia prueba claramente que la Sede Apostólica, a la cual ha sido confiada la misión no sólo de enseñar, sino también de gobernar toda la Iglesia, se ha mantenido «en una misma doctrina, en un mismo sentido y en una misma sentencia» (Constitutio de Fide Catholica, cap. IV).

Ahora bien, en cuanto al modo de vivir, de tal manera se ha acostumbrado a moderar su disciplina que, manteniendo intacto el divino principio de la moral, nunca ha dejado de acomodarse al carácter y genio de las naciones que ella abraza.

¿Quién puede dudar de que actuará de nuevo con este mismo espíritu si la salvación de las almas lo requiere? En este asunto la Iglesia debe ser el juez, y no los individuos particulares, que a menudo se engañan con la apariencia de bien. En esto debe estar de acuerdo todo el que desee escapar a la condena de nuestro predecesor, Pío VI. Él condenó como injuriosa para la Iglesia y el Espíritu de Dios que la guía la doctrina contenida en la proposición LXXVIII del Sínodo de Pistoia: «que la disciplina creada y aprobada por la Iglesia debe ser sometida a examen, como si la Iglesia pudiese formular un código de leyes inútil o más pesado de lo que la libertad humana puede soportar».

Pero, querido hijo, en el presente asunto del que estamos hablando, hay aún un peligro mayor, y una más manifiesta oposición a la doctrina y disciplina católicas, en aquella opinión de los amantes de la novedad según la cual sostienen que se debe admitir una suerte tal de libertad en la Iglesia que, disminuyendo de alguna manera su supervisión y cuidado, se permita a los fieles seguir más libremente la guía de sus propias mentes y el sendero de su propia actividad. Aquellos son de la opinión de que dicha libertad tiene su contraparte en la libertad civil recientemente dada, que es ahora el derecho y fundamento de casi todo estado secular.
Hemos discutido largamente este punto en la carta apostólica sobre de la Constitución de los Estados dada por nosotros a los Obispos de toda la Iglesia, y allí hemos dado a conocer la diferencia que existe entre la Iglesia, que es una sociedad divina, y todas las otras organizaciones sociales humanas que dependen simplemente de la libre voluntad y opción de los hombres.

Es bueno, entonces, dirigir particularmente la atención a la opinión que sirve como el argumento a favor de esta mayor libertad buscada para los católicos y recomendada a ellos.

Se alega que ahora que ha sido proclamado el Decreto Vaticano sobre a la autoridad magisterial infalible del Romano Pontífice, ya no hay más de qué preocuparse en esa línea, y por consiguiente, desde que esto ha sido salvaguardado y puesto más allá de todo cuestionamiento, se abre a cada uno un campo más ancho y libre, tanto para el pensamiento como para la acción. Pero tal razonamiento es evidentemente defectuoso, ya que, si hemos de llegar a alguna conclusión acerca de la autoridad magisterial infalible de la Iglesia, esta sería más bien la de que nadie debería desear apartarse de esta autoridad, y más aun, que llevadas y dirigidas de tal modo las mentes de todos, gozarían todos de una mayor seguridad de no caer en error privado. Y además, aquellos que se permiten tal modo de razonar, parecen alejarse seriamente de la providente sabiduría del Altísimo, que se dignó dar a conocer por solemnísima decisión la autoridad y derecho supremo de enseñar de su Sede Apostólica, y entregó tal decisión precisamente para salvaguardar las mentes de los hijos de la Iglesia de los peligros de los tiempos presentes.

Estos peligros, a saber, la confusión de licencia y libertad, la pasión por discutir y mostrar contumacia sobre cualquier asunto posible, el supuesto derecho a sostener cualquier opinión que a uno le plazca sobre cualquier asunto, y a darla a conocer al mundo por medio de publicaciones, tienen a las mentes tan envueltas en la oscuridad que hay ahora más que nunca una necesidad mayor del oficio magisterial de la Iglesia, no sea que las personas se olviden tanto de la conciencia como del deber.

Nosotros ciertamente no pensamos rechazar todo cuanto han producido la industria y el estudio modernos. Tan lejos estamos de eso, que damos la bienvenida al patrimonio de la verdad y al ámbito cada vez más amplio del bienestar público a todo lo que ayude al progreso del aprendizaje y la virtud. Aun así, todo esto sólo podrá ser de algún sólido beneficio, es más, sólo podrá tener una existencia y un crecimiento real, si se reconoce la sabiduría y la autoridad de la Iglesia.

Ahora bien, con respecto a las conclusiones que han sido deducidas de las opiniones arriba mencionadas, creemos de buena fe que en ellas no ha habido intención de error o astucia, pero aún así, estos asuntos en sí mismos merecen sin duda cierto grado de sospecha. En primer lugar, se deja de lado toda guía externa por ser considerada superflua e incluso negativa para las almas que luchan por la perfección cristiana —siendo su argumento que el Espíritu Santo derrama gracias más ricas y abundantes que antes sobre las almas de los fieles, de manera que, sin intervención humana, Él les enseña y los guía por cierta inspiración oculta. Sin embargo, es signo de un no pequeño exceso de confianza el querer medir y determinar el modo de la comunicación divina a la humanidad, ya que ésta depende completamente de su propio bien parecer y Él es el más libre dispensador de sus propios dones. («El Espíritu sopla donde quiere»—Jn 3,8. «Y a cada uno de nosotros la gracia nos es dada de acuerdo a la medida de la donación de Cristo»—Ef 4,7).

¿Y quién que recuerde la historia de los Apóstoles, la fe de la Iglesia naciente, los juicios y muertes de los mártires —y, sobre todo, aquellos tiempos antiguos tan fructíferos en santos— osará comparar nuestra era con aquellas, o afirmar que aquellos recibieron menos de aquel divino torrente del Espíritu de Santidad? Para no extendernos en este asunto, no hay nadie que ponga en cuestión la verdad de que el Espíritu Santo ciertamente actúa mediante un misterioso descenso en las almas de los justos y que asimismo los mueve con avisos e impulsos, ya que, a menos que éste fuera el caso, toda defensa externa y autoridad sería ineficaz. «Si alguien se persuade de que puede asentir a la verdad salvífica, esto es, evangélica, cuando ésta es proclamada, sin la iluminación del Espíritu Santo, que da a todos suavidad para asentir y perseverar, ese tal es engañado por un espíritu herético» (Segundo Concilio de Orange, can. 7).

Más aun, como lo muestra la experiencia, estas mociones e impulsos del Espíritu Santo son las más de las veces experimentados a través de la mediación de la ayuda y luz de una autoridad magisterial externa. Para citar a San Agustín: «Él (el Espíritu Santo) coopera con el fruto recogido de los buenos árboles, ya que Él externamente los riega y los cultiva con el ministerio exterior de los hombres, y por Sí mismo les confiere el crecimiento interno» (De Gratia Christi, cap. XIX). Ciertamente pertenece a la ley ordinaria de la providencia amorosa de Dios que, así como Él ha decretado que los hombres se salven en su mayoría por el ministerio de los hombres, ha querido también que aquellos a quienes Él llama a las alturas de la santidad sean guiados hacia allá por hombres; y por eso declara San Crisóstomo que «somos enseñados por Dios a través de la instrumentalidad de los hombres» (Homilía I, in Inscr. Altar). Un claro ejemplo de esto nos es dado en los primeros días de la Iglesia. Pues aunque Saulo, resuelto entre venganzas y matanzas, escuchó la voz misma de nuestro Señor y preguntó, “¿Qué quieres que yo haga?”, le fue declarado que entrara a Damasco y buscara a Ananías: «Entra en la ciudad y allí te será dicho lo que debes hacer» (Hch 9,6).

Tampoco podemos dejar fuera de consideración el hecho de que quienes están luchando por la perfección, y que por eso mismo no transitan un camino trillado o bien conocido, son los más expuestos a extraviarse, y por eso tienen mayor necesidad de un maestro y guía que otros. Dicha guía ha sido siempre obtenida en la Iglesia, ésta ha sido la enseñanza universal de quienes a través de los siglos han sido eminentes por su sabiduría y santidad. Así pues, quienes la rechazan lo hacen ciertamente con temeridad y peligro.

Para quien considera el problema a fondo, incluso bajo la suposición de que no exista guía externa alguna, no es patente aún cuál es en las mentes de los innovadores el propósito de ese influjo más abundante del Espíritu Santo que tanto exaltan. Para practicar la virtud es absolutamente necesaria la asistencia del Espíritu Santo, y sin embargo encontramos a aquellos aficionados por la novedad dando una injustificada importancia a las virtudes naturales, como si ellas respondiesen mejor a las necesidades y costumbres de los tiempos, y como si estando adornado con ellas, el hombre se hiciese más listo para obrar y más fuerte en la acción. No es fácil entender cómo personas en posesión de la sabiduría cristiana pueden preferir las virtudes naturales a las sobrenaturales o atribuirle a aquéllas una mayor eficacia y fecundidad que a éstas. ¿Puede ser que la naturaleza unida a la gracia sea más débil que cuando es abandonada a sí misma? ¿Puede ser que aquellos hombres ilustres por su santidad, a quienes la Iglesia distingue y rinde homenaje, sean deficientes, sean menos en el orden de la naturaleza y sus talentos, porque sobresalieron en su fortaleza cristiana? Y aunque se esté bien maravillarse momentáneamente ante actos dignos de admiración que hayan sido resultado de la virtud natural —¿Cuántos hay realmente fuertes en el hábito de las virtudes naturales? ¿Hay alguien cuya alma no haya sido probada, y no en poco grado? Aún así, también para dominar y preservar en su integridad la ley del orden natural se requiere de la asistencia de lo alto. Estos notables actos singulares a los que hemos aludido, desde una investigación más cercana mostrarán con frecuencia más una apariencia que la realidad de la virtud. Incluso concediendo que sea virtud, salvo que “corramos en vano” y nos olvidemos de la eterna bienaventuranza a la que Dios en su bondad y misericordia nos ha destinado, ¿de qué nos aprovechan las virtudes naturales si no son secundadas por el don de la gracia divina? Así pues, dice bien San Agustín: «Maravillosa es la fuerza, y veloz el rumbo, pero fuera del verdadero camino». Pues así como la naturaleza del hombre, debido a la caída primera está inclinada hacia el mal y el deshonor, pero por el auxilio de la gracia es elevada, renovada con una nueva grandeza y fortaleza, así también la virtud, que no es el producto de la naturaleza sola, sino también de la gracia, es hecha fructífera para la vida eterna y toma un carácter más fuerte y permanente.

Esta sobrestima de la virtud natural encuentra un modo de expresarse al asumir una división de todas las virtudes en activas y pasivas, afirmándose que mientras las virtudes pasivas encontraron un mejor lugar en tiempos pasados, nuestra época debe estar caracterizada por las activas. Es evidente que tal división y distinción no puede ser sostenida, ya que no hay, ni puede haber, una virtud meramente pasiva. «Virtud —dice Santo Tomás de Aquino— designa la perfección de una potencia, pero el fin de esa potencia es un acto, y el acto de virtud no es otra cosa que el buen uso del libre albedrío», actuando —hay que agregar— bajo la gracia de Dios, si el acto es el de una virtud sobrenatural.

Sólo creerá que ciertas virtudes cristianas están adaptadas a ciertos tiempos y otras a otros tiempos quien no recuerde las palabras del Apóstol: «A quienes de antemano conoció, a éstos los predestinó para hacerse conformes a la imagen de su Hijo» (Rom 8,29). Cristo es el maestro y paradigma de toda santidad y a su medida deben conformarse todos los que aspiran a la vida eterna. Cristo no conoce cambio alguno con el pasar de las épocas, ya que «Él es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). A los hombres de todas las edades fue dado el precepto: «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón» (Mt 11,29). Para toda época se ha manifestado Él como obediente hasta la muerte; en toda época tiene fuerza la sentencia del Apóstol: «Aquellos que son de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias» (Gál 5,24). Desearía Dios que hoy en día se practicase más esas virtudes en el grado de los santos de tiempos pasados, quienes en la humildad, obediencia y autodominio fueron poderosos “en palabra y en obra” —para gran provecho no sólo de la religión sino del estado y el bienestar público.

Dado este menosprecio de las virtudes evangélicas, erróneamente calificadas como pasivas, faltaba un corto paso para llegar al desprecio de la vida religiosa que en cierto grado se ha apoderado de algunas mentes. Que esto sea sostenido por los defensores de estas nuevas visiones lo inferimos de algunas afirmaciones suyas sobre los votos que profesan las órdenes religiosas. Ellos dicen que estos votos se alejan del espíritu de nuestros tiempos, ya que estrechan los límites de la libertad humana; que son más propios de mentes débiles que de mentes fuertes; que lejos de ayudar al perfeccionamiento humano y al bien de la organización humana, son dañinos para uno y otra; pero cuán falsas son estas afirmaciones es algo evidente desde la práctica y la doctrina de la Iglesia, que siempre ha aprobado grandemente la vida religiosa. Y no sin una buena causa se han mostrado prestos y valientes soldados de Cristo quienes bajo el llamado divino han abrazado libremente ese estado de vida, no contentos con la observancia de los preceptos sino yendo hasta los consejos evangélicos. ¿Debemos nosotros juzgar esto como una característica de mentes débiles o podemos decir que es algo inútil o dañino para un estado de vida más perfecto? Quienes atan de esta manera sus vidas mediante los votos religiosos, lejos de haber sufrido una disminución en su libertad, disfrutan de una libertad más plena y más libre, a saber, aquella por la cual Cristo nos ha liberado (Gál 4,31).

Este otro parecer suyo, a saber, que la vida religiosa es o enteramente inútil o de poca ayuda a la Iglesia, además de ser injuriosa para las órdenes religiosas, no puede ser la opinión de nadie que haya leído los anales de la Iglesia. ¿Acaso vuestro país, los Estados Unidos, no debe tanto los comienzos de su fe como de su cultura a los hijos de estas familias religiosas? —a uno de los cuales últimamente, cosa muy digna de alabanza, habéis decretado le sea erigida públicamente una estatua. E incluso en los tiempos presentes, dondequiera que las familias religiosas son fundadas, ¡qué rápida y fructuosa cosecha de buenos trabajos traen consigo! ¡Cuántos dejan sus casas y buscan tierras extrañas para impartir allí la verdad del Evangelio y ampliar los límites de la civilización! Y esto lo hacen con la mayor alegría en medio de múltiples peligros. Entre ellos, no menos ciertamente que en el resto del clero, el mundo cristiano encuentra a los predicadores de la Palabra de Dios, los directores de las conciencias, los maestros de la juventud, y la Iglesia misma los ejemplos de toda santidad.

Ninguna diferencia de dignidad debe hacerse entre quienes siguen un estado de vida activa y quienes, encantados por la soledad, dan sus vidas a la oración y mortificación corporal. Y ciertamente cuán buen reconocimiento han merecido ellos, y merecen, es conocido con seguridad por quienes no olvidan que “la plegaria continua del hombre justo” sirve para traer las bendiciones del cielo cuando a tales plegarias se añade la mortificación corporal.

Pero si hay quienes prefieren formar un cuerpo sin la obligación de los votos, dejadles seguir ese rumbo. No es algo nuevo en la Iglesia ni mucho menos censurable. Tengan cuidado, de cualquier manera, de no colocar tal estado por encima del de las órdenes religiosas. Por el contrario, ya que en los tiempos presentes la humanidad es más propensa que en anteriores tiempos a entregarse a sí misma a los placeres, dejad que sean tenidos en una mayor estima aquellos “que habiendo dejado todo lo suyo han seguido a Cristo”.

Finalmente, para no alargarnos más, se afirma que el camino y método que hasta ahora se ha seguido entre los católicos para atraer de nuevo a los que han caído fuera de la Iglesia debe ser dejado de lado y debe ser elegido otro. Sobre este asunto, bastará evidenciar que no es prudente despreciar aquello que la antigüedad en su larga experiencia ha aprobado y que es enseñado además por autoridad apostólica. Las Escrituras nos enseñan (Eclo 17,4) que es deber de todos estar solícitos por la salvación de nuestro vecino según las posibilidades y posición de cada uno. Los fieles realizan esto por el religioso cumplimiento de los deberes de su estado de vida, la rectitud de su conducta, sus obras de caridad cristiana, y su sincera y continua oración a Dios.

Por otro lado, quienes pertenecen al clero deben realizar esto por el instruido cumplimiento de su ministerio de predicación, por la pompa y esplendor de las ceremonias, especialmente dando a conocer con sus propias vidas la belleza de la doctrina que inculcó San Pablo a Tito y Timoteo. Pero si, en medio de las diferentes maneras de predicar la Palabra de Dios, alguna vez haya de preferirse la de dirigirse a los no católicos, no en las iglesias sino en algún lugar adecuado, sin buscar las controversias sino conversando amigablemente, ese método ciertamente no tiene problemas.

Pero dejad que quienes cumplan tal ministerio sean escogidos por la autoridad de los obispos y que sean hombres cuya ciencia y virtud hayan sido previamente probadas. Pensamos que hay muchos en vuestro país que están separados de la verdad católica más por ignorancia que por mala voluntad, quienes podrán ser conducidos más fácilmente hacia el único rebaño de Cristo si la verdad les es presentada de una manera amigable y familiar.

Dicho todo lo anterior es evidente, querido hijo, que no podemos aprobar aquellas opiniones que en conjunto se designan con el nombre de “Americanismo”. Pero si por este nombre debe entenderse el conjunto de talentos espirituales que pertenecen al pueblo de América, así como otras características pertenecen a otras diversas naciones, o si, además, por este nombre se designa vuestra condición política y las leyes y costumbres por las cuales sois gobernados, no hay ninguna razón para rechazar este nombre. Pero si por éste se entiende que las doctrinas que han sido mencionadas arriba no son sólo indicadas, sino exaltadas, no habrá lugar a dudas de que nuestros venerables hermanos, los obispos de América, serán los primeros en repudiarlo y condenarlo como algo sumamente injurioso para ellos mismos como para su país. Pues eso produciría la sospecha de que haya entre vosotros quienes forjen y quieran una Iglesia distinta en América de la que está en todas las demás regiones del mundo.

Pero la verdadera Iglesia es una, tanto por su unidad de doctrina como por su unidad de gobierno, y es también católica. Y pues Dios estableció el centro y fundamento de la unidad en la cátedra del Bienaventurado Pedro, con razón se llama Iglesia Romana, porque «donde está Pedro allí está la Iglesia» (Ambrosio, In Ps.9,57). Por eso, si alguien desea ser considerado un verdadero católico, debe ser capaz de decir de corazón las mismas palabras que Jerónimo dirigió al Papa Dámaso: «Yo, no siguiendo a nadie antes que a Cristo, estoy unido en amistad a Su Santidad; esto es, a la cátedra de Pedro. Sé que la Iglesia fue construida sobre él como su roca y que cualquiera que no recoge contigo, desparrama».

Estas instrucciones que os damos, querido hijo, en cumplimiento de nuestro deber, en una carta especial, tomaremos el cuidado de que sean comunicadas a los obispos de los Estados Unidos; así, testimoniando nuevamente el amor por el cual abrazamos a todo vuestro país, un país que en tiempos pasados ha hecho tanto por la causa de la religión, y el cual, con la ayuda de Dios, hará aún mayores cosas. Para vos y para todos los fieles de América impartimos con gran amor, como promesa de la asistencia divina, nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, desde San Pedro, el vigésimo segundo día de enero, año 1899, vigésimo primero de nuestro pontificado.

LEÓN XIII.








Papa León XIII.

Explicación metódica, acá

MAS SOBRE LA ECLESIOLOGÍA DE LA AUTORIDAD SOBRE LA VERDAD

 Una vez hecho entrar el núcleo filosófico-teológico, ideológico liberal a la Iglesia, cambian todas las concepciones desde la matriz.

La Autoridad de la Iglesia ya no está al servicio de Cristo, de la Verdad, del Logos.
El concepto de Logos, de Verdad Absoluta e Inmutable externa al hombre que viene desde la Eternidad por la Revelación, se ha deturpado, convirtiéndose al fin y al cabo en un epifenómeno producido por la autoridad humana.
Si ha quedado algo parecido a la Verdad, o sustituto de ella, es el derecho positivo emitido por la Autoridad humana, que ha asimilado monstruosamente su sacralidad y su condicón de absoluta.
Este es el principio aberrante de la nueva eclesiología del Kratos, cuyos gérmenes se remontan a teologías del pasado, pero que se oficializó en el II Concilio Vaticano y el postconcilio.
Un correlato teratológico dentro de la Iglesia del absolutismo de los reyes; de la secularización idolátricamente sacralizada de la concepción del poder.
Autoridad sobre Verdad, el Hombre sobre Dios; el Kratos sobre el Logos.
La tergiversación y absolutización del "Magisterio", que ahora ya no está al servicio de la Revelación; sino que absorbe y somete a la Revelación. Es mas, "hace" Revelación.

Toda esta modificación en función del aggiornamiento con el mundo, está en dirección de blindar el papado modernista para infalibilizarlo sin apelar a la instancia Ex Cáthedra, refractaria a la concepción liberal. Para esto también se tergiversó el concepto de Tradición, acá
(ver en el link el punto sobre Magisterio) Acá

domingo, 18 de septiembre de 2022

ELEMENTOS ERRÓNEOS EN EL II CONCILIO VATICANO. "Por una entente doctrinal", por HEMOS VISTO, 05062017

 Ofrecemos a nuestros lectores a modo de documentación el segundo y último artículo del padre Gleize, uno de los principales teólogos de la FSSPX, que por su claridad y síntesis es un elemento ilustrativo extraordinario sobre la posición de la FSSPX con Roma y las claves del conflicto que servirá a todos nuestros lectores a entender mejor los sucesos que están ocurriendo entre ambas partes.

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1. En una entrevista reciente, Monseñor Guido Pozzo declaró que “la reconciliación tendrá lugar cuando Monseñor Fellay se adhiera a la declaración doctrinal que le ha presentado la Santa Sede, Es también la condición necesaria para proceder a la regularización institucional, con la creación de una prelatura personal”. Y tras su regreso de la reciente peregrinación a Fátima (12-13 de Mayo) con ocasión de una conferencia de prensa dada en el avión, el Papa Francisco hizo alusión a ese documento puesto a punto por la Congregación de la Doctrina de la Fe tras su última sesión del miércoles 10 de mayo. Se trataría entonces, en la mentalidad de Roma, de una entente doctrinal. Sin embargo, la expresión es equívoca; puede, en efecto, entenderse de dos maneras.

2. La primera manera de entenderlo es que el objetivo sea que la Tradición encuentre todos sus derechos en Roma, y que por consiguiente, la Santa Sede corrija seriamente los errores doctrinales que son la fuente de la crisis sin precedentes en la que todavía se halla la santa Iglesia. Esta corrección es el objetivo buscado, fin en sí mismo y causa final, principio de toda actuación subsiguiente en el marco de las relaciones con Roma. Y este objetivo no es otro que el bien común de toda la Iglesia. En este sentido, la entente doctrinal significa que Roma debe habérselas no sólo con la Fraternidad San Pío X sino con la doctrina de siempre y abandonar sus errores.

3. Un segundo significado, se trataría que Roma se entendiese con la Fraternidad san Pío X en vista de un reconocimiento canónico. Este reconocimiento sería el objetivo en sí mismo, principio de toda actuación subsiguiente. Este fin no sería otro sino el bien particular aparente de una sociedad como la Fraternidad. La formulación de una posición doctrinal común suficientemente aceptable por las dos partes, Roma y la Fraternidad, sería tan sólo el medio. Y bastaría con que este medio fuese proporcionado para lograr el objetivo: no sería entonces necesario que Roma corrigiese todos sus errores del Concilio; bastaría con que no impusiese esos errores. En ese sentido, la entente significa que la Fraternidad se pone de acuerdo con Roma sobre un número de afirmaciones doctrinales exentas de errores.

4.Es de temer e incluso es evidente, que Roma interpreta la entente doctrinal en este segundo sentido, y vislumbra un régimen de tolerancia respecto a la Fraternidad, pero nada de corregir los errores del Concilio. Hasta aquí, los herederos de monseñor Lefebvre se tomaron como una obligación la de interpretar el acuerdo conforme al primer significado. Desde entonces, está claro que una tal “base de entendimiento” será siempre insuficiente, en tanto que Roma no asuma la corrección de los errores del Concilio.

5. En efecto, el refrán vale aquí como en todas partes: “bonum ex integra causa, malum ex quocumque defectu “. El dicho debe entenderse en el sentido moral, y en relación a las acciones de los hombres. Si tomamos el Vaticano II como un conjunto de textos, evidentemente podemos siempre escoger entre la verdad, el equívoco y el error y cada pasaje concernido puede ser considerado aisladamente. Esta criba puede tener lugar en el marco de un diálogo de expertos –o de una comisión de revisión-. Sin embargo, la forma de actuar de siempre en la Iglesia es la de considerar los textos no en cuanto a tales sino desde un punto de vista moral, es decir, en tanto que los textos son objeto de adhesión de la Iglesia y sus fieles (por tanto de un acto moralmente considerado) y corren el peligro, a causa de sus errores y sus equívocos, de causarles escándalo. Desde este punto de vista, no sería suficiente firmar un texto que expresa una parte de la verdad; es necesario que Roma profese la integridad de toda la verdad y condene por ese mismo acto los errores que vician el fondo de todas las verdades parciales que se pueden encontrar en el magisterio conciliar y post-conciliar.

De algunos puntos en litigio

El concilio Vaticano II

6. La referencia al Vaticano II siempre es molesta. Incluso cuando se trata de pasajes aislados aparentemente ortodoxos. Este Concilio es el objeto de nuestro rechazo, en razón de los graves errores que se introdujeron. Ahora bien, malum ex quocumque defectu: basta con que haya pasajes malos para que el Concilio sea malo incluso si tiene pasajes buenos. Estos pasajes buenos no compensan a los malos.

La libertad religiosa (declaración Dignitatis humanae)

7. Una cosa es ejercer la coacción desde el exterior para conducir a la gente a entrar en la vida religiosa y otra es ejercer presión para evitar que la gente profese una religión falsa. Por otra parte, hay una diferencia entre la coacción física, que es una coacción propiamente dicha (es decir, la violencia) y la coacción moral, que es una coacción impropiamente dicha (es decir, una persuasión o una disuasión).  La doctrina social de la Iglesia exige que el Estado ejerza su autoridad en favor de la verdadera religión: 1º) ejerciendo la doble coacción física y moral para impedir y disuadir la profesión del error. 2º) ejerciendo, igualmente, una cierta coacción moral para favorecer la profesión de la verdadera religión. La Iglesia condenó solamente el recurso a la coacción física para imponer la religión. El nº 2 de Dignitatis humanae contradice esta doctrina de la Iglesia precisamente en cuanto que reconoce como un derecho civil no ser impedido, por ningún poder humano, de profesar el error.

La colegialidad (constitución Lumen Gentium)

8. Los tres puntos litigiosos son los siguientes:

9. El nº 22 Lumen Gentium afirma que el colegio episcopal (cuerpo episcopal tanto reunido como disperso) es el sujeto ordinario y permanente del poder sobre toda la Iglesia. Al contrario, la Tradición afirma que sólo el cuerpo episcopal reunido puede el sujeto solamente temporal y extraordinario de este poder.

10. El nº 22 de Lumen Gentium afirma que el colegio episcopal, incluido el Papa, constituye, además del Papa considerado por separado, un segundo sujeto de poder en toda la Iglesia. Al contrario, la Tradición afirma que el cuerpo episcopal no es un segundo sujeto de este poder sino el sólo concilio ecuménico es una segunda forma de ejercicio del mismo sujeto (el Papa es el primero) del mismo poder.

11. El nº 22 en relación con el nº 21 de Lumen Gentium afirma que el colegio episcopal tiene otorgado su poder no por el Papa sino directamente por Cristo, por la consagración episcopal y que el consentimiento del Papa es sólo un requisito para su ejercicio. Al contrario, la Tradición afirma que el concilio ecuménico no puede ejercer su poder sino por el Papa, y que es la autoridad misma del Papa la que es otorgada al concilio y compartida temporalmente durante el concilio: éste se reúne, por tanto, no solamente “cum capite” (lo que sería el punto de vista reductor de una causa material, necesario en la integridad de la asamblea), sino mucho más que esto “sub capite” (punto de vista de una causa eficiente) e incluso “ex capite” (punto de vista de una causa formal).

12. La Nota praevia no resuelve todos esos problemas y deja intacta la idea de un doble sujeto del primado.

13. Otros puntos del capítulo III Lumen Gentium suponen graves dificultades: el nº 21 afirma la sacramentalidad del episcopado con la idea que lo sacro confiere en el acto el triple munus , no sólo el poder de orden sino el poder de jurisdicción, con el magisterio y el gobierno, lo que es contrario a la Tradición y a todo el derecho canónico. El punto de partida, la colegialidad, es del todo falso, como lo hicieron observar los padres miembros del Coetus, en el momento mismo del Concilio[i]. El cardenal Browne hizo remarcar que la idea según la que la consagración episcopal dona en el acto o en su esencia los tres poderes de orden, de magisterio y de gobierno, contradice la enseñanza del magisterio ordinario supremo de Pío XII y también se opone a la teología de santo Tomás. Monseñor Carli hizo observar que esto contradice el Derecho de la Iglesia, en lo que se refiere a la primatura de la jurisdicción del Papa, en lo que se refiere a la jurisdicción ordinaria de los obispos con sede e incluso a la ausencia de toda jurisdicción de los obispos titulares. El nº 25 da una definición colegialista de la infalibilidad del Magisterio ordinario y universal; el nº 18 antepone la prioridad del Colegio de los Apóstoles sobre san Pedro.

El ecumenismo (decreto Unitatis redintegratio y constitución Lumen Gentium)

14. Los tres puntos controvertidos son los siguientes.

15. Los textos de Unitatis redintegratio afirman la realidad de una comunión real, aunque imperfecta y parcial, de sociedad a sociedad, es decir entre la estructura visible de la Iglesia católica y la estructura visible de las comunidades cristianas separadas no católicas. Al contrario, la Tradición afirma que sólo algunos entre los miembros de las comunidades cristianas separadas no católicas pueden no estar en comunión pero ordenados en el Cuerpo Místico de Cristo Redentor, que es idénticamente la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica.

16. Los textos de Lumen Gentium afirman la realidad de una presencia y de una acción de la Iglesia de Cristo fuera de la estructura visible de la Iglesia católica, en las comunidades cristianas separadas no católicas. Al contrario, la Tradición afirma sólo la realidad de una acción del Espíritu Santo fuera del Cuerpo místico del Redentor, que es idénticamente la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica, y que esta acción tiene lugar en ciertas almas que forman parte de las comunidades cristianas separadas no católicas, pero no en esas comunidades por sí mismas.

17. Los textos de Lumen Gentium y de Unitatis redintegratio afirman que hay en las comunidades cristianas separadas no católicas elementos cuyo valor salvífico deriva de la plenitud confiada a la Iglesia de Cristo y que tienden por ellos mismos a la unidad católica y que el Espíritu Santo puede servirse de ellas como medios de salvación. Por el contrario, la Tradición afirma que los elementos que se encuentran en las comunidades cristianas separadas no católicas no tienen por ellos mismos ningún valor salvífico, y que éstos no podrían derivarse de la Iglesia católica pues en tanto que comunidades rechazan el primado de jurisdicción del Papa, en tanto que precisamente el valor salvífico de los dogmas y de los sacramentos proviene en cuanto que son dispensados según el orden querido por Cristo, es decir en dependencia de la primacía de jurisdicción de su vicario, que es el Papa, obispo de Roma y jefe de la Iglesia.

El Magisterio

18. La definición misma de Magisterio está falsificada en la práctica, ya que después del Vaticano II, los titulares del poder del Magisterio usan ese poder de forma contraproducente, ya que imponen los errores contrarios a las verdades que son objeto de ese Magisterio. Es por lo que no podemos reconocer que el Vaticano II es la expresión de un verdadero Magisterio católico. No podemos afirmar (al menos sin distinciones y restricciones) que los textos del Concilio Vaticano II estén comprendidos entre los textos del Magisterio, que sean la expresión de un Magisterio católico.

19. La definición de Magisterio está falsificada en teoría. La constitución Dei Verbum, en el nº 8, afirma que “lo que ha sido transmitido” progresa en la Iglesia, bajo la asistencia del Espíritu Santo; en efecto, la percepción de las realidades así como de las palabras transmitidas se acrecienta, ya bien sea por la contemplación y estudio de los creyentes que las meditan en su corazón, ya bien sea por la inteligencia interior por la que perciben las realidades espirituales, ya bien sea por la predicación de los que, con la sucesión episcopal, han recibido un carisma de verdad” . Este pasaje no hace ninguna distinción entre el papel del Magisterio y el de la Iglesia instruida. La proposición más explícita del Magisterio es, en efecto, la causa de mejor percepción de la verdad por parte de los fieles, en la contemplación o el estudio. Equiparar las dos autoriza la interpretación errónea que reduciría el Magisterio al de un canalizador de la experiencia colectiva. Y es justamente lo que sugiere muy claramente la enseñanza de Benedicto XVI (Catequesis sobre la Iglesia de 2006; Exhortación Verbum Domini) y la de Francisco (último discurso con ocasión del Sínodo, el 17 de Octubre de 2015; Evangelium gaudium, nº 119-120).

20. Es falso y absolutamente contrario a toda la Tradición el pretender que “el Magisterio supremo de la Iglesia es el intérprete auténtico de los textos precedentes al Magisterio”. Hay aquí un error extremadamente grave, y es justamente el error radical del neomodernismo, error que sufrimos desde el último Concilio. El Magisterio es el órgano y el intérprete de la Revelación y está en todas las épocas de la historia y en todos los textos que produce. El Magisterio presente debe continuar interpretando no el Magisterio pasado sino la Revelación contenida en sus fuentes (Escritura y Tradición: Padres y teólogos); y por esto mismo, debe someterse a las enseñanzas del Magisterio anterior que tienen una autoridad definitiva y que ya han clarificado ciertos datos de la Revelación. El Magisterio presente no interpreta el Magisterio del pasado, interpreta los puntos de la Revelación aún no interpretados por el Magisterio anterior. Y no hace más que eventualmente retomar las enseñanzas de ese Magisterio anterior que no tienen necesidad de ser interpretadas, pero que son, como dice Pío XII en Humani generis, “la regla próxima y universal de verdad en materia de fe y costumbres” (DS 3884). Este error es extremadamente grave, ya que es el error persistente de la Santa Sede desde hace cincuenta años y que se encuentra en la raíz de todo el discurso del 22 de diciembre de 2005. Si es la palabra de hoy que hace la verdad por ella misma, porque reinterpreta sin cesar la palabra de ayer, es el Papa de hoy el que hace la verdad a su albedrío y la noción misma de Tradición católica deja de existir. Se podría hablar perfectamente, tal como lo hizo Benedicto XVI, “de una renovación en la continuidad” pero si este tipo de expresiones fáciles tranquiliza tal vez a los incondicionales del Concilio, no explica gran cosa y no alcanza a convencer a los que permanecen perplejos ante las innovaciones evidentes del Concilio. Pues nadie ha podido demostrar hasta ahora que la renovación del Vaticano II no haya roto de forma objetiva la continuidad de la Iglesia.

21. Es por lo que, incluso si se nos dice que la interpretación se hace “a la luz de la Tradición”, tengamos ese presupuesto por falso. Ya que la interpretación que ha tenido lugar a la luz de la Tradición es la que interpreta no el Magisterio sino la Revelación. Cuando se ve como en el nº 119 de Evangelii gaudium Francisco “interpreta” el n1 12 de Lumen Gentium (que ya es una “interpretación” del Vaticano II) se puede preguntar uno qué es lo que sinifica para la Santa Sede una mejor comprensión del depositum fidei, “ in eodem dogmate, eodem sensu eademque sententia”.

La Nueva Misa

22. En el interrogatorio desde el 11 al 12 de enero de 1979, a la pregunta de la CDF: “¿Sostiene usted que un fiel católico puede pensar y afirmar que un rito sacramental, en particular el de la misa aprobada y promulgada por el Soberano Pontífice pueda no estar conforme a la fe católica o favens hoeresim?”, Monseñor Lefebvre respondió: “ Ese rito en sí mismo no profesa la fe católica de una manera tan clara como el antiguo Ordo misase y por consiguiente puede favorecer la herejía. Pero no sé a quién atribuirlo o si el Papa es el responsable. Lo que deja estupefacto es que un Ordo misase de aire protestante y por tanto favens haeresim haya podido ser difundido por la Curia romana[ii],” La nueva liturgia no es legítima pues favorece la herejía.

23. La validez (sin entrar a discutir la legitimidad) pone, en tanto que tal un segundo problema; Monseñor Lefebvre nunca dijo que el Novus Ordo Missae (NOM) fuese en sí válido, Nunca negó que el NOM fuese dudosamente válido, sino que lo afirmó en la conferencia de 1979, citada en la página 374 del libro La Misa de siempre, apoyándose sobre la nota 15 del Breve examen crítico, que él hacía suyo en unos términos cuya claridad es impresionante. Monseñor Lefebvre nunca cambió de opinión sobre este punto, ni puesto en duda la apreciación que llevó en la conferencia de 1979 citada en la página 374 del libro La Misa de siempre. Desde un punto de vista lógico, Monseñor Lefebvre diciendo “Es posible que el NOM sea válido”, se pueda deducir (y hacerle decir): Es posible que el NOM no sea válido” ni “es imposible que el NOM sea válido”. Mostramos las declaraciones públicamente dirigidas a Roma por Monseñor Lefebvre sobre esta cuestión:

1) Carta de Monseñor Lefebvre al Papa Juan Pablo II, 8 de Marzo de 1980: “En cuanto a la misa del Novus Ordo, pese a todas las reservas que se deben tener respecto a ella, nunca he afirmado que sea inválida o herética”.

2) Carta de Monseñor Lefebvre al cardenal Ratzinger, 4 de Abril de 1981: “En cuanto a la reforma litúrgica, he rubricado yo mismo el decreto conciliar y nunca he afirmado  que las aplicaciones fuesen inválidas en sí mismas o heréticas”.

3) Carta de Monseñor Lefebvre al cardenal Ratzinger, 7 de Abril de 1982: “El segundo punto correspondría mejor a la realidad ya que ha sido etiquetado como sigue: Monseñor Lefebvre firmó el decreto sobre la Liturgia aceptando así la eventualidad de una Reforma. Él nunca afirmó que los textos de los nuevos libros litúrgicos fuesen heréticos o inválidos en sí mismos, pero estima que la Reforma Litúrgica, tal y como ha sido realizada, necesita de grandes reservas, como expresaron muy acertadamente los cardenales Ottaviani y Bacci”.

4) Carta de Monseñor Lefebvre al cardenal Ratzinger el 21 de julio de 1982: “No dudamos que muchos sacerdotes dicen con devoción el Novus Ordo Missae. Pero esto no anula los graves defectos internos del Novus Ordo Missae señalados particularmente por los cardenales Ottaviani y Bacci en el Breve examen crítico”.

5) Carta de Monseñor Lefebvre al cardenal Ratzinger del 2 de marzo de 1983: “Siempre he reconocido y reconozco a la autoridad legítima de la Santa Sede el derecho de legislar en materia litúrgica. Nunca he afirmado que el Novus Ordo fuese herético pero reconozco la existencia de una grave dificultad descrita por el cardenal Ottaviani y Bacci”.

6) Carta de Monseñor Lefebvre al cardenal Ratzinger del 17 de Abril de 1985: “Nunca hemos afirmado que el Novus Ordo Missae, celebrado según el rito indicado en la publicación romana, sea de por sí inválido o herético.”

7) Declaración del 5 de mayo de 1968 dirigida al Papa Juan Pablo II: “Declaramos y además reconocemos la validez del Sacrificio de la Misa y de los Sacramentos celebrados con la intención de hacer lo que hace la Iglesia y según los ritos indicados en las ediciones típicas del Misal romano y de los Rituales de los sacramentos promulgados por los Papas Pablo VI y Juan Pablo II.”

24. Es evidente lo que Monseñor Lefebvre había aceptado firmar en 1988: había llegado a reconocer hasta incluso la validez del NOMBRE, pero “con la intención de hacer lo que hace la Iglesia”. Esto es muy importante, ya que justamente el NOM no da más que de una manera poco clara esa intención.

El Nuevo Código de Derecho canónico.

25. Hemos rechazado siempre la disciplina impuesta por el Nuevo Código de 1983, precisamente porque “imbuido de ecumenismo y personalismo, peca gravemente contra la finalidad misma de la ley[iii]”. Este nuevo Código encauza aún más el espíritu de la nueva eclesiología, democrática y colegialista. Así lo reconoció el Papa Juan Pablo II, las enseñanzas del Vaticano II presentan “una nueva cara de la Iglesia”, que debe inspirar a su vez la legislación del Nuevo Código de 1983[iv].

26. No podemos contentarnos con una disciplina particular para la Fraternidad; rechazamos este Nuevo Código porque es contrario al bien común de toda la Iglesia, que nosotros queremos defender[v]. Recordamos en ese sentido la Decisión reproducida en Cor unum de marzo de 1992 (nº 41): ”La recepción del nuevo Código de derecho canónico supone un problema real de conciencia para los católicos. Ya que por una parte se aleja de una manera impresionante tanto en el conjunto como en el detalle de la protección debida a la fe y a las costumbres. Y por otra parte, nos mantenemos en no poner en peligro el respeto debido a una autoridad legítima. Monseñor Lefebvre, a pesar de toda su sagacidad no pudo creer en poder separar la cuestión de la validez de la promulgación de ese Código, de su contenido como los principios enunciados en la Carta apostólica de promulgación (25 de enero de 1983) haciéndosela parecer dudosa. En ese caso, según el canon 15 (nc 14) esta legislación nueva no urge. En esta situación, según el canon 23 (nc 21) el código de 1917 no está presumiblemente revocado, pero la nueva legislación debe estar referida a la precedente y si es posible, conciliada con ella[vi]”. Esta Decisión no expresa lo que no sería más que una disciplina particular de la Fraternidad. Ella indica una medida de prudencia que es válida objetivamente para todo católico enfrentado a los graves problemas que suscita la nueva legislación, dudosa en sí misma.

Vuelta a la entente doctrinal

27. Como hemos explicado en los nº 1 – 5, nuestro objetivo es que la Tradición retome todos sus derechos en Roma. Este objetivo es prioritario en nuestra intención y será (como siempre) último en su ejecución. ¿Qué significa aquí “último”? ¿Significa esto que el fin de la crisis de la Iglesia tendrá lugar al fin, y por tanto después de un acuerdo de la Fraternidad con Roma? O bien ¿significa esto que el fin de la crisis coincidirá con este acuerdo?

28. La aceptación por nuestra parte de un reconocimiento canónico, en las circunstancias actuales, representa un acto moralmente indiferente, pero con un doble efecto, un efecto esencial bueno y un efecto accidental malo. El efecto bueno es el de situarse en la normalidad jurídica desde el punto de vista de Roma (e incluso, para algunos, de beneficiar a un campo del apostolado, lo que queda por verificar). El efecto malo es, a su vez, doble: primero, el peligro de relativizar la Tradición que no aparecería más que como un bien particular y la opción teológica personal de la Fraternidad San Pío X; segundo, el peligro de traicionar y de abandonar este bien particular, en favor de todo el favens haeresim, que caracteriza como tal a la Iglesia conciliar.

29. La solución depende primero de la proporción a establecer entre el efecto bueno y el efecto malo. Está claro que en la intención de nuestro Fundador, es más importante evitar el doble efecto malo que de conseguir el efecto bueno. El efecto bueno aquí es menos bueno que el bien mejor al que se opone el doble efecto peor. La profesión pública de la fe es más importante que la normalidad canónica “Lo que nos interesa primero es mantener la fe católica. He aquí nuestro combate. Así pues, la cuestión canónica, puramente exterior, pública en la Iglesia, es secundaria. Lo que es importante, es permanecer en la Iglesia…en la Iglesia, es decir en la fe católica de siempre y en el verdadero sacerdocio, y en la verdadera misa, y en los verdaderos sacramentos, en el catecismo de siempre, con la Biblia de siempre. Esto es lo que nos interesa. Esto es lo que es la Iglesia. Lo de ser reconocidos públicamente nos es secundario. Entonces, no hace falta buscar lo secundario perdiendo lo que es primario, lo que es el prioritario objetivo de nuestro combate.[vii]

30. La solución depende a continuación de la evaluación de las circunstancias: ¿Son tales que se pueda, de una forma razonable, evitar el doble efecto malo, es decir, el doble riesgo? Pues se trata ni más ni menos que de un riesgo. La cuestión se convierte, en suma, en preguntarse si es prudente someterse a la autoridad de los miembros de la jerarquía de la Iglesia, tales y como son en la situación presente, es decir, todavía imbuidos por la mayoría de falsos principios contrarios a la fe católica. Se podrían citar sin dudar algunas excepciones; pero no prueban absolutamente nada contra el estado de espíritu general que es más que evidente en su totalidad. Estamos pues obligados a aplicar la regla de llamar a las cosas por lo que es dominante en ellas y de concluir que los miembros de la jerarquía de la Iglesia son actualmente modernistas. Dicho esto, para responder a nuestra cuestión, disponemos de dos elementos: primero, nuestra propia experiencia, ya que hemos podido constatar que ninguno de los que han aceptado un reconocimiento canónico por parte de Roma no ha podido evitar el doble efecto malo; segundo, la experiencia de nuestro Fundador: “No se entra en un marco, y bajo unos superiores, diciendo que vamos a cambiarlo todo ¡cuando estemos dentro, cuando ellos tienen todo el poder de sojuzgarnos! Ellos tienen toda la autoridad[viii]”,

¿Roma en Marcha?

31. En la conferencia de prensa aérea del 31 de mayo, el Papa responde a Nicolás Senêze que desea tomarse su tiempo: “A me non piace affrettare le cose, Caminare, caminare, caminare, e poi si vedra”. Francisco no quiere precipitar las cosas: por ahora, es necesario caminar y caminar todavía por el camino…Es necesario, según él “caminar juntos buscando la fórmula que permitirá avanzar”. He aquí que lanza una luz interesante sobre la problemática que mencionábamos al principio de nuestra reflexión: en la mente del Papa, la formulación doctrinal es sólo un medio. La doctrina, con la unidad de fe que ella garantiza, no representa más que el punto de partida. El objetivo sería más bien avanzar hacia la plena comunión, en un diálogo incesante, y que debería, por otra parte, prolongarse incluso tras la concesión de una estructura canónica[ix]”. Y la plena comunión, según nos dice Monseñor Pozzo en la entrevista ya citada, es el enriquecimiento mutuo, por encima de las divergencias doctrinales: “Los diferentes puntos de vista y opiniones que tenemos sobre ciertas cuestiones no deben conducir necesariamente a la división, sino a un enriquecimiento mutuo”. ¿Será esto pues la cohabitación entre la verdad y el error, mediante el pago de una declaración común más que común?…

32. Desgraciadamente, estos diferentes puntos de vista no llevan a unas opiniones igualmente posibles, y las cuestiones a las que corresponden no son “cuestiones abiertas”, unas cuestiones sobre las que cada uno guardaría su libertad de reflexión – y de evolución-. Estas cuestiones han sido para la mayoría, definitivamente resueltas por el Magisterio de la Iglesia mucho antes que el Vaticano II. La libertad religiosa de Dignitatis humanae y la laicidad positiva de Gaudium et spes son condenadas por Quanta cura de Pío IX. La nueva eclesiología ecuménica de Lumen Gentium está condenada por Pío XII en Mystici corporis et Humani generis, a causa de ese principio absolutamente falso, que querría distinguir una distinción real entre la Iglesia de Cristo y la Iglesia católica. El ecumenismo de Unitatis redintegratio está condenado por Pío XI en Mortalium animos. La colegialidad de Lumen Gentium, en la que niega la unicidad del sujeto del asunto del Primado, cae sobre la condena del concilio Vaticano I.

33. En definitiva, esta “fórmula que permitirá avanzar” nos lleva una vez más al texto fundador de la Comisión Pontiifícia Ecclesia Dei, el motu proprio del 2 de julio de 1988: Juan Pablo II afirma que la Tradición está viva. El Discurso de 2005 de Benedicto XVI es el eco y el intérprete directo: esta vía de la Tradición, es “la renovación en la continuidad”. Renovación evolucionista y modernista, que pretende sobrepasar las contradicciones en una imposible hermenéutica.

34. ¿Qué concluir? Retomando las palabras citadas al principio de este número, diríamos simplemente que la “la Fraternidad San Pío X no tiene que mendigar un reconocimiento que la salvase de un supuesto cisma. Tiene ella el inmenso honor, después de cuarenta años de exclusión, de poder, en el Vaticano, dar testimonio de la fe católica”. Esperando que Roma se decida finalmente a expulsar de entre los creyentes a los impíos de esos errores conciliares.

Padre Jean-Michel Gleize.

(Traducción: Duque de las Llaves. Courrier de Rome)

[i] En las Acta synodalia concilii Vaticani secundi, vol III, parte I, las observaciones escritas del cardenal Browne (p 629-630) y las de Msr Carli (p 660-661) sobre el esquema De Ecclesia, al final de la 3ª sesión del Concilio (verano de 1964).

[ii] “Msr Lefebvre y el Santo Oficio”, Itinerarios nº 233 de mayo de 1979, p 146-147.

[iii] “Ordenanzas concernientes a los poderes y facultades de las que gozan los miembros de la FSSPX” en los Documentos de la Fraternidad sacerdotal san Pío X, p. 60 A.

[iv] Juan Pablo II, Constitución apostólica Sacrae disciplinae leges del 25 de Enero de 1983; “Fundamentalis illa ratio novitatis, quae, a traditione legifera Ecclesiae numquam discendes, reperitur in Concilio Vaticano II, praesertim quod spectat ad cius ecclesiologicam doctrinam, efficiat etiam rationem novitatis in novo Codice.”

[v] Cf Msr Lefebvre, conferencias desde el 18 de enero; 15 de marzo; 19 de diciembre de 1983.

[vi] “Ordenanzas concernientes a los poderes y facultades de las que gozan los miembros de la FSSPX” en los Documentos de la Fraternidad sacerdotal san Pío X, p 112D y 113ªA

[vii] Msr Lefebvre, Conferencia espiritual en Econe, el 21 de diciembre de 1984 (Cospec 112).

[viii] Idem, ibídem.

[ix] Cf Los dos artículos “En el origen de las declaraciones comunes” y “ El fin de los anatemas” en el número de marzo de 2017 del Correo de Roma.


Artículo original aquí.








martes, 13 de septiembre de 2022

PORQUE ERES TIBIO, TE VOMITO DE MI BOCA...


Siempre decimos que el neoconservador es Lo Peor.
También llamado "católico liberal" moderado.
En la medida que trata de fusionar la Iglesia Católica con la Revolución anticristiana limando las "aristas" de ambas, todo discurso o Doctrina clara y limpia, sin "moderaciones", suavizaciones ni mutilaciones, le parece extremismo.
La Cruz bien entendida, la negación de sí mismo, la penitencia, la condición de peregrino acá en el mundo, le parece una exageración violenta y anticuada: hay que pactar con el mundo, que al fin y al cabo tiene mucho que enseñarnos...y enriquecernos...
Pretende que el Liberalismo limpiado de lo que cree excrecencias violentas ajenas a él, pertenece también a la Revelación Divina.
Limpiadas esas excrecencias violentas de la Comuna de París, quema de Iglesias, etc., el Liberalismo pertenece a la Fe Católica.
Pero resulta que el Liberalismo está condenado desde su aparición por los Papas Católicos, y no por la Comuna de París, sino por su núcleo filosófico antropológico incompatible con la cosmovisión y la Doctrina Católica.
Por lo tanto, el "católico liberal" se ve obligado a sostener que esas condenas obedecen a un "error histórico" de la Iglesia, que ha sido corregido en el II Concilio Vaticano con la introducción del Liberalismo en la Iglesia, con la libertad religiosa, la eclesiología "democrática", la colegialidad, la abdicación de la potestad correctiva buena de la autoridad, etc.

Habitualmente, en la vejez el conserva vuelve a aferrarse tenazmente como por un instinto final a ciertos puntos de la moral católica; pero sin largar el núcleo filosófico teológico nefasto liberal: por esto vive en una permanente tensión y contradicción; no solo lógica, teológica, doctrinal, conceptual; sino existencial. Es una contradicción encarnada.

Por eso el neoconservador, el "católico liberal" conciliar, vendría a ser la quintaesencia de la timoratez; de la mediocridad pusilánime que teme los "extremos".....Precísamente por eso el Catolicismo verdadero, tradicional, de siempre, le parece fundamentalismo, rigidez excesiva, antigualla violenta, "iglesia ghetto".....
Y también el progresismo radicalizado le parece imprudente, torpe, porque producirá rechazo en los que tienen todavía instinto católico verdadero. Por eso lo dosifica convenientemente; lo suaviza, con su alquimia conceptual lo modera y legitima para que sea aceptable a todos. Disfraza y cubre el mal con una capa de piedad y sensatez, moderación.
El "católico liberal", pretende casar a Cristo con Belial, al fin y al cabo.
Pretende domesticar a Lucifer con un curso de buenos modales para que entre a la Iglesia sin producir rechazo y contribuya a enriquecer...
El "católico liberal", entonces, el neoconservador, es la encarnación mas exacta del motivo de la náusea de Cristo en Apocalipsis:
<<Porque eres tibio, porque no eres frío ni caliente, te vomito de mi boca!!>>



PLINIO CORREA DE OLIVEIRA Y SUS TREMENDOS ERRORES

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