sábado, 21 de septiembre de 2019

XV DOMINGO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS


XV DOMINGO DESPUES DE PENTECOSTÉS
II clase, verde
Gloria, Credo y prefacio de la Santísima Trinidad

Con este Domingo suele coincidir en los maitines la lectura del libro sagrado de Job de aquel venerable patriarca, piadoso y rico, de la tierra de Idumea, a quien Satanás quiso tentar, con ánimo dañado de ver si realmente servía a Dios con desinterés, o bien porque le había colmado de honores y de hacienda.   Satanás, que nunca está ocioso y tiene ordenadas todas sus huestes para tentar a los pobres mortales, se presenta a Dios cierto día y le pide permiso para tentar a Job y privarle de sus riquezas, de la consideración y fama que tenía y de su misma salud corporal, y así sucedió.   En poco tiempo, Job lo fué perdiendo todo, y vióse precisado a limpiarse sus purulentas llagas, desnudo sobre un inmundo basurero.   También la Iglesia pide hoy que nos veamos continuamente defendidos contra los asaltos rabiosos del demonio, de ese eterno homicida, que nos sorbería la sangre si posible le fuese y acabaría en un solo día con todos los hombres.   La tentación vendrá también para nosotros, pues el ángel de Satanás azotó al mismo S. Pablo. Pero en medio de todo saldremos triunfadores por la esperanza firme que tenemos en la poderosa ayuda de Aquél que nos amó, de Aquél de quien el santo Job decía: "Yo bien sé que mi Redentor vive, y que en el último día he de resucitar de la tierra, y que estos mismos ojos le contemplarán. Un día también oiré la voz de Dios, el cual alargará su diestra al que es obra de sus manos. Pasada la prueba, en la cual fué hallado fiel servidor, Job recibió por duplicado todo lo que antes había poseído. Pues bien, la Iglesia, representada en Job, pide hoy a Dios que la purifique, ampare, salve y gobierne. Con el Salmista exclama: "Inclina, Señor, tus oídos y óyeme, porque soy pobre e indigente.  Luego con el Salmo del Ofertorio, y haciéndose eco del santo Job, dice también: "He esperado al Señor, y al fin me ha mirado y ha oído mi oración, y ha puesto en mis labios un cántico nuevo, el cántico de las almas cristianas resucitadas a la vida de la gracia. Por lo cual justo y " bueno es alabar al Señor y pregonar sus misericordias". Él es verdaderamente un Dios grande y Rey grande sobre toda la tierra. La Epístola refiérese enteramente a la vida sobrenatural, que el Espíritu Santo dió a las almas en las fiestas de Pentecostés. "Si vivimos a impulsos del Espíritu Santo, obremos como movidos por Él", siendo por lo mismo humildes, mansos y caritativos con los que pecan, máxime al considerar que nosotros mismos somos flacos, y tal vez más que ellos; razón por la cual S. Felipe Neri decía todos los días al Señor: "Señor, tenedme de vuestra mano; porque si no, capaz soy de haceros traición". Repasemos esa Epístola, porque en ella se encierran muchas y muy prácticas y saludabilísimas enseñanzas, análogas a las del Evangelio, que es hoy el de la resurrección del hijo de la viuda de Naín. Esa viuda representa a la santa Iglesia que llora también a tantos hijos suyos muertos, muertos a la vida de la gracia por el pecado. Pero viene el Verbo divino, viene Jesús, y adivinando sus ruegos, los resucita mediante la confesión sacramental; y para que no vuelvan a morir eternamente, deposita en sus mismos cuerpos mortales un germen, una medicina de inmortalidad que les permita resucitar en el día postrero.
...
Llámase este domingo el del hijo de la viuda de Naím, cuya milagrosa resurrección es el asunto del Evangelio de la Misa.
La Epístola  de este día es continuación de la que se leyó en la Dominica precedente. San Pablo da en ella instrucciones circunstanciadas acerca de la moral cristiana, con tal precisión, que en pocas palabras indican las normas que en su conducta han de observar los fieles. La vida espiritual, vida de pureza y santidad, de caridad y buenas obras, de sinceridad y buena conciencia, delante de Dios y de los hombres, esto es lo que el Apóstol predica y nosotros debemos practicar con el auxilio divino.

El Introito es una corta pero afectuosa oración que el alma dirige a Dios, animada de una vida confianza en su misericordia. El Evangelio nos recuerda un pensamiento muy saludable, el pensamiento de la muerte. Como el grupo de los que acompañaban al hijo difunto de la viuda de Naím, detengámonos algunos instantes delante del cadáver de ese joven muerto en la flor de la vida, pidiendo al Señor que, así como se le restituyó con el poder de su divina palabra, haga renacer en nuestro espíritu toda las presuntas enseñanzas que este espectáculo se desprenden. Supliquemos que de nuevo llamé a la vida de la gracia a tantos que de ella están privados, que el Sacramento de su Cuerpo y Sangre nos proteja contra los ataques diabólicos (Secreta), y que su operación así se muestre en nuestras almas y en nuestros cuerpos, que no sea la sensualidad sino la virtud divina del Sacramento, la que gobierne y dirija nuestras obras y sentimientos, como le suplicamos en la Poscomunión. (1)


TEXTOS DE LA SANTA MISA
Introito. Salm. 85.1-4.- Inclina Señor, tu oído a mis súplicas, y escúchame; salva, Dios mío, a tu siervo, que espera en ti; ten piedad de mi, .Señor, porque a ti clamo todo el día. Salmo.- Alegra el alma de tu siervo, porque a ti, Señor, tengo ele­vada mi alma. V/. Gloria al Padre.
Colecta.-  
Purifica, Señor, y fortalece a tu iglesia con una continua misericordia; y ya que sin ti no puede mantenerse salva, haz que sea siempre gobernada por tu gracia. Por nuestro Señor Jesucristo.
Epístola. Gál. 5.25-26; 6.1-10
Hermanos: Si vivimos del Espíritu, sigamos también al Espíritu. No seamos ávidos de vanagloria, hostigándonos y envidiándonos mutuamente. Hermanos, si alguno incurriere en algún delito, vosotros, que sois espirituales, amonestadle con espíritu de mansedumbre. Y cuídate tú, que también tú puedes ser tentado. Sobrellevaos mutuamente, y así cumpliréis la ley de Cristo. Porque si alguno cree ser algo, no siendo nada, él mismo se engaña. Mas pruebe cada cual su obra, y así tendrá gloria sólo en sí mismo, y no en otro; porque cada cual llevará su propia carga. Y el que es enseñado en la palabra asista con todos sus bienes al que le enseña. No os engañéis: a Dios no se le puede burlar. Lo que siembre el hombre, eso cosechará. Y así, el que siembra en su carne, de la carne cosechará corrupción; mas el que siembra en el espíritu, del espíritu cosechará la vida eterna. No nos cansemos, pues, de hacer bien, porque a su tiempo recoge­remos el fruto, si no desfallecemos. y así, mientras tenemos tiempo, hagamos bien a todos, y mayormente a nuestros hermanos en la fe.
Gradual. Salm. 91 2-3.- Bueno es alabar al Señor y cantar a tu nombre, ¡oh Altísimo! V/ Anunciar desde la mañana tu misericordia, y tu fidelidad hasta por la noche.
Aleluya. Salm. 94.3.-  Aleluya, aleluya. V/. Porque el Señor es Dios grande, y Rey grande sobre toda la tierra. Aleluya.
Evangelio. Luc. .7.11-16.-  
En aquel tiempo iba Jesús camino de una ciudad llamada Naín, y caminaban con él sus discípulos y mucho gentío. Cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, resultó que sacaban a enterrar a un muerto, hijo único de su madre, que era viuda; y un gentío considerable de la ciudad la acompañaba. Al verla el Señor, se compadeció de ella y le dijo: «No llores». Y acercándose al ataúd, lo tocó (los que lo llevaban se pararon) y dijo: «¡Muchacho, a ti te lo digo, levántate!». El muerto se incorporó y empezó a hablar, y se lo entregó a su madre. Todos, sobrecogidos de temor, daban gloria a Dios, diciendo: «Un gran Profeta ha surgido entre nosotros», y «Dios ha visitado a su pueblo».
Ofertorio. Salm. 39.2-4.-  Con paciencia aguardé al Señor, y volvió a mi su mirada y oyó mi ruego; y puso en mi boca un cántico nuevo, un himno en loor de nuestro Dios.
Secreta.- Señor! que tus sacramen­tos nos guarden, y defiendan siempre contra las asechanzas del demonio. Por nuestro Señor.
Prefacio de- la Santísima Trinidad.-  En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que con tu unigénito Hijo y con el Espíritu Santo eres un solo Dios, un solo Señor, no en la individualidad de una sola persona, sino en la trinidad de una sola sustancia. Por lo cual cuanto nos has revelado de tu gloria, lo creemos también de tu Hijo y del Espíritu  Santo, sin diferencia ni distinción. De suerte, que confesando una verdadera y eterna Divinidad, adoramos la propiedad en las personas, la unidad en la esencia, y la igualdad en la majestad, la cual alaban los Ángeles y los Arcángeles, los Querubines y los Serafines, que no cesan de cantar a diario, diciendo a una voz: Santo...
Comunión. Juan 6.52 .- El pan que yo daré es mi carne por la vida del mundo.
Poscomunión.-  Que la virtud de este don celestial, Señor, penetre nuestras almas y cuerpos, para que no sea nuestro modo de ver, sino su efecto el que prevalezca siempre en nosotros. Por nuestro Señor.

COMENTARIO
Como habitualmente, reproducimos el comentario del Padre Castellani, luego los Santos Padres y luego algunas consideraciones nuestras sobre temas de actualidad que creemos vinculados con algún punto del Evangelio de hoy.

COMENTARIO DEL PADRE CASTELLANI
DOMINGO DECIMOQUINTO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS [Lc 7 11-16] Lc 7, 11-I 7 “El primer encuentro de Jesús con la Muerte”, llaman a este evangelio de la Resurrección en Naím. Pero en realidad, Jesús había topado con la muerte un poco tiempo antes, en Nazareth, cuando los Capitostes, los Magnates y los Sinagogos lo habían llevado al filo del barranco que bordea su ciudad natal para arrojarlo al vacío; de los cuales escapó sin hacer ningún milagro –nunca hizo en favor suyo milagro alguno– sino escabulléndose, como narra Lucas IV. Y el furor de sus paisanos fue porque “allí no había hecho ningún milagro”: furor sacrílego como se ve, porque así reconocían que él podía hacer milagros, y por tanto venía de Dios. Bárbaros estos judíos. La lección del profeta Isaías que prenuncia los milagros del Mesías, fue la que Cristo leyó en la sinagoga nazaretana, añadiendo simplemente: “Esta profecía se ha cumplido ya entre nosotros.” Isaías enumera allí “pobres, cautivos, ciegos y heridos”; no incluye resurrección de muertos. Poco después del Sermón Montano, en el Segundo Ministerio Galileo, vino la resurrección del innominado que llamamos con el largo nombre de “Hijo Único de la Viuda de la Ciudad de Naím”. Nadie le rogó o exigió que lo hiciera, se conmovió por las lágrimas de la madre: detuvo con la mano el portaféretro llevado por cuatro hombres, dio un mandato imperioso, y el joven se incorporó y comenzó a hablar. Era en las afueras de la ciudad, en el lugar donde se cavaban los` sepulcros. “Y se lo entregó a su madre.” El evangelio registra la conmoción de la turba: “se asustaron, alabaron a Dios y dijeron: un gran profeta ha aparecido: Dios ha acogido de nuevo a su pueblo”. Y añade que corrió la voz por toda Judea y sus aledaños. “¿Qué es esto? ¿Cuándo se ha oído nunca que un hombre pueda resucitar muertos?”. Cristo no oró largamente, ni se echó sobre el cuerpo del difunto, como el profeta Elías sobre el otro hijo de la otra viuda de Sarepta: simplemente gritó: “Yo te lo mando”; y fue obedecido. ¿Mandó a quién? ¿Al joven? ¡Mandó a la Muerte! Resucitar un muerto no es una broma. Los incrédulos cuando van a Lourdes dicen que “no conocemos bien las leyes naturales”. La serie de escuelas sucesivas y contrarias de “alta crítica exegética” racionalista lo arreglan todo, hasta que llegan a la Resurrección. “¿Un paralítico? Hay parálisis nerviosa. ¿Un epiléptico? Sugestión. ¿Un leproso? El diagnóstico de la lepra es difícil y en aquellos tiempos... No sabemos bien hasta donde llega la fuerza de la sugestión.” Pero cuando llegamos a un muerto, sabemos bien hasta donde NO llega. Por tanto: “suprimir la resurrección, suprimir la resurrección o estamos fritos...” es la voz de orden de estos seudosabios, desde H. S. Reimarus en 1768 hasta Santayana en nuestros días: la misma voz de los fariseos, que quisieron suprimir la resurrección suprimiendo al resucitado, pues “pensaron dar la muerte [de nuevo] a Lázaro”. Insensatos. Un resucitador es una cosa muy seria: podría resucitar el Paraíso Terrenal. ¿Se imaginan ustedes lo que podría en el mundo un tipo con poder de resucitar muertos? Podría cambiar la faz del mundo. Pues bien, eso tiene que venir puesto que Cristo tiene que Volver. Si uno suprime la promesa parusíaca del Retorno de Cristo, no queda absolutamente nada del Evangelio en pie: es la arquitrabe de todo el edificio. Cristo Resucitado volverá para resucitarnos. Un solo resucitado que no pudiera ya ni morir ni sufrir, podría reírse en la cara del Emperador Calígula y toda su corte; y muchísimas otras cosas. El dramaturgo Eugenio O'Neil desarrolló esa idea en su drama Lázaro ríe, por más que, desgraciadamente, desde el segundo acto, el ateísmo de O'Neil le enturbia la idea, y el drama termina en forma que no responde al grandioso comienzo. En realidad Lázaro resucitado e invulnerable puede conquistar el mundo entero, si quiere. Hace unos tres años dirigí a un comunista militante y dirigente, pero de buena voluntad, una carta de la que voy a transcribir una página: ... Los fariseos han tenido cría. Y la cría de los fariseos –esa palabra justamente usó Cristo, “esta cría mala y adúltera”– naturalmente debe temblar de que “Cristo vuelva”: no han tenido nunca mayor enemigo. Y así naturalmente niegan que haya resucitado, y con mayor razón, niegan que vuelve”... Supongamos que Cristo “vuelve” ¿podría arreglar todo este desarreglo de hoy? ¡Pero seguramente! ¡Un “hombre” resucitado, contra todos estos pobres piojos resucitados! El dramaturgo yanqui O'Neil hizo un drama que usted conoce, Lázaro ríe, en que desarrolla las consecuencias posibles de la hipótesis de “un hombre resucitado”. ¡Ese hombre es más poderoso que los Césares, es el poder andando! O'Neil lo hunde al fin en la confusión, porque justamente él vivía en confusión –y el artista trabaja con el material de su autoexperiencia– pues sin la fe ese caso para él no era más que una “suposición”: una fantasía, un mito. Pero ¡si eso llega a ser real! Un hombre que solamente pueda curar los enfermos y multiplicar los panes y los peces se vuelve ipsofacto el economista más grande del mundo: Jesucristo resucitado se vuelve un economista más grande que Franklin y Domingo Faustino Sarmiento. ¡Adiós bancos, adiós fronteras, adiós ejércitos, adiós guerras! Adiós, Pecado. Adiós Muerte. Yo no soy milenarista, y por eso no quiero hacer aquí el cuadro de “lo que sería” este mundo gobernado durante mil años por los resucitados; por un Resucitado; sin embargo el gran novelista suizo Ramuz lo ha hecho en un librito, Joie daos la Terre, que confieso me gusta grandiosamente, aunque no acepto la teología de este hijo de Calvino. Muchas personas se confortan y sustentan –la imaginación es el sustentáculo de la esperanza– con esa imaginación, que está en el capítulo XX del Apokalypsis. Yo no la enseño, pero la respeto, como respeto los cuentos de hadas; y muchísimo más por cierto. Pero yo no la necesito: me basta para mi Esperanza imaginar lo que sería el Mesías retornado, no ya “en gloria y majestad” y como Monarca del Mundo, sino simplemente más o menos como era cuando andaba en la tierra predicando, o como después de su resurrección, traveseando amablemente pero en serio con sus Apóstoles – con los Once Palurdos–. “ Jesús en Buenos Aires!”, como soñaba nuestro común desdichado amigo Enrique Méndez Calzada. Eso basta. Así como una chispa sola puede originar el mayor incendio, así como una sola bomba atómica puede desencadenar el incendio del Universo –según dicen los sabios, aunque yo no les creo– así un solo Resucitado, el “Primogénito de entre los Muertos”, que dice San Pablo, puede tranquilamente y sin prisas incendiar de gozo todo el Universo, ese vencedor de la Muerte y Principio de la Resurrección. Poder, puede: no lo dude usted. He aquí que he llegado yo después de mucho camino, con usted o sin usted –porque no sé si me ha dejado durante– al plano religioso desde el plano ético, que es el suyo; y el pasadizo es “el humor” enseña Kirkegor; y por cierto, a lo más crudo y duro de todo el plano religioso y a lo fundamental en él, a la inmortalidad y a la resurrección. Los comunistas quieren ustedes nada menos que la resurrección del mundo; yo también; y lo que es más, “la espero”. Pero discrepamos en que ustedes quieren la resurrección sin muerte; y yo me he resignado a la muerte. Hace mucho tiempo, creo que cuando era muy chico, la muerte llamó y yo abrí, y se ha aposentado en mí. No sé cuando. La muerte la fe. La fe es como una muerte. No se puede negar que es una especie de muerte, como usted la llama en su carta un reniego de “esta” vida; no de la Vida en general de esta hija de perra de vida. San Pablo llama a la Fe “morir en Cristo y resucitar espiritualmente en Cristo por el bautismo”. El rudo tarsense se imagina el bautismo como un ahogarse en una piscina llena de la sangre de Cristo –y de Adán– para resucitar otro hombre, “el hombre nuevo”, metáfora poco moderna que horroriza a Aldous Huxley... y a Eduardo Mallea. Naturalmente, todo lo que horroriza a Aldous Huxley, y viceversa, horroriza, y viceversa, a Eduardo Mallea... Sigue la carta con un análisis de cómo nació la Fe en mi; pero creo que con esto basta. En resumen, pasó un Resucitador por el mundo y nació en el mundo una esperanza más grande que todos los siglos; la cual no morirá. Uno que ya no tenía esperanza ha escrito: “Jesús es simplemente la esperanza más grande que ha pasado por la Humanidad”... Oh, Renán, escucha: No ha pasado. (Hasta acá Castellani) (2)

SANTOS PADRES

San Cirilo
El Señor obra prodigio sobre prodigio. Y mientras que antes había venido llamado, ahora viene sin que lo llamen. Por lo que se dice: "Y aconteció después que iba a una ciudad llamada Naim".
Beda
Naim es una ciudad de Galilea que dista dos leguas 1 del monte Tabor. Por permisión divina acompañaba una gran turba al Señor para que presenciase el milagro tan grande que iba a hacer. Por lo que sigue: "Y sus discípulos iban con El, y una grande muchedumbre de pueblo".
San Gregorio Niceno Tract. de anima et resurrectione, post medim
Aprendamos del Salvador la experiencia de la resurrección no tanto en las palabras como en sus obras. Empieza por milagros menores a fin de preparar nuestra fe para otros mayores. Empieza a ejercer el poder de la resurrección en la enfermedad desesperada del siervo del centurión. Después, con un acto de mayor poder conduce a los hombres a la fe de la resurrección, resucitando al hijo de una viuda que era llevado al sepulcro. Por lo que se dice: "Y cuando llegó cerca de la puerta de la ciudad, he aquí que sacaban fuera a un difunto, hijo único de su madre".
Tito Bostrense
Podría decirse del siervo del centurión que no había de morir. Pero para reprimir ese lenguaje temerario, Jesucristo salió al encuentro de aquel joven que ya era difunto, hijo único de una viuda. Por lo que sigue: "La cual era viuda. Y venía con ella mucha gente de la ciudad".
San Gregorio Niceno De homini opificio
Estas pocas palabras expresan la intensidad de su dolor. Era madre viuda y ya no esperaba tener más hijos ni tenía otro a quien mirar en lugar del difunto. Solamente había criado a éste, y él solo constituía la alegría de la casa. El solo era toda la dulzura y todo el tesoro de la madre.
San Cirilo
Digno era de compasión este dolor y bien capaz de excitar el llanto y las lágrimas. Por lo que sigue: "Y luego que la vio el Señor, movido de misericordia por ella, le dijo: No llores".
Beda
Como diciendo: No le llores ya como muerto porque dentro de muy poco lo verás resucitar.
San Crisóstomo
Consolando así la tristeza y haciendo cesar las lágrimas nos enseña a consolarnos de la pérdida de nuestros difuntos esperando su resurrección. Toca, pues, el féretro, saliendo la vida al encuentro de la muerte. Por lo que sigue: "Y se acercó", etc.
San Cirilo
No hizo este milagro con sólo la palabra, sino que también tocó el féretro, para que comprendamos la eficacia del sagrado Cuerpo de Jesús para la salud de los hombres. Es, en efecto, el cuerpo de vida y la carne del Verbo omnipotente, de quien viene la virtud. Pues así como el hierro unido al fuego produce los efectos del fuego, así la carne, una vez unida al Verbo que da vida a todas las cosas, se hace también vivificadora y expulsiva de la muerte.
Tito Bostrense
El Señor no era semejante a Elías, que lloraba la muerte del hijo de la viuda de Sarepta ( 1Re 17), ni como Eliseo, que aplicó su mismo cuerpo al cuerpo de un difunto, ( 2Re 4) ni como San Pedro, que rogó por Thabita ( Hch 9), sino que El es quien llama a lo que no existe como a lo que existe ( Rom 4); que puede hablar a los muertos como a los vivos. Por lo que sigue: "Y dijo: Mancebo", etc.
San Gregorio Niceno
Esta palabra "mancebo" indica la flor de la edad, cuando empieza a apuntar la barba. Aquel que poco antes era la alegría y la dulzura de las miradas de su madre la cual suspiraba ya por la alegría de sus esponsales, y le contemplaba como el propagador de su raza, el vástago de su posteridad y el báculo de su vejez.
Tito Bostrense
Inmediatamente se levanta aquel a quien se dirige esa orden. Al poder de Dios nada resiste; no hay ninguna tardanza, ni tampoco oraciones. Por lo que sigue: "Y se sentó el que había estado muerto, y comenzó a hablar. Y le dio a su madre". Indicios son éstos de verdadera resurrección, pues un cuerpo muerto no puede hablar ni tampoco la mujer hubiese llevado a su casa un hijo muerto e inanimado.
Beda
Dice el evangelista que el Señor se movió primero a misericordia cuando vio a la madre y que después resucitó al hijo para darnos, por un lado, un modelo de misericordia y, por el otro, un motivo de creer en su poder maravilloso. Por lo que sigue: "Y tuvieron todos grande miedo, y glorificaban a Dios", etc.
San Cirilo
Este gran milagro se obró en un pueblo insensible e ingrato; porque poco tiempo después no creía que fuese profeta, ni que sirviera para utilidad del pueblo. Sin embargo, este milagro no se ocultó a ningún habitante de la Judea. Por lo que sigue: "Y la fama de este milagro corrió por toda la Judea", etc.
Ambrosio
Es oportuno notar que se cuentan siete resurrecciones antes de la de Jesucristo. De las cuales la primera es la del hijo de Sarepta ( 1Re 17); la segunda es la del hijo de la Sunamitis ( 2Re 4); la tercera es la que se verificó con las reliquias de Eliseo ( 2Re 3); la cuarta, la que se verificó en Naim, como aquí se dice; la quinta es la de la hija del príncipe de la sinagoga ( Mc 5); la sexta, la de Lázaro ( Jn 50); la séptima, en la pasión de Cristo, durante la cual resucitaron muchos cuerpos de santos ( Mt 27); la octava es la de Jesucristo, el cual, vencedor de la muerte, permanece siempre, para significar que la resurrección general que ha de tener lugar en la octava edad, no estará sujeta a la muerte sino que permanecerá indisoluble.
Beda
El difunto que se levantó a la vista de muchos fuera de las puertas de la ciudad, representa al hombre adormecido en el féretro de mortales culpas, y la muerte del alma, que no yace aun en el lecho del corazón, pero que se exhibe a noticia de muchos por sus palabras y sus obras (como por las puertas de la ciudad). Cada uno de los sentidos de nuestro cuerpo es como la puerta de una ciudad. El cual se llama hijo único de su madre, porque la Iglesia, compuesta de muchas personas, es sin embargo única madre. Que la Iglesia es viuda, lo reconoce toda alma que ha sido rescatada con la muerte del Señor.
San Ambrosio
Esta viuda, rodeada por una multitud de pueblo, nos parece algo más que una mujer; ella ha obtenido por sus lágrimas la resurrección del adolescente, su hijo único, el que es llamdo a la vida desde el cortejo fúnebre. A Ella se le prohibe llorar al que se le reservaba la resurrección.
Beda
O se confunde el dogma de Novato, el cual, queriendo abolir la purificación de los penitentes, niega que la Iglesia nuestra madre, llorando sobre la muerte espiritual de sus hijos, deba consolarse con la esperanza de devolverles la vida.
San Ambrosio
Este muerto era llevado en las cuatro materias elementales, sin embargo tenía la esperanza de resucitar porque iba al sepulcro en un lecho de madera -esta madera, aunque antes no nos aprovechaba, después de que Jesucristo murió sobre ella, empezó a darnos la vida-, para que sirviese de señal de que había de darse la salud al pueblo por medio del sacrificio de la cruz. En efecto, nosotros aisladamente yacemos sin vida, cuando el fuego de una pasión inmoderada nos consume, o el agua helada de la indiferencia nos inunda, o un estado perezoso de nuestro cuerpo terrestre amortigüa el vigor de nuestro espíritu.
Beda
O el féretro, en que es llevado muerto, representa la conciencia del pecador, que desconfía de la enmienda; los que le llevan al sepulcro son los deseos inmundos o las adulaciones de sus amigos, los cuales se detienen en cuanto Jesús toca el féretro. Su conciencia, tocada por el temor del juicio divino, vuelve sobre sí, refrenando sus pasiones, rechazando las alabanzas, y respondiendo al Salvador cuando le llama.
San Ambrosio
Si es tu pecado grave y no puedes lavarlo con las lágrimas de la penitencia, que llore por ti nuestra madre la Iglesia; que la turba te asista, y resucitarás de la muerte, dirás palabras de vida, todos temerán (con el ejemplo de uno se corrigen muchos), y también alabarán al Señor porque se ha dignado concedernos tan grandes remedios para evitar la muerte.
Beda
El Señor ha visitado a su pueblo no una vez sola revistiendo de carne a su Verbo, sino enviándole con frecuencia a los corazones de los hombres.
Teofilacto
Por esta viuda se puede también entender el alma que pierde a su esposo; esto es, la divina palabra. Su hijo es el entendimiento que es llevado fuera de la ciudad de los que viven. El lecho es su propio cuerpo a quien algunos han llamado sepulcro. Pero cuando el Señor lo toca, se levanta, se rejuvenece y, levantándose del pecado, empieza a hablar y a enseñar a otros, pues sin eso no se le creería.

SAN MATEO, APÓSTOL Y EVANGELISTA, II CLASE

(Siglo I) - Dos de los cuatro Evangelistas dan a San Mateo el nombre de Leví, mientras que San Marcos lo llama "hijo de Alfeo". Posiblemente, Leví era su nombre original y se le dio o adoptó él mismo el de Mateo ("el don de Jehová"), cuando se convirtió en uno de los seguidores de Jesús. Pero Alfeo, su padre, no fue el judío del mismo nombre que tuvo como hijo a Santiago el Menor. Se tiene entendido que era galileo por nacimiento y se sabe con certeza que su profesión era la de publicano, o recolector de impuestos para los romanos, un oficio que consideraban infamante los judíos, especialmente los de la secta de los fariseos y, a decir verdad, ninguno que perteneciera al sojuzgado pueblo de Israel, ni aún los galileos, los veían con buenos ojos y nadie perdía la ocasión de despreciar o engañar a un publicano. Los judíos los aborrecían hasta el extremo de rehusar una alianza matrimonial con alguna familia que contase a un publicano entre sus miembros, los excluían de la comunión en el culto religioso y los mantenían aparte en todos los asuntos de la sociedad civil y del comercio. Pero no hay la menor duda de que Mateo era un judío y, a la vez un publicano.
La historia del llamado a Mateo se relata en su propio Evangelio. Jesús acababa de dejar confundidos a algunos de los escribas al devolver el movimiento a un paralítico y, cuando se alejaba del lugar del milagro, vio al despreciado publicano en su caseta. Jesús se detuvo un instante "y le dijo: 'Sigúeme', Y él se levantó y le siguió". En un momento, Mateo dejó todos sus intereses y sus relaciones para convertirse en discípulo del Señor y entregarse a un comercio espiritual. Es imposible suponer que, antes de aquel llamado, no hubiese conocido al Salvador o su doctrina, sobre todo si tenemos en cuenta que la caseta de cobros de Mateo se hallaba en Cafarnaún, donde Jesús residió durante algún tiempo, predicó y obró muchos milagros; por todo esto, se puede pensar que el publicano estaba ya preparado en cierta manera para recibir la impresión que el llamado le produjo. San Jerónimo dice que una cierta luminosidad y el aire majestuoso en el porte de nuestro divino Redentor le llegaron al alma y le atrajeron con fuerza. Pero la gran causa de su conversión fue, como observa San Beda, que, "Aquél que le llamó exteriormente por Su palabra, le impulsó interiormente al mismo tiempo por el poder invisible de Su gracia".
El llamado a San Mateo ocurrió en el segundo año del ministerio público de Jesucristo, y éste le adoptó en seguida en la santa familia de los Apóstoles, los jefes espirituales de su Iglesia. Debe hacerse notar que, mientras los otros evangelistas, cuando describen a los apóstoles por pares colocan a Mateo antes que a Tomás, él mismo se coloca después del apóstol y además agrega a su nombre el epíteto de "el publicano". Desde el momento del llamado, siguió al Señor hasta el término de su vida terrenal y, sin duda, escribió su Evangelio o breve historia de nuestro bendito Redentor, a pedido de los judíos convertidos, en la lengua aramea que ellos hablaban. No se sabe que Jesucristo hubiese encargado a alguno de sus discípulos que escribiese su historia o los pormenores de su doctrina, pero es un hecho que, por inspiración especial del Espíritu Santo, cada uno de los cuatro evangelistas emprendió la tarea de escribir uno de los cuatro Evangelios que constituyen la parte más excelente de las sagradas escrituras, puesto que en ellos Cristo nos enseña, no por intermedio de sus profetas, sino directamente, por boca propia, la gran lección de fe y de vida eterna que fue su predicación y el prototipo perfecto de santidad que fue su vida.
Se dice que San Mateo, tras de haber recogido una abundante cosecha de almas en Judea, se fue a predicar la doctrina de Cristo en las naciones de oriente, pero nada cierto se sabe sobre ese período de su existencia. La iglesia le venera también como mártir, no obstante que la fecha, el lugar y las circunstancias de su muerte, se desconocen. Los padres de la Iglesia quisieron encontrar las figuras simbólicas de los cuatro evangelistas en los cuatro animales mencionados por Ezequiel y en el Apocalipsis de San Juan. Al propio San Juan lo representa el águila que, en las primeras líneas de su Evangelio, se eleva a las alturas para contemplar el panorama de la eterna generación del Verbo. El toro le corresponde a San Lucas que inicia su Evangelio con la mención del sacrificio del sacerdocio. El león es el símbolo de San Mateo, quien explica la dignidad real de Cristo; sin embargo, San Jerónimo y San Agustín, asignan el león a San Marcos y el hombre a San Mateo, ya que éste comienza su Evangelio con la humana genealogía de Jesucristo.
El relato sobre San Mateo que figura en el Acta Sanctorum, Sept. vol.VI, se halla muy mezclado con las discusiones en relación con sus supuestas reliquias y sus traslaciones a Salerno y otros lugares. Puede hacerse un juicio sobre la poca confianza que se puede poner en esas tradiciones, si se tiene en cuenta el hecho de que cuatro diferentes iglesias de Francia han asegurado poseer la cabeza del apóstol. M. Bonnet publicó una extensa narración apócrifa sobre la predicación y el martirio de San Mateo, en Acta Apostolorum apocrypha (1898), vol. II, parte I, pp. 217-262 y hay otro relato, mucho más corto, de los bolandistas. El Martirologio Romano se refiere a su martirio y dice que tuvo lugar en "Etiopía", pero en el Hieronymianum se afirma que fue martirizado "en Persia, en la ciudad de Tarrium". De acuerdo con von Gutschmidt, esta declaración se debe a un error de lectura del nombre de Tarsuana, ciudad que Ptolomeo sitúa en Caramania, región de la costa oriental del Golfo Pérsico. A diferencia de la gran diversidad de fechas que se asignan a los demás apóstoles, la fiesta de San Mateo se ha observado en este día, de manera uniforme de todo el occidente. Ya en los tiempos de Beda existía una homilía escrita por él y dedicada a esta fiesta de San Mateo: véase el artículo de Morin en la Revue Bénédictine, vol. IX (1892), p. 325. Sobre los símbolos del evangelista ver DAC, vol. V, ce. 845-852.

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jueves, 19 de septiembre de 2019

EL II CONCILIO VATICANO: Praxis sobre Doctrina; Hombre sobre Dios; amor sin Verdad.

Se ha dicho con agudeza que el II Concilio Vaticano, fusionado con el humanismo de la Revolución deliberadamente, adoptando junto con Doctrina Católica  herejías viejas, pelagianismo, ideologías y filosofías modernas como liberalismo, modernismo, existencialismo,  es el Concilio de la praxis sobre la Doctrina; del Hombre sobre Dios; del hacer sobre el Ser; de la Libertad sobre la Verdad.

Pero también hubo la intención de conservar lo esencial de Cristo, el amor, fusionando y adaptando lo demás del catolicismo a la presunta evolución del mundo y el espíritu antropocentrista de la modernidad.
Pero resulta que esas doctrinas y convicciones -y Culto también- de las cuales se ha abdicado para fusionarse con el espíritu moderno, forman parte de la Verdad Revelada: La Inmutabilidad de Dios y su Revelación; La Iglesia Católica como única religión divina y salvadora; la autonomía de la Iglesia respecto del mundo; la centralidad de Dios y no del hombre; la distinción infinita entre Dios y Creación; la primacía del Ser sobre el hacer; de la Doctrina sobre la praxis...

Por lo tanto, se ha desconectado al amor de la Verdad; cosa que no se puede hacer sin arruinar el amor y anularlo. Cristo es la Verdad; sin Verdad no hay ningún amor. No hay amor verdadero sin Cristo.

Por eso, se podría decir que el II Concilio Vaticano también es el Concilio del amor sin Verdad.

miércoles, 18 de septiembre de 2019

SAN JOSÉ DE CUPERTINO



18 de septiembre
SAN JOSÉ DE CUPERTINO
Vidas de los Santos de A. Butler


(1663 p.c.) - José Desa nació el 17 de junio de 1603 en Cupertino, pequeña población situada entre Brindisi y Otranto. Sus padres eran pobres, y el infortunio se había ensañado contra ellos. José vino al mundo en un miserable cobertizo en la parte posterior de la casa, porque en aquellos momentos procedía al embargo del inmueble, ya que su padre, un carpintero, no había podido pagar sus deudas. En aquellas circunstancias, la niñez de José tuvo que ser muy desdichada. Su madre, al quedar viuda, vio a su hijo como una molestia y una carga más para su miseria y lo trataba con extremada dureza, por lo que el niño creció débil, con marcada tendencia a la distracción y la inercia. Llegaba a olvidarse incluso de comer y, si alguien se preocupaba por recordárselo, respondía simplemente: "Me olvidé". Acostumbraba a vagar por la ciudad, a paso lento y desganado, y mirar a todas partes con la boca abierta, de manera que se ganó el sobrenombre de "Boccaperta". Nadie le quería bien, a causa de su aire de simpleza y su mal genio; sin embargo, en lo tocante a sus deberes religiosos, los cumplía con una extraordinaria fidelidad y gran fervor. Al llegar a la edad en que debía ganarse el pan, José entró como aprendiz de zapatero y se esforzó por aprender el oficio, sin lograrlo. Al cumplir los diecisiete años, se presentó en el convento de los franciscanos para solicitar su ingreso, pero fue rechazado. Entonces, hizo su solicitud ante los capuchinos, que lo tomaron como hermano lego, pero, al cabo de ocho meses, fue despedido por incapacidad para desempeñar los deberes que imponía la orden. Su torpeza y su despreocupación le incapacitaban para cualquier trabajo, como lo había probado en el convento, donde dejaba caer de continuo los platos y las tazas en el suelo del refectorio, se olvidaba de hacer lo que se le había ordenado y no se podía confiar en él ni siquiera para encender el fuego del horno. Al verse desamparado, José buscó refugio en la casa de un tío suyo muy rico, que se negó rotundamente a ayudar a un "bueno para nada", por muy pariente cercano que fuese, y el joven José se vio obligado a regresar a la miseria y el desprecio de su casa. Por supuesto que su madre no tuvo el menor placer en verlo regresar y, para deshacerse de él lo más pronto posible, rogó y suplicó a su hermano, un fraile franciscano, que admitieran a José en el convento, con tanta insistencia que, al fin, logró sus propósitos, y el joven ingresó como criado al monasterio franciscano de Grottella. Se le dio un hábito de terciario y se le puso a trabajar en los establos. Al parecer, fue entonces cuando se produjo un cambio radical en José: desempeñó con notable destreza los deberes que se le encomendaban y, con su humildad, su dulzura, su amor por la mortificación y la penitencia, se granjeó tanto afecto y respeto por parte de sus hermanos que, en 1625, la comunidad en pleno resolvió que debía ser admitido entre los religiosos del coro y quedar así calificado como aspirante a recibir las órdenes sagradas.
De esta manera, inició José su noviciado y no tardaron sus virtudes en convertirlo en un objeto de admiración, pero al mismo tiempo, se advirtió que no hacía grandes progresos en los estudios. Por mucho que se esforzara, su capacidad intelectual no le daba para más que leer mal y escribir peor. Carecía, de la facultad de expresarse y, del único texto sobre el que pudo decir algo fue: "¡Bendito el vientre que te concibió!" Cuando se le examinaba para el diaconato, el obispo abrió el libro de los Evangelios a la ventura y, quién sabe por qué casualidad, sus ojos cayeron precisamente sobre aquella frase; de manera que el prelado examinador pidió al hermano José que disertara sobre ella, lo que el joven hizo bien y con presteza. Cuando llegó el momento del examen para el sacerdocio, los primeros candidatos respondieron a las preguntas en forma tan completa y satisfactoria, que los restantes, entre los que se encontraba José, fueron aprobados sin haber pasado por el examen. Tras de haber recibido las órdenes sacerdotales, en 1628, pasó cinco años sin probar el pan o el vino, y las hierbas que comía los viernes, eran tan amargas o desabridas, que sólo él las podía tragar. Sus rigurosos ayunos cuaresmales le privaban absolutamente de todo alimento durante todos los días, a excepción de los jueves y domingos, y pasaba sus horas entregado a los trabajos manuales domésticos y de rutina que eran, bien lo sabía, él, los únicos que podía desempeñar.
Desde el momento de su ordenación, la existencia de San José fue una serie no interrumpida de éxtasis, curaciones milagrosas y sucesos sobrenaturales, en una escala que no tiene paralelo en ninguno otro de los santos. Todo lo que de cualquier manera se refiriese particularmente a Dios o a los misterios de la religión, podía arrebatarle los sentidos y tornarle insensible a lo que sucedía a su alrededor; las distracciones y olvidos de su niñez y su juventud tenían después un fin y un propósito claro y definido. A la vista de un cordero en el jardín de los capuchinos en Fossombrone, quedó arrobado en la contemplación del inmaculado Cordero de Dios, y se afirma que en aquella ocasión, se elevó por los aires con el animalillo en los brazos. En todo momento tuvo un dominio especial sobre las bestias, semejante al que tenía San Francisco; se dice que las ovejas se reunían en torno suyo y escuchaban atentas sus plegarias; una golondrina del convento le seguía por todas partes e iba volando a donde él le mandaba. Particularmente durante la misa o el rezo de los oficios, tenía raptos que le elevaban del suelo. Durante los diecisiete años que pasó en Grottella se registraron setenta casos de levitación, y el más extraordinario de todos ellos ocurrió cuando los frailes construían un calvario. Faltaba por colocar la cruz del medio que tenía una altura de casi diez metros y era pesadísima, de manera que ni los esfuerzos de diez hombres podían levantarla hasta su sitio. Se afirma que entonces se asomó el hermano José por la puerta del convento, voló los setenta y ocho metros que le separaban del lugar donde se hallaban los otros frailes, tomó la pesada cruz en sus brazos, "como si fuera de paja" y la levantó para dejarla en su lugar, sobre el simulado montículo del Calvario. Fueron varios los testigos que dieron cuenta de este sorprendente suceso, aunque lo mismo que ocurrió con muchas otras de las maravillas obradas por el santo, sólo se dieron a conocer y se registraron después de la muerte de José, cuando ya había transcurrido el tiempo necesario para que no se exagerasen los acontecimientos y se fabricasen las leyendas en base a ellos. Pero cualquiera que haya sido la naturaleza y la realidad de aquellos sucesos, no cabe duda de que la vida diaria de San José estuvo rodeada por tantos fenómenos perturbadores y extraños que, por lo menos durante treinta y cinco años, sus superiores le prohibieron oficiar la misa en público, tomar parte en el coro, comer a la mesa con los hermanos y asistir a las procesiones y otras ceremonias públicas. Algunas veces, cuando se hallaba en rapto y sin sentido, los frailes trataron de volverlo en sí con golpes, quemaduras y pinchazos con agujas, pero nada de eso le producía efecto alguno y sólo despertaba, según se dice, al oír la voz de su superior. Al recuperar los sentidos, sonreía a todos dulcemente y les pedía perdón por lo que él llamaba "su ataque de mareos".
La levitación (nombre que se da a la elevación del cuerpo humano desde el suelo que pisa, sin que intervenga ninguna fuerza física) en una forma u otra, se registró en unos doscientos sanios y beatos (y en oíros muchos que no lo fueron) y, en sus casos, semejante fenómeno se ha interpretado como una marca especial del favor de Dios, por el cual pone de manifiesto, aun para los sentidos físicos, que la plegaria es una elevación de la mente y el corazón hacia Dios. Tanto por la extensión como por el número de esas experiencias, San José de Cupertino nos ofrece los ejemplos clásicos de levitación, porque si bien algunos de los fenómenos que le ocurrieron en su juventud podrían ponerse en tela de juicio, los que se registraron en sus últimos años estuvieron bien atestiguados. Por ejemplo, uno de sus biógrafos declara: "En 1645, el embajador de España en la corte pontificia, el Gran Almirante de Castilla, pasó por ahí (por Asís) y visitó a José de Cupertino en su celda. Luego de conversar con él un buen rato, bajó a la iglesia y dijo a su esposa: 'Vengo de ver y de hablar con otro San Francisco'. La señora manifestó entonces su gran deseo de gozar de un privilegio igual y el padre guardián mandó decir a José que bajase a la iglesia para hablar con Su Excelencia. El hermano respondió: "Obedeceré, pero no puedo decir si podré hablar con la dama". En efecto, momentos después apareció en la puerta de la iglesia, pero en el mismo instante clavó los ojos en una imagen de la Virgen María que se hallaba en el altar y, de pronto, se elevó del suelo y voló unos doce pasos por encima de las cabezas de los que estaban en la nave, hasta quedar parado a los pies de la estatua. Permaneció ahí un momento y oró en homenaje a la Señora y, luego de emitir su grito peculiar, voló de nuevo hasta la puerta de la iglesia y regresó de prisa a su celda, mientras el almirante, su esposa y todos los miembros de su séquito que presenciaron la escena, permanecían inmóviles en su sitio, cómo paralizados por el asombro". Ese suceso que se relata en dos de las biografías del santo, se presentó apoyado por numerosas referencias de los testigos oculares durante las deposiciones en el proceso de canonización.
"Es todavía más digna de confianza", dice el padre Thurston en "The Month" de mayo de 1919, "la evidencia de la levitación del santo suministrada en Osimo, donde pasó los últimos seis años de su vida. Ahí le vieron sus hermanos en religión elevarse por los aires hasta una altura de tres metros y medio a cuatro metros para besar la frente del Niño Dios que se hallaba en brazos de una imagen de la Virgen, muy por encima del altar, y no se limitó a eso, sino que alzó de los brazos de la Virgen la imagen del Niño, que estaba hecha de cera y, como si la arrullara, voló con ella en sus brazos hasta su celda donde continuó suspendido en los aires en todas las actitudes y posturas imaginables. En otra ocasión, durante aquellos últimos años de su vida, levantó a otro de los frailes y lo transportó en su vuelo alrededor de una habitación y se afirma que ya había hecho lo mismo en varias oportunidades previas. Durante la última misa que celebró, el día de la Asunción de 1663, un mes antes de su muerte, tuvo un rapto que le levantó más largo tiempo que todos los anteriores. Y para todos estos sucesos contamos con la evidencia de numerosos testigos oculares que hicieron sus deposiciones bajo juramento, como de costumbre, unos cuatro o cinco años más tarde solamente. Sería irrazonable suponer que aquellos testigos se engañaron en cuanto al hecho preciso de que el santo flotaba en los aires, puesto que todos estaban convencidos de haberlo visto así bajo todas las condiciones y circunstancias posibles". Próspero Lambertini, el que después fue el Papa Benedicto XIV, suprema autoridad en las evidencias y procedimientos de las causas de canonización, estudió personalmente todos los pormenores en el caso de San José de Cupertino. El escritor dice más adelante: "Cuando la causa se presentó a discusión ante la Congregación de Ritos, (Lambertini) era 'promotor Fidei' (el personaje que vulgarmente se conoce con el nombre de "Abogado del Diablo") y es cosa sabida que su animadversión hacia las pruebas que se habían sometido a su consideración era firme y exigente. Sin embargo, debemos creer que aquellos escrúpulos quedaron completamente satisfechos, puesto que no sólo fue el propio Lambertini quien, instalado ya en el trono de San Pedro, emitió el decreto de beatificación en 1753, sino que en su obra magna, "De Servorum Dei Beatificatione", dice lo que sigue: "Mientras yo desempeñaba el cargo de promotor de la Fe, se sometió a la consideración de la Sacra Congregación de Ritos, la causa del venerable siervo de Dios, José de Cupertino, causa ésta que, después de mi retiro, fue llevada a una conclusión favorable. En el curso del proceso, los testigos oculares de indiscutible integridad suministraron evidencias sobre las famosas levitaciones o levantamientos desde el suelo y vuelos prolongados del mencionado siervo de Dios cuando se hallaba arrebatado en éxtasis". No cabe la menor duda de que Benedicto XIV, un crítico apegado a normas estrictas que conocía el valor de las evidencias y que había estudiado las deposiciones originales con más detenimiento que cualquier otro de los miembros del tribunal, creía a pie juntillas que los testigos de las levitaciones de San José habían observado realmente lo que aseguraban haber visto".


Por supuesto, no faltaron las personas para quienes aquellas manifestaciones eran piedra de escándalo. Cuando San José recorría la provincia de Bari y atraía a las multitudes, las autoridades eclesiásticas le denunciaron como a "uno que anda por los caminos de estas provincias y que, como un nuevo Mesías, arrastra a las muchedumbres en pos suya, a causa de ciertos prodigios realizados ante unas cuantas de aquellas gentes ignorantes que están dispuestas a creer cualquier cosa". El vicario general presentó la queja al inquisidor de Nápoles y se hizo comparecer a José. Al examinarse los pormenores de las acusaciones, no hallaron los inquisidores nada digno de censura, pero no por eso levantaron los cargos al acusado, sino que le enviaron a Roma para que se presentara ante el ministro general de su orden. Este le recibió al principio con dureza, pero muy pronto quedó impresionado por la evidente inocencia y el porte humilde de José y acabó por llevarle consigo a ver al Papa Urbano VIII. A la vista del Vicario de Cristo, el santo entró en éxtasis, y dijo el Pontífice Urbano que si José moría antes que él, no dejaría de dar testimonio sobre el milagro que acababa de presenciar. En Roma se decidió enviar a José de regreso a Asís, donde nuevamente sus, superiores le trataron con una notable severidad y, por lo menos, fingieron que le consideraban como un hipócrita. Llegó a Asís en 1639 y permaneció ahí trece años. Al principio debió sufrir muy duras pruebas, tanto internas como externas. Hubo temporadas en las que le pareció que Dios le había abandonado; a sus ejercicios religiosos les acompañaba una sequedad espiritual que le afligía en extremo, al tiempo que las más terribles tentaciones le hundían en una melancolía tan profunda, que apenas si levantaba los ojos del suelo. Al ser informado de esto el ministro general, mandó llamar a José a Roma y, tras de retenerlo ahí tres semanas, lo devolvió a Asís. Durante su viaje a Roma, el santo experimentó un retorno de aquellos consuelos divinos que le habían sido retirados temporalmente. Las noticias sobre la santidad y los milagros de José sobrepasaron las fronteras de Italia, y personajes tan distinguidos como el almirante de Castilla, a quien ya mencionamos, se detenían en Asís para visitarlo. Entre estas personalidades se hallaba también John Frederick, duque de Brunswick y Hanover. Aquel noble señor, que era luterano, se conmovió tanto por lo que presenció, que ahí mismo abrazó la religión católica. El santo solía decir a ciertas personas escrupulosas que acudían a consultarle: "No me gustan los escrúpulos ni la melancolía: si tus intenciones son buenas, no tienes nada que temer". Siempre instaba a la plegaria. "Orad", decía. "Si os turban la aridez o las distracciones, decid un Padre Nuestro y eso basta, porque entonces habréis hecho oración vocal y mental". Cuando el cardenal Lauria le preguntó lo que veían las almas en éxtasis durante sus raptos, repuso: "Se sienten como transportadas dentro de una galería maravillosa, resplandeciente con una belleza interminable y ahí, con una sola mirada en un espejo, comprenden las visiones maravillosas que Dios se complace en mostrarles". En el ir y venir de la vida diaria andaba siempre tan preocupado por las cosas celestiales, que si se cruzaba una mujer en su camino, él suponía, auténticamente y con toda sinceridad, que veía pasar a Nuestra Señora, a Santa Catalina o a Santa Clara y, si era un hombre desconocido el que se atravesaba, lo confundía con alguno de los Apóstoles y muchas veces, al encontrarse con otro fraile compañero suyo, creyó estar ante San Antonio o ante el propio San Francisco.
Por razones que desconocemos, en 1653, la Inquisición de Perugia recibió instrucciones para sacar a José de la comunidad de su orden y ponerlo a cargo de los capuchinos en calidad de fraile solitario en las colinas de Pietrarosa donde debía vivir en estricta reclusión. "¿Será necesario que vaya prisionero?", inquirió, y partió sin tardanza, con tanta prisa, que dejó su sombrero, su capa, su breviario y sus anteojos. Y en efecto, había ido a una prisión. No se le permitía abandonar la clausura del convento, hablar con alguien fuera de los frailes, escribir o recibir cartas; quedó completamente aislado del mundo exterior. Pero sin duda que, aparte de la inquietud y la tristeza que necesariamente experimentaba al verse separado de los otros conventuales y tratado como un criminal, aquella vida debe haber resultado particularmente satisfactoria para San José. Por otra parte, no duró mucho su aislamiento, porque no tardaron las gentes en descubrir el escondite y los peregrinos poblaron el lugar antes desierto. Entonces se le llevó subrepticiamente a otra reclusión igual en la casa de los capuchinos en Fossombrone. Y así pasó el resto de su vida. En 1665 el capítulo general de los franciscanos conventuales pidió que les fuera devuelto su santo a Asís, pero el Papa Alejandro VII respondió que con un San Francisco de Asís había bastante. En 1657, se le permitió residir en la casa de los conventuales en Osimo; sin embargo, ahí fue más estricta su reclusión y sólo a muy contados religiosos se les autorizaba a visitarle en su celda. En medio de todo aquel rigor y hasta el fin de sus días, tuvo el consuelo cotidiano de las manifestaciones sobrenaturales y se puede decir que, si bien los hombres le abandonaron, Dios se estrechaba cada vez más íntimamente con él. El 10 de agosto de 1663, se sintó enfermo y supo que su fin estaba próximo: murió cinco semanas después, a la edad de sesenta años. Fue canonizado en 1767.
Se halla impreso un summarium preparado por la Congregación de Ritos en 1688, con los datos principales de las deposiciones de los testigos en el proceso de beatificación. Debe observarse, sin embargo, que actualmente no existen más que dos copias de ese resumen y que, al parecer, los bolandistas no tuvieron acceso a él. Por lo tanto, se. contentaron con imprimir en el Acta Sanctorum sept. vol. v, los datos obtenidos en biografías publicadas anteriormente, como las de Pastrovicchi (1753) y Bernino (1722). Las dos vidas mencionadas fueron traducidas al francés y a otras lenguas. El padre F. S. Laing escribió en 1918 una adaptación en inglés de la obra de Pastrovicchi. La bula de canonización, un extenso documento que contiene abundantes datos biográficos, se halla impresa en las biografías italianas posteriores, así como en la traducción al francés de la obre de Bernino (1856). En ese mismo libro se relata destacadamente y con lujo de detalles, la historia de las levitaciones y vuelos de San José. Cj. H. Thurston, en The Physical Phenomena of Mysticism (1952

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lunes, 16 de septiembre de 2019

SAN CORNELIO, PAPA Y MARTIR, Y SAN CIPRIANO, OBISPO Y MARTIR

16 de Septiembre
San Cornelio y San Cipriano
Mártires

A San Cipriano le rogamos que ruegue a Dios para que
los que somos seguidores de Cristo,
no sintamos nunca vergüenza de ser cristianos,
y proclamemos siempre y en todas partes
con palabras y buenas obras
nuestra santa religión.

San Cornelio. Papa. Año 253.
Cornelio significa: "fuerte como un cuerno".
Este Pontífice fue martirizado en la persecución del emperador Decio en el año 253.
Su Pontificado se vió amargado por la rebelión de un hereje llamado Novaciano que proclamaba que la Iglesia Católica no tenía poder para perdonar pecados y que por lo tanto el que alguna vez hubiera renegado de su fe, nunca más podía ser admitido en la Santa Iglesia.
El hereje afirmaba también que ciertos pecados como la fornicación e impureza y el adulterio, no podían ser perdonados jamás. El Papa Cornelio se le opuso y declaró que si un pecador se arrepiente en verdad y quiere empezar una vida nueva de conversión, la Santa Iglesia puede y debe perdonarle sus antiguas faltas y admitirlo otra vez entre los fieles. A San Cornelio lo apoyaron San Cipriano desde Africa y todos los demás obispos de occidente.
El gobierno del perseguidor Decio lo desterró de Roma y a causa de los sufrimientos y malos tratos que recibió, murió en el destierro, como un mártir.
San Cipriano. Obispo de Cartago y mártir. Año 258.
San CiprianoEste fue el Santo más importante del Africa y el más brillante de los obispos de este continente, antes de que apareciera San Agustín.
Había nacido en el año 200 en Cartago (norte de Africa) y se dedicó a la labor de educador, conferencista y orador público. Tenía una inteligencia privilegiada, una gran habilidad para hablar en público, y una personalidad brillante y simpática que le conseguía un impresionante ascendiente sobre los demás.
Llegado a la mayoría de edad se convirtió al cristianismo por el ejemplo y las palabras de un santo sacerdote llamado Cecilio. Se hizo bautizar y una vez bautizado hizo el juramento de permanecer siempre casto, y de no contraer matrimonio (celibato se llama a este modo de vivir). A las gentes les llenó de admiración el tal voto o juramento, porque esto no se acostumbraba en aquellos tiempos.
Desde su conversión, descubrió Cipriano que la S. Biblia contiene tesoros maravillosos de buenas enseñanzas y se dedicó con toda su brillante inteligencia a estudiar este Libro Santo y a leer los comentarios que los antiguos santos habían escrito, respecto de la Sagrada Escritura. Hizo el sacrificio de renunciar a sus literatos mundanos que tanto le agradaban antes, y en adelante ya nunca citará ni siquiera una frase de un autor que no sea cristiano católico. Escribió un comentario acerca del Padrenuestro, tan bello, que hasta ahora no ha sido superado por otro autor.
Fue ordenado sacerdote, y en el año 248 al morir el obispo de Cartago, el pueblo y los sacerdotes aclamaron a Cipriano como el más digno para ser el nuevo obispo de la ciudad.
El se resistía y quería huir o esconderse, pero al fin se dio cuenta de que era inútil oponerse al querer popular y aceptó tan importante cargo, diciendo: "Me parece que Dios ha expresado su voluntad por medio del clamor del pueblo y de la aclamación de los sacerdotes". Y llegó a ser el más importante de todos los obispos que tuvo Cartago.
Un escritor de ese tiempo dejó este retrato de la bondad y venerabilidad de Cipriano: "Era majestuoso y venerable, inspiraba confianza a primera vista y nadie podía mirarle sin sentir veneración hacia él. Tenía una agradable mezcla de alegría y venerabilidad, de manera que los que lo trataban no sabían qué hacer más: si quererlo o venerarlo, porque merecía el más grande respeto y el mayor amor".
En el año 251 el emperador Decio decreta una terrible persecución contra los cristianos. Le interesaba sobre todo acabar con los obispos y destruir los libros sagrados. Y para que el mal a la religión sea mayor invita a todos los que quieren renegar de la religión cristiana a que quemen incienso ante los dioses y ya con eso quedan perdonados. Muchísimos caen en esta trampa, y con tal de no perder sus bienes, su libertad y su vida misma, queman incienso ante las imágenes de los ídolos paganos, y reniegan de la santa religión. El mal es inmenso.
Cipriano, con gran prudencia, viendo que lo que primero buscan es acabar con todos los jefes de la Iglesia, huye y se esconde, pero desde su escondite envía continuas cartas a los creyentes invitándolos a no abandonar la religión por nada en la vida. Los paganos recorren las calles de Cartago gritando: "Pedimos que Cipriano sea echado a los leones". Pero no lo lograron encontrar para echarlo a las fieras.
Hubo un corto período de paz y Cipriano volvió a su cargo de obispo. Pero encontró que algunos aceptaban sin más en la Iglesia a los que habían apostatado de la religión, sin exigirles hacer penitencia de ninguna clase. Se opuso a esta relajación y en adelante a todo renegado que quiso volver a la Iglesia le exigió que hiciera antes cierto tiempo de penitencia. Así preparaba a los creyentes para que en las próximas persecuciones no se dejaran dominar por el miedo y no renegaran tan fácilmente de sus creencias. Muchos se oponían a esta severidad, pero era necesaria para prevenir el peligro de apostatías en la próxima persecución que ya se avecinaba. Y sucedió que cuando vinieron después las más espantables persecuciones, los cristianos prefirieron morir antes que quemar incienso a los dioses de los paganos. Y fueron mártires gloriosos.
El año 252, llega la peste de tifo negro a Cartago y empiezan a morir cristianos por centanares y quedan miles de huérfanos. El obispo Cipriano se dedica a repartir ayudas a los que han quedado en la miseria. Vende todo lo más valioso que hay en su casa episcopal, y pronuncia unos de los sermones más bellos que se han compuesto en la Iglesia Católica acerca de la limosna. Todavía hoy al leer tan emocionantes sermones, siente uno un deseo inmenso de dedicarse a ayudar a los necesitados. Sus oyentes se conmovieron al escucharle tan impresionantes enseñanzas y fueron generosísimos en auxiliar a las víctimas de la epidemia.
El año 257 el emperador Valeriano decretó una violentísima persecución contra los cristianos. Pena de destierro para todo creyente que asistiera a un acto de culto cristiano, y pena de muerte para cualquier obispo o sacerdote que se atreviera a celebrar una ceremonia religiosa. A Cipriano le decretan en el año 157 pena de destierro, pero como donde quiera que vaya sigue celebrando ceremonias religiosas, en el año 258 le decretan pena de muerte. Se conservan las actas de la última audiencia que los jueces le hicieron para condenarlo al martirio. Son muy interesantes. Dicen así:
El juez: El emperador Valeriano ha dado órdenes de que no se permite celebrar ningún otro culto, sino el de nuestros dioses. ¿Ud. Qué responde?
Cipriano: Yo soy cristiano y soy obispo. No reconozco a ningún otro Dios, sino al único y verdadero Dios que hizo el cielo y la tierra. A El rezamos cada día los cristianos.
El 14 de septiembre una gran multitud de cristianos se reunió frente a la casa del juez. Este le preguntó al mártir: "¿Es usted el responsable de toda esta gente?
Cipriano: Si, lo soy.
El juez: El emperador le ordena que ofrezca sacrificios a los dioses.
Cipriano: No lo haré nunca.
El juez: Píenselo bien.
Cipriano: Lo que le han ordenado hacer, hágalo pronto. Que en estas cosas tan importantes mi decisión es irrevocable, y no va a cambiar.
El juez Valerio consultó a sus consejeros y luego de mala gana dictó esta sentencia: "Ya que se niega a obedecer las órdenes del emperador Valeriano y no quiere adorar a nuestros dioses, y es responsable de que todo este gentío siga sus creencias religiosas, Cipriano: queda condenado a muerte. Le cortarán la cabeza con una espada".
Al oír la sentencia, Cipriano exclamó: ¡Gracias sean dadas a Dios!
Toda la inmensa multitud gritaba: "Que nos maten también a nosotros, junto con él", y lo siguieron en gran tumulto hacia el sitio del martirio.
Al llegar al lugar donde lo iban a matar Cipriano mandó regalarle 25 monedas de oro al verdugo que le iba a cortar la cabeza. Los fieles colocaron sábanas blancas en el suelo para recoger su sangre y llevarla como reliquias.
El santo obispo se vendó él mismo los ojos y se arrodilló. El verdugo le cortó la cabeza con un golpe de espada. Esa noche los fieles llevaron en solemne procesión, con antorchas y cantos, el cuerpo del glorioso mártir para darle honrosa sepultura.
A los pocos días murió de repente el juez Valerio. Pocas semanas después, el emperador Valeriano fue hecho prisionero por sus enemigos en una guerra en Persia y esclavo prisionero estuvo hasta su muerte.

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ROMA PRETENDE QUE LA FSSPX NO ROMPA "LA COMUNIÓN"...PERO COMUNIÓN EN QUE?

"LOS LEFEBVRISTAS ROMPEN LA COMUNIÓN CON PEDRO; ES INACEPTABLE BAJO TODO PUNTO DE VISTA!" afirman neocones apologetas MK-Ultra hip...