sábado, 9 de noviembre de 2019

LA RENDICIÓN DE LA IGLESIA ANTE EL MUNDO VIENE DE 1962

Dignitates Humanae es la devolución al Leviatán, al principado de este mundo, de la vida de las naciones, concediéndole al Estado laico (Presuntamente "neutro" y "aconfesional") autonomía moral y sacándolo de la égida del Reino social de Cristo en la tierra. La Abdicación mas grande en la historia de la Iglesia y a nivel del magisterio (erróneo) de un concilio pastoral (pastoral gracias a Dios). Naturalmente, es una estupidez la neutralidad del estado laico, que confiesa la Corrección Política del Nuevo Orden Mundial.

Gaudium et Spes es la Carta Magna de la estrategia conciliar de "reconciliación con el mundo", del Nuevo Humanismo, se acerca su lenguaje mas a la grandilocuencia demagógica de mitín liberal que a un Documento importante de la Iglesia. Se nota un esfuerzo de "aggiornamiento" con el mundo moderno y exaltación borrosa de un humanismo nunca visto en la Tradición. Hay proposiciones puntuales humanistas y modernizantes que tienen consecuencias concretas nefandas; y por otro lado una nueva posición de la Iglesia ante el mundo. Es como un manifiesto político de la "nueva iglesia". De este documento ha dicho un importantísimo hombre de la estrategia de modernización conciliar, que también fue perito, asesor, teólogo, Prefecto de la Fe y Papa, que constituye el "anti-Syllabus". La cosa queda clara..

Nostra Aetate es la vuelta al naturalismo e indiferentismo que concede al hombre en sí mismo el poder de la redención dando la posibilidad de salvar a las religiones erróneas y adámicas.

La nueva eclesiología relativista y "ecuménica" (irenismo falso) de Lumen Gentium es la abdicación formal de la Iglesia Católica de ser portadora de la Verdad Absoluta. Ya no es la Iglesia de Cristo de siempre, que recibe la Verdad verticalmente desde Cristo para configurarse en función de ella y la comunica al mundo; ahora es la iglesia horizontal que dialoga y escucha para configurarse en función de esa escucha del mundo y las religiones adámicas...Se Abdica del Dogma Extra Ecclesiam Nulla Salus.

La Reforma Litúrgica con el Novus Ordo, renuncia a considerar la santificación y salvación en función del Sacrificio redentor de Cristo en su Pasión y Muerte, y engendra una celebración fraterna, festiva, púramente humana, hecha para ser intercambiable con herejes y cismáticos; naturalista, horizontal, vaciada de contenido sacrificial, bien a tono con la modernidad y las demandas del Sistema, como todo lo anterior.

Estos son hitos, son quiebres históricos. No hay decadencia lineal y progresiva en la historia de la Iglesia. Si bien la infiltración se remonta a la post escolástica, nominalismo, y sigue con protestantismo, racionalismo, modernismo, marxismo, personalismo, protestantismo ahora mas fuerte, etc., el Hito, el Quiebre, el Punto de Inflexión es el II Concilio Vaticano, puesto que el que abdica es el Magisterio, plegándose a las demandas de la Revolución anticristiana.
Porque si bien la infiltración fermentaba, el Magisterio se mantuvo incólume hasta Pío XII.

Después de esta Carta Magna de la Abdicación ante la Revolución, formal y total, no hay frasesita ortodoxa ni encíclica supuestamente ortodoxa que arregle el asunto; porque la Iglesia ya se ha entregado al Enemigo y le ha devuelto el mundo que había sido ganado con la Evangelización con sangre de santos misioneros por 1962 años.

No hay decisión puntual o documento que pueda atenuar o compensar en lo mas mínimo la Rendición firmada.

Las advertencias y encíclicas mas católicas de los Papas conciliares son como cartelitos infantiles de "cuidado con el lobo", después de haber abierto las puertas del corral de las ovejas de la iglesia a todas las manadas de lobos y fieras habidas y por haber.
Las matizaciones posteriores a la gran Rendición son miserables hipocresías: la Rendición ya se firmó.
El humo de Satanás ha entrado al Templo de Dios, se dió cuenta Pablo VI, pero no hizo nada, ni él ni los Papas posteriores, para contrarrestar esto; todo lo contrario: consolidaron el rumbo abdicante con indiferentismo desaforado de Asís, Beso del Corán, ruina del Catecismo, ruina del Derecho canónico introduciendo garantismo liberal personalista, ruina del proceso de canonizaciones, convirtiéndolo en una máquina cómica de hacer santos-no santos -un recurso de autoblanqueo y convalidación del propio concilio: hoy tenemos tres Papas conciliares Santos- oscurecimiento del Padre Nuestro y el Rosario...No hicieron la Consagración al mundo que pidió la Virgen de Fátima....etc. etc.; eso si, como frutilla del postre excomulgaron al único que defendió a la Verdad y la verdadera Iglesia a capa y espada. Gracias a Dios por este hombre que hoy tenemos verdadera Misa y Doctrina Católica en algunos lugares de la Iglesia y del mundo...

Los Papas que condujeron este triste período de la historia de la Iglesia donde se pretendió una Reconciliación con el espíritu del mundo, un mesianismo que pretendió poner a la Iglesia a tono con un mundo secularizado y liberal con sus propias ideas autodeterminativas pelagianas y prometeicas- con un buenismo ingénuo y suicida por parte de la Iglesia nunca visto y un abandono de la Verdad de Cristo y del imperativo del establecimiento del Reino sociopolítico de Cristo en la tierra, adoptando el laicismo masónico, el liberalismo y el modernismo, deberán dar cuenta; sus hechos quedaron plasmados en la historia. Si queda alguno vivo, y hablara, debería ser para pedir perdón en saco y cenizas, dar explicaciones a Dios publicamente, a la Iglesia y al mundo. De lo contrario no debería hablar.
La debacle y apostasía de hoy, viene de allí, de la Rendición del II Concilio Vaticano.
Pero así como sabemos que los poderes del Mal no destruirán la Iglesia, también debemos saber con realismo donde están sus claudicaciones y sus errores -los de sus hombres- para no obedecer a los hombres, sino a Dios, que se expresa en la Escritura, vivida por la Tradición e interpretada por el Magisterio de siempre, hasta antes del trágico Concilio Vaticano II.


DEDICACIÓN DE LA ARCHIBASÍLICA DE SAN JUAN DE LETRÁN, II CLASE

9 de noviembre:
Dedicación de la Basílica de San Juan de Letrán
Ezequiel 47,1-2.8-9.12; Salmo 45; I Corintios 3,9-13.16-17; Juan 2,13-22
Homilía, audio  El templo de Dios  |  The Temple of God
Ver también:
Basílica de San Juan de Letrán
Todos, por el bautismo, hemos sido hechos templos de Dios
De los sermones de san Cesáreo de Arlés, obispo
Razón de esta Celebración
Según una tradición que arranca del siglo XII, se celebra el día de hoy el aniversario de la dedicación de la basílica construida por el emperador Constantino en el Laterano. 
La Basílica de Letrán es la iglesia-madre de Roma, dedicada primero al Salvador y después también a San Juan Bautista.
Esta celebración fue primero una fiesta de la ciudad de Roma; más tarde se extendió a toda la Iglesia de rito romano, con el fin de honrar aquella basílica, que es llamada «madre y cabeza de todas las iglesias de la Urbe y del Orbe», en señal de amor y de unidad para con la cátedra de Pedro que, como escribió san Ignacio de Antioquía, «preside a todos los congregados en la caridad».
Dios está en todas partes y no solo en el templos que los hombres edifican. Sin embargo, ya desde el A.T. Dios enseña a su pueblo la importancia de los lugares santos consagrados a El.
Jesús enseña con su ejemplo la importancia del Templo. Cuando estaba en Jerusalén solía ir al Templo a enseñar. El mismo había sido allí presentado a Su Padre. El Evangelio de hoy nos enseña que el celo por la casa de Dios, Su Padre, le consume.  
El Templo es, en primer lugar, el corazón del hombre que ha acogido Su Palabra.

"vendremos a él, y haremos morada en él" (Juan 14, 23)
Pablo escribe: "¿No sabéis que sois santuario de Dios?" (1 Corintios 3, 16).

Esta verdad no contradice la importancia de honrar el templo hecho de piedra.
Aunque rezar en casa debe ser una práctica diaria, no es suficiente.
  Jesus quiso salvarnos del pecado, no por separado, sino unidos como un pueblo.  Por eso instituyó la Iglesia. Esta se congrega en el templo. 
El Templo es el lugar consagrado a Dios donde los fieles se reúne para darle culto.  En cada iglesia católica Jesús esta presente en el tabernáculo.
 El Padre Cantalamessa escribe:

Cristo fundó una ekklesia, es decir, una asamblea de llamados, que instituyó los sacramentos, como signos y transmisores de su presencia y de su salvación. Ignorar todo esto para crear la propia imagen
de Dios expone al subjetivismo más radical. Uno deja de confrontarse con los demás, sólo lo hace consigo mismo. En este caso, se verifica lo que decía el filósofo Feuerbach: Dios queda reducido a la proyección de las propias necesidades y deseos. Ya no es Dios quien crea al hombre a su imagen, sino
que el hombre crea un dios a su imagen. ¡Pero es un Dios que no salva!
Ciertamente una religiosidad conformada sólo por prácticas exteriores no sirve de nada; Jesús se opone a ella en todo el Evangelio. Pero no hay oposición entre la religión de los signos y de los sacramentos y la íntima, personas; entre el rito y el espíritu. Los grandes genios religiosos (pensemos en Agustín, Pascal, Kierkegaard, Manzoni) eran hombres de una interioridad profunda y sumamente personal y, al mismo tiempo, estaban integrados en una comunidad, iban a su iglesia, eran "practicantes".
En las Confesiones (VIII,2), san Agustín narra cómo tiene lugar al conversión al paganismo del gran orador y filósofo romano Victorino. Al convencerse de la verdad del cristianismo, decía al sacerdote Simpliciano: "Ahora soy cristiano". Simpliciano le respondía: "No te creo hasta que te vea en la iglesia de Cristo". El otro le preguntó: "Entonces, ¿son las paredes las que nos hacen cristianos?". Y el tema quedó en el aire. Pero un día Victorino leyó en el Evangelio la palabra de Cristo: "quien se avergüence de mí y de mis palabras, de ése se avergonzará el Hijo del hombre". Comprendió que el respeto humano, el miedo de lo que pudieran decir sus colegas, le impedía ir a la iglesia. Fue a ver a Simpliciano y le dijo:
"Vamos a la iglesia, quiero hacerme cristiano". Creo que esta historia tiene algo que decir hoy a más de una persona de cultura.
[Traducción del original italiano realizada por Jesús Colina]
FUENTE

jueves, 7 de noviembre de 2019

EL ESCÁNDALO DEL II CONCILIO VATICANO Y EL REFUGIO EN LA LEGALIDAD MUERTA

Roma perderá la Fe....y será la sede del Anticristo...

Desde la Cátedra de San Pedro, desde donde se debería difundir la verdad salvadora, se difundirá mentira...

La Abominación de la Desolación en el lugar que no debe...
La realidad terrible de que una parte de la misma iglesia, que ha tomado su jerarquía superior y ejerce un magisterio erróneo se adhiera, se pliegue, se someta a la Revolución anticristiana, al Mysterium Iniquitatis, es escandalizante para muchos. 
La Iglesia es infalible e indefectible, -no hace falta recordar que las fuerzas del Infierno no prevalecerán contra ella; aunque puede y pasará una kenosis, despojamiento y humillación; y aún Pascua como su Esposo- ; la Iglesia es indefectible, decíamos, pero la Iglesia en cuanto realidad divina; sus hombres, su jerarquia, pueden ser traidores y entregados al Enemigo en una época dada. Apocalipsis 3 lo confirma, también tradiciones, escritos de Papas y revelaciones privadas grandes como La Sallete y otras.




1. Al Angel de la Iglesia de Sardes escribe: Esto dice el que tiene los siete Espíritus de Dios y las siete estrellas. Conozco tu conducta; tienes nombre como de quien vive, pero estás muerto. 2. Ponte en vela, reanima lo que te queda y está a punto de morir. Pues no he encontrado tus obras llenas a los ojos de mi Dios. 3. Acuérdate, por tanto, de cómo recibiste y oíste mi Palabra: guárdala y arrepiéntete. Porque, si no estás en vela, vendré como ladrón, y no sabrás a qué hora vendré sobre ti. 4. Tienes no obstante en Sardes unos pocos que no han manchado sus vestidos. Ellos andarán conmigo vestidos de blanco; porque lo merecen. 5. El vencedor será así revestido de blancas vestiduras y no borraré su nombre del libro de la vida, sino que me declararé por él delante de mi Padre y de sus Angeles. 6. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias.................................................................................................................................. 14. Al Angel de la Iglesia de Laodicea escribe: Así habla el Amén, el Testigo fiel y veraz, el Principio de la creación de Dios. 15. Conozco tu conducta: no eres ni frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! 16. Ahora bien, puesto que eres tibio, y no frío ni caliente, voy a vomitarte de mi boca. 17. Tú dices: «Soy rico; me he enriquecido; nada me falta». Y no te das cuenta de que eres un desgraciado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo. 18. Te aconsejo que me compres oro acrisolado al fuego para que te enriquezcas, vestidos blancos para que te cubras, y no quede al descubierto la vergüenza de tu desnudez, y un colirio para que te des en los ojos y recobres la vista. 19. Yo a los que amo, los reprendo y corrijo. Sé, pues, ferviente y arrepiéntete. 20. Mira que estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y me abre la puerta, entraré en su casa y cenaré con él y él conmigo. 21. Al vencedor le concederé sentarse conmigo en mi trono, como yo también vencí y me senté con mi Padre en su trono. 22. El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias."
 Esta asombrosa y terrible realidad ha ocurrido en el II Concilio Vaticano.
Sabemos que la infiltración de la Iglesia viene de lejos; comenzó sobre todo a fermentar con espíritu de modernidad en el nominalismo contra escolástico; luego vendría la Reforma, 1789, el racionalismo y el modernismo y por último el neomodernismo personalista, existencialista, subjetivista y autodeterminativo del hombre, agnóstico y liberal. Este proceso de infiltración interna no suscita una decadencia linéal y progresiva de la Iglesia, sino que tiene un quiebre, un punto de inflexión en el II Concilio Vaticano; por cuanto el Magisterio Católico se mantuvo incólume y fiel hasta Pío XII; lo mismo el culto católico.
En el II Concilio Vaticano, el magisterio erróneo en ciertos puntos se adhiere, se pliega, se somete al liberalismo laicista, al personalismo, indiferentismo y modernismo y abdica del establecimiento del Reino social de Cristo poniéndose bajo la bota del Estado laicista y mundialista. Se enuncia la libertad religiosa negativa laicista ya condenada en repetidas oportunidades por el Magisterio Católico de siempre, con notoria precisión y explicitud. 
Un falso irenismo "ecumenista" desplaza al Dogma Extra Ecclesiam Nulla Salus en la nueva eclesiología relativista y democrática que ya renuncia a ser la Iglesia como único Arca de Salvación y poseedora de la Verdad Absoluta.
El Culto sufre también la demolición con la Reforma Litúrgica y da a la luz al Novus Ordo, pensado para ser intercambiable con cismaticos y herejes, y con el mundo y inmanencia humana, para reconciliarse con él al fin y al cabo: naturalista, antropocentrista, inmanentista, vaciado de contenido sacrificial y de elevación y contenido sobrenatural.
La iglesia -no por supuesto La Iglesia- se declara subsidiaria del Leviatán, del César y se pone, genuflexa, a sus pies: se rinde abyectamente renunciando a su misión. 

Es una realidad muy fuerte y trágica, sin duda; escandalizante para muchos, que se niegan a aceptarla como un hecho, atrincherados en una concepción errónea de la indefectibilidad de la iglesia y su juridicidad.
Las Fuentes de la Revelación lo profetizan; el Magisterio erróneo y pastoral-no vinculante es fácilmente posible de detectar, y por lo tanto de discernir, denunciar y resistir y combatir.
El refugio en ese concepto de una errónea legalidad e hipertrofiada indefectibilidad de la Iglesia, sume en una complicidad a veces no buscada de los que adoptan esa posición.
Es un Concilio ecuménico de la Iglesia, sostienen; por lo tanto es vinculante y debe ser aceptado porque es Ley de la Iglesia. Pero no reparan en que ese concilio contraría y niega en ciertos puntos la Verdad revelada;  no es La Iglesia -aunque el Concilio sea por ahora válido- quien ha hecho ese magisterio erróneo en esos puntos cuestionados, sino una jerarquía claudicante de una época; y lo mas importante, que Dios se ha ocupado de que ese concilio fuera declarado explícitamente pastoral y se haya dejado claro su falta de intención de definir Doctrina; por lo cual no es infalible; y por lo cual no es vinculante al fin y al cabo.

No hay que dejarse dominar por el escándalo de la terrible realidad: está profetizada. No sirve el refugio en una falsa legalidad que termina siendo cómplice del mal; un legalismo muerto ajeno y contrario a la realidad ontológica. La Verdadera Legalidad es la Escritura, vivida por la Tradición en interpretada por el Magisterio, igual a sí misma y siempre coherente; ajena y resistente al espíritu de la Revolución anticristiana. Nunca la Legalidad de la Iglesia puede ser aquella que se somete al Mysterium Iniquitatis aceptando sus cadenas y su cautividad.

La Verdad no puede cambiar; la Doctrina no puede cambiar a 180 grados y contradecirse a sí misma; esto es una locura. También es una locura pretender que una doctrina de este magisterio moderno conciliar que niega a la Doctrina Católica de siempre, es una continuación de ella. Esta hermenéutica de la Reforma en la Continuidad es alquimia modernista neoconservadora que es un insulto a la fe, a la razón, a la lógica  y al sentido común.

Resistir la realidad escandalizante, aferrándose a la Revelación Católica; a la Razón, a la lógica y al sentido común, sin evasiones ni refugios insensatos en concepciones patéticas de la Iglesia y su legalidad es la decisión del católico. Todo aquello que contradiga a la Verdad revelada, a la Tradición, al Magisterio de siempre, debe ser rechazado, denunciado y combatido, con la conciencia de que se está del lado de Cristo, de la Verdad.

AUTODETERMINACIÓN, EL ESPÍRITU DE LUCIFER

El primer ser que pretendió autodeterminarse fue Lucifer.
No aceptó su ser dado de criatura y pretendió ser Dios.
Esa locura también la pasó a la humanidad, que la aceptó en Adan.
Cristo redime y vuelve al hombre a la humildad y la Verdad de la aceptación de su verdadero ser.
Pero la Modernidad vuelve a comer la fruta maldita y decir: quiero ser Dios y autodeterminarme!
La tragedia es que a partir del II Concilio Vaticano esta autodeterminación maligna del hombre queda justificada por la estructura de la iglesia....que se fusiona con el espíritu de la Modernidad, y reescribe una Libertad Religiosa negativa y moderna.-entre otros textos-..que permite ambiguamente esa autodeterminación..

LA DEMOLICIÓN DE LA IGLESIA DISFRAZADA DE EVOLUCIÓN

La ontología de la Iglesia nunca puede cuadrar con el espíritu de la modernidad.

La Revelación y su culto son realidades sobrenatural dadas por Dios, inmutables; no pueden cambiar. Por eso una vez codificada la Misa Católica por San Pío V maldijo con Anatema a quien osara cambiarla.

Por esto, el II Concilio Vaticano, que tuvo el complejo delirante seudomesíanico de reconciliar, fusionar a la Iglesia con el espíritu de la Modernidad  es la iniquidad mayor que se ha cometido contra ella desde su fundación; y fue desde dentro. Por cuanto se ataca, se desvirtúa su naturaleza profunda; se desquicia completamente y se hace funcional precisamente a aquello que ella debería combatir.

Algunos de los ideólogos y artífices de esta iniquidad todavía viven.

Si hablan, debería ser para pedir perdón a Dios, a la Iglesia, a todos sus miembros, al mundo, y dar explicaciones.

martes, 5 de noviembre de 2019

EL ESPÍRITU DEL CONCILIO....ESA INASIBLE ENTELEQUIA SIN ORIGEN...

El Espíritu del Concilio....

Esa extraña entelequia humeante que parece haber subido desde el mismo averno y se metió dentro de la iglesia como un metamagisterio inexplicable...
De donde viene?
De donde va a venir? No seamos estúpidos...
Viene de los Textos del Concilio; si DE LOS TEXTOS...
El Discurso de Inicio ya contiene el germen de toda disolución: la abdicación de la potestad correctiva hacia adentro y hacia afuera; no se reprimirán los errores -porque ha llegado la Era de la Misericordia, nuevos vientos soplan- y no se quiere ser profetas de desgracia....
Los hombres -dice- tienden a darse cuenta solos de los errores graves -Pelagio ha revivido!
El liberalismo laicista liberal masónico de Tercer Grado de Dignitates Humanae, libertad religiosa negativa condenada con anticipación y asombrosa exactitud y explicitud, puso a la Iglesia bajo la bota del César y subsumida y presionada bajo sus normativas ideológicas anticristianas; abdicando a la instauración del Reino social de Cristo en la tierra, devolviéndole el mundo al Enemigo; confinando a la Fe a la privacidad de los corazones y expulsándola de la vida pública de las naciones. A partir de aquí la Iglesia queda bajo la presión de toda influencia maligna en el plano de las ideas y normativo...
El naturalismo indiferentista de Nostra Aetate reniega y abdica del central Dogma Extra Ecclesiam Nulla Salus, apuntando al relativismo y a la suficiencia natural de las religiones adámicas para encontrar la verdad ...
La Nueva eclesiología de Lumen Gentium refuerza esa abdicación de la Iglesia Católica como único Arca de la Salvación...democratismo....relativización de la Verdad Absoluta...
La Reforma Litúrgica infausta, ya condenada bajo anatema por San Pío V al instaurar para siempre la Misa Católica, vacía la Misa de contenido sacrificial, separa el Tabernáculo del Altar, hace mirar cura y pueblo entre sí, cambia las fórmulas y oraciones y la convierte en una celebración inmanente, humama, protestante, naturalista, antropocéntrica,....
La Colegialidad, contribuye a dar a todos los Obispos un poder que contrarresta al del Papa.....quizás para evitar que en el fututro un Papa Católico pudiera tomar medidas de restauración ...
El humanismo prometeico y naturalista, personalista de Gaudium et Spes....parece un panfleto de milenarismo humanista que apunta al Punto Omega y al progreso indefinito púramente inmanente....mezclado con afirmaciones católicas inconexas...


lunes, 4 de noviembre de 2019

SAN CARLOS BORROMEO, OBISPO Y CONFESOR

San Carlos Borromeo
Arzobispo de Milán y Cardenal
Fiesta: 4 de noviembre
Patrón de: Catequistas, Seminaristas

"Carlos" significa "hombre prudente"
Ver también: Sobre el tiempo de adviento -de sus cartas pastorales

Vida de San Carlos Borromeo
San Carlos Borromeo, un santo que tomó muy en serio las palabras de Jesús; "Quien ahorra su vida, la pierde, pero el que gasta su vida por Mí, la ganará".
Era de familia muy rica. Su hermano mayor, a quien correspondía la mayor parte de la herencia, murió repentinamente al caer de un caballo. El consideró la muerte de su hermano como un aviso enviado por el cielo, para estar preparado porque el día menos pensado llega Dios por medio de la muerte a pedirnos cuentas. Renunció a sus riquezas y fue ordenado sacerdote y mas tarde Arzobispo de Milán. Aunque no faltan las acusaciones de que su elección fue por nepostismo (era sobrino del Papa), sus enormes frutos de santidad demuestran que fue una elección del Espíritu Santo.
Como obispo, su diócesis que reunía a los pueblos de Lombardía, Venecia, Suiza, Piamonte y Liguria. Los atendía a todos. Su escudo llevaba una sola palabra: "Humilitas", humildad.  El, siendo noble y riquísimo, vivía cerca del pueblo, prívandose de lujos. Fue llamado con razón "padre de los pobres"
Decía que un obispo demasiado cuidadoso de su salud no consigue llegar a ser santo y que a todo sacerdote y a todo apóstol deben sobrarle trabajos para hacer, en vez de tener tiempo de sobra para perder.
Para con los necesitados era supremamente comprensivo. Para con sus colaboradores era muy amigable y atento, pero exigente. Y para consigo mismo era exigentísimo y severo.
Fue el primer secretario de Estado del Vaticano (en el sentido moderno).
Fue blanco de un vil atentado, mientras rezaba en su capilla, pero salió ileso, perdonando generosamente al agresor.
Fundó seminarios para formar sacerdotes bien preparados, y redactó para esos institutos unos reglamentos tan sabios, que muchos obispos los copiaron para organizar según ellos sus propios seminarios.
Fue amigo de San Pío V, San Francisco de Borja, San Felipe Neri, San Félix de Cantalicio y San Andrés Avelino y de varios santos más.
Murió joven y pobre, habiéndo enriquecido enormemente a muchos con la gracia. ……murió diciendo: "Ya voy, Señor, ya voy". En Milán casi nadie durmió esa noche, ante la tremenda noticia de que su queridísimo Cardenal arzobispo, estaba agonizando.

Vida de San Carlos Borromeo
-Fuente: Vidas de los Santos, de Butler, IV

Entre los grandes hombres de la Iglesia que, en los días turbulentos del siglo XVI, lucharon por llevar a cabo la verdadera reforma que tanto necesitaba la Iglesia y trataron de suprimir, mediante la corrección de los abusos y malas costumbres, los pretextos que aprovechaban en toda Europa los promotores de la falsa reforma, ninguno fue, ciertamente, más grande ni más santo que el cardenal Carlos Borromeo. Junto con San Pío V, San Felipe Neri y San Ignacio de Loyola, es una de las cuatro figuras más grandes de la contrareforma. Era un noble de alta alcurnia. Su padre, el conde Gilberto Borromeo, se distinguió por su talento y sus virtudes. Su madre, Margarita, pertenecía a la noble rama milanesa de los Médicis. Un hermano menor de su madre llegó a ceñir la tiara pontificia con el nombre de Pío IV. Carlos era el segundo de los varones entre los seis hijos de una familia. Nació en el castillo de Arona, junto al lago Maggiore, el 2 de octubre de 1538. Desde los primeros años, dió muestras de gran seriedad y devoción. A los doce años, recibió la tonsura, y su tío, Julio Cesar Borromeo, le cedió la rica abadía benedictina de San Gracián y San Felino, en Arona, que desde tiempo atrás estaba en manos de la familia. Se dice que Carlos, aunque era tan joven, recordó a su padre que las rentas de ese beneficio pertenecían a los pobres y no podían ser aplicadas a gastos seculares, excepto lo que se emplease en educarle para llegar a ser, un día, digno ministro de la Iglesia. Despúes de estudiar el latín en Milán, el joven se trasladó a la Universidad de Pavía, donde estudió bajo la dirección de Francisco Alciati, quien más tarde sería promovido al cardenalato a petición del santo. Carlos tenía cierta dificultad de palabra y su inteligencia no era deslumbrante, de suerte que sus maestros le consideraban como un poco lento; sin embargo, el joven hizo grandes progresos en sus estudios. La dignidad y seriedad de su conducta hicieron de él un modelo de los jóvenes universitarios, que tenían la reputación de ser muy dados a los vicios. El conde Gilberto sólo daba a su hijo una parte mínima de las rentas de su abadía y, por las cartas de Carlos, vemos que atravesaba frecuentemente por periodos de verdadera penuria, pues su posición le obligaba a llevar un tren de vida de cierto lujo. A los veintidós años, cuando sus padres ya habían muerto, obtuvo el grado de doctor. En seguida retornó a Milán, donde recibió la noticia de que su tío el cardenal de Médicism había sido elegido Papa en el cónclave de 1559, a raíz de la muerte de Pablo IV.
 A principio de 1560, el nuevo Papa hizo a su sobrino cardenal diácono y, el 8 de febrero, le nombró administrador de la sede vacante de Milán, pero, en vez de dejarle partir, le retuvo en Roma y le confió numerosos cargos. En efecto, Carlos fue nombrado, en rápida sucesión, legado de Bolonia, de la Romaña y de la Marca de Ancona, así como protector de Portugal, de los países bajos, de los cantones católicos de Suiza y además, de las órdenes de San Francisco, del Carmelo, de los Caballeros de Malta y otras más. Lo extraordinario es que todos esos honores y responsabilidades recaían sobre un joven que no había cumplido aún veintitrés años y era simplemente clérigo de órdenes menores. Es increíble la cantidad de trabajo que san carlos podía despachar sin apresurarse nunca, a base de una actividad regular y metódica. Además, encontraba todavía tiempo para dedicarse a los asuntos de su familia, para oír música y para hacer ejercicio. Era muy amante del saber y lo promovió mucho entre el clero, para lo que fundó en el Vaticano, con el objeto de instruir y deleitar a la corte pontificia, una academia literaria compuesta de clérigos y laicos, algunas de cuyas conferencias y trabajos fueron publicados entre las obras de San Carlos con el título de Noctes Vaticanae. Por entonces, juzgó necesario atenerse a la costumbre renacentista que obligaba a los cardenales a tener un palacio magnífico, una servidumbre muy numerosa, a recibir constantemente a los personajes de importancia y a tener una mesa a la altura de las circunstancias. Pero en su corazón, estaba profundamente desprendido de todas esas cosas. Había logrado mortificar perfectamente sus sentidos y su actitud era humilde y paciente. Muchas almas se convierten a Dios en la adversidad; San Carlos tuvo el mérito de saber comprobar la vanidad de la abundancia al vivir en ella y, gracias a eso, su corazón se despegó cada vez más de las cosas terrenas. Había hecho todo lo posible por preveer al gobierno de la diócesis de Milán y remediar los desórdenes que había en ella; en este sentido, el mandato del Papa de que se quedase en Roma le dificultó la tarea. El Venerable Bartolomé de Martyribus, arzobispo de Braga, fue por entonces a la ciudad Eterna y San Carlos aprovechó la oportunidad para abrir su corazón a ese fiel siervo de Dios, a quien indicó: "Ya veis la posición que ocupo. Ya sabéis lo que significa ser sobrino y sobrino predilecto de un Papa y no ignorais lo que es vivir en la corte romana. Los peligros son inmenso. ¿Qué puedo hacer yo, joven inexperto? Mi mayor penitencia es el fervor que Dios me ha dado y, con frecuencia, pienso en retirarme a un monasterio a vivir como si sólo Dios y yo existiésemos". El arzobispo disipó las dudas del cardenal, asegurándole que no debía soltar el arado que Dios le había puesto en las manos para el servicio de la Iglesia, sino que debía, más bien, tratar de gobernar personalmente su diócesis en cuanto se le ofreciese oportunidad. Cuando San Carlos se enteró de que Bartolomé de Martyribus había ido a Roma precisamente con el objeto de renunciar a su arquidiócesis, le pidió explicaciones sobre el consejo que le había dado, y el arzobispo hubo de usar de todo su tacto en tal circunstancia.
Pío IV había anunciado poco después de su elección que tenía la intención de volver a reunir el Concilio de Trento, suspendido en 1552. San Carlos empleó toda su influencia y su energía para que el Pontífice llevase a cabo su proyecto, a pesar de que las circunstancias políticas y eclesásticas eran muy adversas. Los esfuerzos del cardenal tuvieron éxito, y el Concilio volvió a reunirse en enero de 1562. Durante los dos años que duró la sesión, el santo tuvo que trabajar con la misma diplomacia y vigilancia que había empleado para conseguir que se reuniese. Varias veces estuvo a punto de disolverse la asamblea, dejando la obra incompleta, pero, con su gran habilidad y con el constante apoyo que prestó a los legados del Papa, logró que la empresa siguiese adelante. Así pues, en las nueve reuniones generales y en las numerosísimas reuniones particulares se aprobaron muchísimo de los decretos dogmáticos y disciplinarios de mayor importancia. El éxito se debió a San Carlos más que a cualquier otro de los personajes que participaron en la asamblea, de suerte que puede decirse que él fue director intelectual y el espíritu rector de la tercera y última sesión del Concilio de Trento.
En el curso de las reuniones murió el conde Federico Borromeo, con lo cual, San Carlos quedó como jefe de su noble familia y su posición se hizo más dificil que nunca. Muchos supusieron que iba a abandonar el estado clerical para casarse, pero el santo ni siquiera pensó en ello. Renunció a sus derechos en favor de su tío Julio y se ordenó sacerdote en 1563. Dos meses más tarde, recibió la consagración episcopal, aunque no se le permitió trasladarse a su diócesis. Además de todos sus cargos, se le confió la supervisión de la publicación del Catecismo del Concilio de Trento y la reforma de los libros litúrgicos y de la música sagrada; él fue quien encomendó a Palestrina la composición de la Missa Papae Maecelli. Milán que había estado durante ochenta años sin obispo residente, se hallaba en un estado deplorable. El vicario de San Carlos había hecho todo lo posible por reformar la diócesis con la ayuda de algunos jesuitas, pero sin gran éxito. Finalmente, San Carlos consiguió permiso para reunir un concilio provicional y visitar su diócesis. Antes de que partiese, el Papa le nombró legado a latere para toda Italia. El pueblo de Milán le recibió con el mayor gozo y el santo predicó en la catedral sobre el texto "Con gran deseo he deseado comer esta Pascua con vosotros". Diez Obispos sufragáneos asistieron al sínodo, cuyas decisiones sobre la observancia de los decretos del Concilio de Trento, sobre la diciplina y la formación del Clero, sobre la celebración de los divinos oficios, sobre la administración de los sacramentos, sobre la enseñanza dominical del catecismo y sobre muchos otros puntos, fueron tan atinados que el Papa escribió a San Carlos para felicitarle. Cuando el santo se hallaba en el cumplimiento del oficio como legado de Toscana, fue convocado a Roma para asistir a Pío IV en su lecho de muerte, donde también le asistió San Felipe Neri. El nuevo Papa Pío V, pidió a San Carlos que se quedase algún tiempo en Roma para desempeñar los oficios que su predecesor le había confiado, pero el santo aprovechó la primera oportunidad para rogar al Papa que le dejase partir y, supo hacerlo con tal tino, que Pío V le despidió con su bendición.
San Carlos llegó a Milán en abril de 1556 y, en seguida empezó a trabajar enérgicamente en la reforma de su diócesis. Su primer paso fue la organización de su propia casa. Puesto que consideraba el episcopado como un estado de perfección, se mostró sumamente severo consigo mismo. Sin embargo, supo siempre aplicar la discreción a la penitencia para no desperdiciar las fuerzas que necesitaba en el cumplimiento de su deber, de suerte que aun en las mayores fatigas conservaba toda su energía. Las rentas de que disfrutaba eran pingües, pero dedicaba la mayor parte de las obras de caridad y se oponía decididamente a la ostentación y al lujo. En cierta ocasión en que alguien ordenó que le calentasen el lecho, el santo dijo, sonriendo: "La mejor manera de no encontrar el lecho demasiado frío es ir a él más frío de lo que pueda estar". Francisco Panigarola, arzobispo de Asti, dijo en la oración fúnebre por San Carlos: "De sus rentas no empleaba para su propio uso más que lo absolutamente indispensable. En cierta ocasión en que le acompañé a una visita del valle de Mesolcina, que es un sitio muy frío, le encontré por la noche estudiando, vestido únicamente con una sotana vieja. Naturalmente le dije que, si no quería morir de frío, tenía que cubrirse mejor y él sonrió al responderme: 'No tengo otra sotana. Durante el día estoy obligado a vestir la púrpura cardenalicia, pero ésta es la única sotana realmente mía y me sirve lo mismo en el verano que en el invierno' ". Cuando San Carlos se estableció en Milán, vendió la vajilla de plata y otros objetos preciosos en 30,000 coronas, suma que consagró íntegramente a socorrer a las familias necesitadas. Su limosnero tenía orden de repartir entre los pobres 200 coronas mensuales, sin contar las limosnas extraordinarias, que eran muy numerosas. La generosidad de San Carlos dejó un recuerdo inperecedero. Por ejemplo, supo ayudar tan liberalmente al Colegio Inglés de Douai, que el cardenal Allen solía llamar a San Carlos, fundador de la institución. Por otra parte, el santo organizó retiros para su clero. El mismo hacía los Ejercicios Espirituales dos veces al año y tenía por regla confesarse todos los días antes de celebrar la misa. Su confesor ordinario era el Dr. Griffith Roberts, de la diócesis de Bangor, autor de la famosa gramática galesa. San Carlos nombró a otro galés (el Dr. Qwen, quien más tarde llegó a ser obispo de Calabria) vicario general de su diócesis, y llevaba siempre consigo una imagen de San Juan Fisher. Tenía el mayor respeto por la liturgia, de suerte que jamás decía una oración ni administraba ningun sacramento apresuradamente, por grande que fuese su prisa o por larga que resultase la función.
Su espíritu de oración y su amor de Dios dejaban en los otros un gran gozo espiritual, le ganaban los corazones, e infundían en todos el deseo de perseverar en la virtud y de sufrir por ella. Tal fue el espíritu que San Carlos aplicó a la reforma de su diócesis, empezando por la organización de su propia casa. Su casa estaba compuesta de cien personas; la mayor parte eran clérigos, a lo que el santo pagaba generosamente para evitar que recibiesen regalos de otros. En la diócesis se conocía mal la religión y se la comprendía aún menos; las prácticas religiosas estaban desfiguradas por la supertición y profanadas por los abusos. Los sacramentos habían caído en el abandono, porque muchos sacerdotes apenas sabían cómo administrarlos y eran indolentes, ignorantes y de mala vida. Los monasterios se hallaban en el mayor desorden. Por medio de concilios provinciales, sínodos diocesanos y múltiples instrucciones pastorales, San Carlos aplicó progresivamente las medidas necesarias para la reforma del clero y del pueblo. Aquellas medidas fueron tan sabias, que una gran cantidad de prelados las consideran todavía como un modelo y las estudian para aplicarlas. San Carlos fue uno de los hombres más eminentes en teología pastoral que Dios enviara a su Iglesia para remediar los desórdenes producidos por la decadencia espiritual de la Edad Media y por los exesos de los reformadores protestantes. Empleando por una parte la ternura paternal y las ardientes exhortaciones y, poniendo rigurosamente en práctica, por la otra, los decretos de los sínodos, sin distinción de personas, ni clases, ni privilegios, doblegó poco a poco a los obstinados y llegó a vencer dificultades que habrían desalentado aun a los más valientes. San Carlos tuvo que superar su propia dificultad de palabra, a base de paciencia y atención, pues tenía un defecto en la lengua. A este propósito, decía su amigo Aquiles Gagliardi: "Muchas veces me he maravillado de que, aun sin poseer elocuencia natural alguna, sin tener ningún atractivo especial en su persona, haya conseguido obrar tales cambios en el corazón de sus oyentes. Hablaba brevemente, con suma seriedad y apenas se poda oir su voz; sin embargo, sus palabras producían siempre efecto". San Carlos ordenó que se atendiese especialmente a la instrucción cristiana de los niños. No contento con imponer a los sacerdotes la obligación de enseñar públicamente el catecismo todos los domingos y días de fiesta, estableció la Cofradía de la Doctrina Cristiana, que llegó a contar, según se dice, con 740 escuelas, 3.000 catequistas y 40.000 alumnos. Así pues, San Carlos fundó las "escuelas dominicales" dos siglos antes de que Roberto Raikes las introdujese en Inglaterra para los niños protestantes. San Carlos se valió particularmente de los clérigos regulares de San Pablo ("barnabitas"), cuyas constituciones él mismo había ayudado a revisar y, en 1578, fundó una congregación de sacerdotes seculares, llamados Oblatos de San Ambrosio que, por un voto simple de obediencia a su obispo, se ponían a disposición de éste para que los emplease a su gusto en la obra de la salvación de las almas. Pío XI formó parte más tarde de esa congregación, cuyos miembros se llaman actualmente Oblatos de San Ambrosio y de San Carlos.
Pero en todas partes se acogió bien la obra reformadora del santo, quien en ciertos casos tuvo que hacer frente a una oposición violenta y sin escrúpulos. En 1567, tuvo una dificultad con el senado. Ciertos laicos que llevaban abiertamente una vida poco edificante y se negaban a prestar oídos a las exortaciones del santo, fueron aprisionados por orden suya. El senado amenazó, con ese motivo, a los funcionarios de la curia del arzobispo, y el asunto llegó hasta el Papa y Felipe II de España. Entre tanto, el alguacil episcopal fue golpeado y expulsado de la ciudad. San Carlos, después de considerar la cosa maduramente, excomulgó a los que habían participado en el ataque. Finalmente, el fallo sobre este conflicto de juridicción favoreció a San Carlos, ya que en la antigua ley un arzobispo gozaba de cierto poder ejecutivo; pero el gobernador de Milán se negó a aceptar esa decisión. San Carlos partió por entonces a visitar tres valles alpinos: el de Levantina, el de Bregno y La Riviera, que los anteriores arzobispos habían dejado completamente abandonados y donde la corrupción del clero era todavía mayor que la de los laicos, con los resultados que pueden imaginarse. El santo predicó y catequizó por todas partes, destituyó a los clérigos indignos y los reemplazó por hombres capaces de restaurar la fe y las costumbres del pueblo y de resistir a los ataques de los protestantes zwinglianos. Pero sus enemigos de Milán no le dejaron mucho tiempo en paz. Como la conducta de algunos de los canónigos de la colegiata de Santa María della Scala (que pretendían estar exentos de la jurisdicción del ordinario) no correspondiese a su dignidad, San Carlos consultó a San Pío V, quien le contestó que tenía derecho a visitar dicha iglesia y a tomar contra los canónigos las medidas que juzgase necesarias. San Carlos se presentó entonces en la iglesia a hacer la visita canónica; pero los canónigos le dieron con la puerta en las narices y alguien hizo un disparo contra la cruz que el santo había alzado con la mano durante el tumulto. El senado se puso en favor de los canónigos y presentó a Felipe II de España las más virulentas acusaciones contra el arzobispo, diciendo que se había arrogado los derechos del rey, porque la colegiata estaba bajo el patronato regio. Por otra parte, el gobernador de Milán escribió al Papa, amenazando con desterrar al cardenal Borromeo por traidor. Finalmente, el rey escribió al gobernador para que apoyase al arzobispo y los canónigos ofrecieron resistencia algún tiempo, pero acabaron por doblegarse.
Antes de que ese asunto se solucionase, la vida de San Carlos corrió un peligro todavía mayor. La orden religiosa de los humiliati, que contaba ya con muy pocos miembros pero poseía aún muchos monasterios y tierras, se había sometido a las medidas reformadoras del arzobispo, pero los humiliati estaban totalmente corrompidos y su sumisión había sido aparente. En efecto, intentaron por todos los medios conseguir que el Papa anulase las disposiciones de San Carlos y, al fracasar sus intentos, tres priores de la orden tramaron un complot para asesinar a San Carlos. Un sacerdote de la orden, llamado Jerónimo Donati Farina, aceptó hacer el intento de matar al santo por veinte monedas de oro. Se obtuvo esa suma con la venta de los ornamentos de una iglesia. El 26 de octubre de 1569, Farina se apostó a la puerta de la capilla de la casa de San Carlos, en tanto que éste rezaba las oraciones de la noche con los suyos. Los presentes cantaban un himno de Orlando di Lasso y, precisamente en el momento en que entonaban las palabras, "Ya es tiempo de que vuelva a Aquél que me envió", el asesino descargó su pistola contra el santo. Farina consiguió escapar en el tumulto que se produjo, en tanto que San Carlos, pensando que estaba herido de muerte, encomendaba su vida a Dios. En realidad la bala sólo había tocado sus ropas y su manto cardenalicio había caído al suelo, pero el santo estaba ileso. Después de una solemne procesión de acción de gracias, San Carlos se retiró unos días a un monasterio de la Cartuja para consagrar nuevamente su vida a Dios.
Al salir de su retiro, visitó otra vez los tres valles de los Alpes y aprovechó la oportunidad para recorrer también los cantones suizos católicos, donde convirtió a cierto número de zwinglianos y restauró la disciplina en los monasterios. La cosecha de aquel año se perdió y, al siguiente, Milán atravesó por un periodo de carestía. San Carlos pidió ayuda para procurar alimentos a los necesitados y, durante tres meses, dió de comer diariamente a tres mil pobres con sus propias rentas. Como había estado bastante mal de salud, los médicos le ordenaron que modificase su régimen de vida, pero el cambio no produjo ninguna mejoría. Después de asistir en Roma al cónclave que eligió a Gregorio XIII, el santo volvió a su antiguo régimen y así, pronto se recuperó. Al poco tiempo, tuvo un nuevo conflicto con el poder civil de Milán, pues el nuevo gobernador, Don Luis de Requesens, trató de reducir la juridicción local de la Iglesia y de poner en mal al arzobispo con el rey. San Carlos no vaciló en excomulgar a Requesens quien, para vengarse, envió un pelotón de soldados a patrullar las cercanías del palacio episcopal y prohibió que las cofradías se reuniesen cuando no estuviera presente un magistrado. Felipe II acabó por destituir al gobernador. Pero esos triunfos públicos no fueron, por cierto, la parte más importante del "cuidado pastoral" que ensalza el oficio de la fiesta de San Carlos. Su tarea principal consistió en formar un clero virtuoso y bien preparado. En cierta ocasión en que un sacerdote ejemplar se hallaba gravemente enfermo, las gentes comentaron que el arzobispo se preocupaba demasiado por él. El santo respondió: "¡Bien se ve que no sabéis lo que vale la vida de un buen sacerdote!" Ya mencionamos arriba la fundación de los oblatos de San Ambrosio, que tanto éxito tuvieron. Por otra parte, San Carlos reunió cinco sínodos provinciales y once diocesanos. Era infatigable en la visita a las parroquias. Cuando uno de sus sufragáneos le dijo que no tenía nada que hacer, el santo le mandó una larga lista de las obligaciones episcopales, añadiendo después de cada punto: "¿Cómo puede decir un obispo que no tiene nada que hacer?" El santo fundó tres seminarios en la arqudiócesis de Milán, para otros tantos tipos de jóvenes que se preparaban al sacerdocio y exigió en todas partes que se aplicasen las disposiciones del Concilio Tridentino acerca de la formación sacerdotal. En 1575, fue a Roma a ganar la indulgencia del jubileo y, al año siguiente, la instituyó en Milán. Acudieron entonces a la ciudad grandes multitudes de peregrinos, algunos de los cuales estaban contaminados con la peste, de suerte que la epidemia se propagó en Milán con gran virulencia.
El gobernador y muchos de los nobles abandonaron la ciudad. San Carlos se consagró enteramente al cuidado de los enfermos. Como su clero no fuese suficientemente numeroso para asistir a las víctimas, reunió a los superiores de las comunidades religiosas y les pidió ayuda. Inmediatamente se ofrecieron como voluntarios muchos religiosos, a quien San Carlos hospedó en su propia casa. Después escribió al gobernador, Don Antonio de Guzmán, echándole en cara su cobardía, y consiguió que volviese a su puesto, con otros magistrados, para esforzarse en poner coto al desastre. El hospital de San Gregorio resultaba demasiado pequeño y siempre estaba repleto de muertos, moribundos y enfermos a quienes nadie se encargaba de asistir. El espectáculo arrancó lágrimas a San Carlos, quien tuvo que pedir auxilio a los sacerdotes de los valles alpinos, pues los de Milán se negaron, al principio, a ir al hospital. La epidemia acabó con el comercio, lo cual produjo la carestía. San Carlos agotó literalmente sus recursos para ayudar a los necesitados y contrajo grandes deudas. Llegó al extremo de transformar en vestidos para los pobres, los toldos y doseles de colores que solían colgarse desde el palacio episcopal hasta la catedral, durante las precesiones. Se colocó a los enfermos en las casas vacias de las afueras de la ciudad y en refugios improvisados; los sacerdotes organizaron cuerpos de ayudantes laicos, y se erigieron altares en las en las calles para que los enfermos pudiesen asistir a misa desde las ventanas. Pero el arzobispo no se contentó con orar, hacer penitencia, organizar y distribuir, sino que asistió personalmente a los enfermos, a los moribundos y acudió en socorro de los necesitados. Los altibajos de la peste duraron desde el verano de 1576 hasta principios de 1578. Ni siquiera en ese período dejaron los magistrados de Milán de hacer intentos para poner en mal a San Carlos con el Papa. Tal vez algunas de sus quejas no eran del todo infundadas, pero todas ellas revelaban, en el fondo, la ineficacia y estupidez de quienes las presentaban. Cuando terminó la epidemia, San Carlos decidió reorganizar el capítulo de la catedral sobre la base de la vida común. Los canónigos se opusieron y el santo determinó entonces fundar sus oblatos.
En la primavera de 1580, hospedó durante una semana a una docena de jóvenes ingleses que iban de paso hacia la misión de Inglaterra y uno de ellos predicó ante él: era el Beato Rodolfo Sherwin, quien un año y medio más tarde había de morir por la fe en Londres. Poco después, San Carlos le dio la primera comunión a Luis Gonzaga, que tenía entonces doce años. Por esa época viajó mucho y las penurias y fatigas empezaron a afectar su salud. Además, había reducido las horas de sueño y el Papa hubo de recomendarle que no llevase demasiado lejos el ayuno cuaresmal. A fines de 1583, San Carlos fue enviado a Suiza como visitador apostólico y en Grisons tuvo que enfrentarse no sólo contra los protestantes, sino también contra un movimiento de brujas y hechiceros. En Roveredo, el pueblo acusó al párroco de practicar la magia y el santo se vio obligado a degradarle y entregarle al brazo secular. No se avergonzaba de discutir pacientemente sobre puntos teológicos con las campesinas protestantes de la región y, en cierta ocasión, hizo esperar a su comitiva hasta que consiguió hacer aprender el Padrenuestro y el Avemaría a un ignorante pastorcito. Habiendose enterado de que el duque Carlos de Saboya había caído enfermo en Vercelli, fue a verle inmediatamente y le encontró agonizante. Pero, en cuanto entró en la habitación del duque, éste exclamó: "¡Estoy curado!" El santo le dió la comunión al día siguiente. Carlos de Saboya pensó siempre que había recobrado la salud gracias a las oraciones de San Carlos y, después de la muerte de éste, mandó colgar en su sepulcro una lámpara de plata.
En el año de 1584, decayó más la salud del santo. Después de fundar en Milán una casa de convalecencia, San Carlos partió en octubre, a Monte Varallo para hacer su retiro annual, acompañado por el P. Adorno, S. J. Antes de partir, había predicho a varias personas que le quedaba ya poco tiempo de vida. En efecto, el 24 de octubre se sintió enfermo y, el 29 del mismo mes, partió de regreso a Milán, a donde llegó el día de los fieles difuntos. La víspera había celebrado su última misa en Arona, su ciudad natal. Una vez en el lecho, pidió los últimos sacramentos "inmediatamente" y los recibió de manos del arcipreste de su catedral.
Al principio de la noche del 3 al 4 de noviembre, murió apaciblemente, mientras pronunciaba las palabras "Ecce venio". No tenía más que cuarenta y seis años de edad. La devoción al santo cardenal se propagó rápidamente. En 1601, el cardenal Baronio, quien le llamó "un segundo Ambrosio", mandó al clero de Milán una orden de Clemente VIII para que, en el aniversario de la muerte del arzobispo, no celebrasen misa de requiem, sino una misa solemne.
San Carlos fue oficialmente canonizado por Paulo V el 1ro de noviembre de 1610.
BIBLIOGRAFIA
Butler, Vida de los Santos, Vol IV
Sálesman, Eliecer, Vidas de Santos, Vol. 4
Sgarbossa, Mario y Luigi Giovannini; Un Santo Para Cada Día


FUENTE

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