viernes, 28 de abril de 2023

La Nouvelle Théologie analizada en profundidad por César Félix Sánchez, doctor en Humanidades

 César Félix Sánchez Martínez es doctor en Humanidades por la Universidad de Piura, Perú, así como bachiller y magíster en filosofía, bachiller y licenciado en literatura y lingüística y diplomado en historia. Es profesor en varios seminarios diocesanos y casas religiosas de formación. Es actualmente presidente de la filial en Arequipa, Perú, de la Sociedad Internacional Tomás de Aquino.

¿Qué entendemos por Nouvelle Théologie?

El término fue por primera vez empleado por S. S. Pío XII en dos alocuciones a las congregaciones generales de los jesuitas y de los dominicos, el 17 y el 22 de septiembre de 1946, respectivamente. Allí, el Pastor Angelicus criticaba una «nueva teología, que debe evolucionar como evolucionan todas las cosas, y estar en continuo progreso, sin fijarse jamás. Si tuviéramos que abrazar semejante opinión, ¿qué sería de los dogmas inmutables de la Iglesia católica? ¿Qué sería de la unidad y estabilidad de la fe?».

Poco tiempo después, el gran teólogo dominico Réginald Garrigou-Lagrange (1877-1964) en un artículo para el Angelicum se preguntaba ¿Hacia dónde va la nueva teología»? y señalaba algunas de sus principales características: rechaza la idea del jesuita Bouillard quien, basado en la llamada «filosofía de la acción» de Maurice Blondel, sostenía que las nociones teológicas debían evolucionar de acuerdo a la evolución del espíritu humano en la historia, pues una teología que no fuera actual no sería teología, porque no sería verdad, si se asume el apotegma blondeliano de que la verdad es la adecuación de la mente a la acción. Asimismo, considera falsa la tesis principal de Henri de Lubac en Surnaturel; a saber, que «nada deja ver en santo Tomás la distinción, que algunos teólogos tomistas forjaron más tarde, entre “Dios autor del orden natural” y “Dios autor del orden sobrenatural”». Para Garrigou-Lagrange esta afirmación no solo va contra muchos pasajes de santo Tomás de Aquino, sino desquicia la esencia del pensamiento tomista y puede poner entre paréntesis la necesidad de la Iglesia para la salvación y la obra misma de la redención. Ataca, además, la doctrina de Pierre Teilhard de Chardin, a la que considera una falsificación fantasiosa y sincrética de todala teología.

Garrigou-Lagrange concluía respondiendo a la pregunta que daba título a su artículo: «¿Y a dónde va la nueva teología, con estos nuevos maestros que la inspiran? ¿A dónde, sino al camino del escepticismo, la fantasía y la herejía? ¿A dónde, sino al modernismo?».

Finalmente, la encíclica Humani Generis (1950) de Pío XII, aunque sin mencionar nombres de individuos, condenó todas estas posiciones, junto con el existencialismo, el historicismo y, ya en el campo de lo pastoral y de lo para-doctrinario, la mentalidad irenista, que buscaba aggiornar la fe a cualquier costo.

¿Cómo reaccionaron los teólogos aludidos?

Muchos, en una actitud semejante a la de los viejos jansenistas en el famoso debate de las questions de fait y las questions de droit, no se reconocieron en las alusiones papales, como De Lubac, por ejemplo. Y otros, como Teilhard de Chardin, simplemente manifestaron un profundo desprecio hacia el documento. En el caso de la primera reacción, la general ambigüedad en el estilo de estos escritores, permitía que, dependiendo del auditorio, pudieran enfatizar determinados elementos de su pensamiento, menos contenciosos, y así generar la impresión de que la «ceguera» de Roma y sus teólogos escolásticos, a veces considerada de manera perdonavidas como «comprensible», no alcanzaba a entender posiciones perfectamente aceptables.

Pero hubo sanciones contra ellos….

Sí. Una serie de medidas internas –es decir, emitidas por sus superiores religiosos– cayeron sobre Henri de Lubac (prohibido de enseñar y limitado de publicar) y otros teólogos del escolasticado jesuita de Fourvière, en Lyon. Daniélou fue denunciado también. Teilhard de Chardin marchó a un exilio voluntario en Estados Unidos, no sin antes considerar en una carta privada a la encíclica papal como fruto de distintas perversiones psicosexuales (¡!). El dominico francés Yves Congar, por su parte, tuvo que dejar Francia y afincarse en Roma, donde vio algunos de sus libros puestos en el Índice, uniéndose así a la condena previa contra la obra Le Saulchoir. Un école de théologie, de su hermano de religión y colaborador Marie-Dominique Chenu, puesta en el Index en 1942Además, la Santa Sede ordenó una visita a las casas francesas de la Compañía de Jesús y de la Orden de Predicadores, donde habían circulado algunas de estas ideas.

Estas medidas rigieron entre 1950 y 1958 de manera más o menos firme. Para 1960, sin embargo, serían casi todas levantadas. Curiosamente, Henri de Lubac, en agosto de ese año, estando de vacaciones en una villa del Delfinado, se enteró, mientras leía el diario La Croix, que había sido nombrado por Juan XXIII consultor de la comisión preparatoria del Concilio Vaticano II, junto con Yves Congar, otro damnatus. Estaba ocurriendo algo muy parecido a lo que sucede en todos los procesos revolucionarios: las cárceles son vaciadas y los presos se convierten en los nuevos jueces (y a veces en los verdugos).

¿Y cuáles fueron los principales postulados de esta nueva teología?

Aunque el artículo de Garrigou-Lagrange y la encíclica Humani Generis (1950), así como los estudios de los padres Journet y Labourdette definieron, a mi parecer muy exactamente, los principia et pronunciata maiora de la «nueva teología» (como hemos visto en la primera pregunta), conviene escuchar a los propios nouveaux théologiens para entender cómo se veían a sí mismos.

En este punto cabe recordar que las alocuciones de Pío XII y los estudios de los teólogos romanos de 1946 no cayeron simplemente del cielo. Aparecieron a raíz de un artículo del padre jesuita Jean Daniélou, publicado en abril de ese mismo año en Études, la revista de los jesuitas franceses. Allí sostenía que el modernismo había formulado preguntas y exigencias válidas, al margen de sus «excesos», pero que la respuesta de Roma había sido un «neo-tomismo» que no era más que un «racionalismo teológico» y una Comisión Bíblica que ponía bajo sospecha a investigadores que eran «la gloria de nuestra Iglesia». El resultado de esta «rigidez» (sic) habría sido una teología no solo «alejada» de la vida, sino en abierta ruptura con ella. La teología escolástica tradicional es incapaz de alcanzar la «historicidad» y «subjetividad» fundamentales de las realidades humanas y, por tanto, no sirve ya. Ignora «la historia, el mundo dramático de la persona, los universales concretos que trascienden toda esencia…». Sin embargo, «hoy en día, la teología ha comenzado a alinearse con estas tres dimensiones del pensamiento moderno».

Según Daniélou, las orientaciones presentes del pensamiento religioso, llamadas a renovarlo, debían incidir en tres aspectos: 1) vuelta a las fuentes de la teología (entendidas no como los lugares teológicos tradicionales, sino como un retorno a la patrística, no solo erudito, sino con la finalidad de contrastar y/o deconstruir la escolástica); 2) preocupación pastoral de la teología o contacto con la «vida misma» y 3) diálogo con la «cultura contemporánea». Demás está decir que estos dos últimos puntos, gaseosos y seudopoéticos, se prestan de forma inmejorable a la polisemia y a la manipulación ideológica. Sin embargo, creo que son una buena síntesis de la forma mentis de esta «nueva teología» en todas sus variedades.

¿Cuáles serían estas variedades?

Podemos distinguir en esta nueva teología de manera aproximada dos grandes corrientes. Una, de carácter historicista, estaría nucleada en torno a dos escuelas teológicas: Fourvière, de los jesuitas, y Le Saulchoir, de los dominicos. En torno a Fourvière tenemos a Henri de Lubac (1896-1991), el verdadero maitre à penser de todo el movimiento, a Henri Bouillard (1908-1981), al mencionado Jean Daniélou (1905-1974) e incluso a una figura en mucho insular, pero que consideró siempre a De Lubac como su «querido maestro», el suizo Hans Urs von Balthasar (1905-1988); en Le Saulchoir, a Marie-Dominique Chenu (1895-1990) e Yves Congar (1904-1995). Recordemos que De Lubac gustaba decir que no era un teólogo sino un historiador del dogma. Pero, como hemos visto, no todo era erudición patrística en Fourvière, sino también existía una pretensión epistemológica revolucionaria para la teología. Sin embargo, la apariencia de historiadores inocuos era en la década de 1940 y 1950 el dispositivo perfecto para camuflar un ariete doctrinal contra el aborrecido escolasticismo romano y sus supuestos «aparatos represivos».

La otra corriente era de carácter más especulativo y provenía del ámbito germánico. No buscaba un ressourcement en el mundo de la patrística, a diferencia de la corriente historicista, sino que sus a priori filosóficos correspondían al magisterio de pensadores modernos: en el caso de Karl Rahner se trata de Martin Heidegger; en el caso de Hans Küng, de Georg Friedrich Hegel. Comparten, eso sí, otras características mencionadas por Daniélou: un giro hacia la historicidad y la subjetividad y un deseo de dialogar con la «cultura contemporánea» y con la «vida misma», sea lo que esto signifique.

Pero hay un vínculo más profundo entre estas dos corrientes. Dejemos que el recientemente fallecido Hans Küng lo explique con sus propias palabras en su voluminoso libro Ser cristianos: «En Alemania, fue sobre todo Karl Rahner quien, con un coraje extraordinario, pese a sufrir al principio grandes persecuciones, abrió nuevos caminos a la teología de la posguerra con sus avances en los más diversos ámbitos teológicos. También él fue el primero que secundó las intenciones del francés De Lubac, su hermano en religión, criticando la teoría tradicional de las “dos plantas” e insistiendo en el único orden real de salvación, el orden sobrenatural, y en el único fin real para todos los hombres, la visión sobrenatural de Dios».

Tenemos, entonces, según Küng, a un verdadero pionero, que «arrojó la primera piedra»: Henri de Lubac, y luego al filosofante Rahner, «secundándolo», en torno a una verdad literalmente fundamental de toda la nueva teología: la confusión entre orden natural y orden sobrenatural.

Cabe señalar que, al comienzo, las cosas no fueron tan armoniosas como las presenta Küng. En un ensayo titulado «Relación entre naturaleza y gracia», parte de sus Ensayos sobre antropología sobrenatural, Rahner parece darle la razón a Humani Generis en este asunto. Sin embargo, el mismo De Lubac en su interesantísima Memoria en torno a mis escritos se apresuró a señalar que la crítica «suave» de Rahner era sobre un artículo que no pertenecía a De Lubac aparecido en lengua alemana. Dice al respecto De Lubac, «lo que el P. Rahner me oponía, o más bien creía oponerme, concordaba, por lo demás, casi casi con lo que yo mismo pensaba, dejando aparte una mezcla de vocabulario heideggeriano, que no me parecía necesario».

Esta «concordancia» se dará en el famoso «existencial sobrenatural» de Rahner, suerte de categoría a priori sobrenatural, que, a la larga, llevará a un antropocentrismo que diviniza al hombre para todos los efectos prácticos. De esta manera, Rahner no solo asume el dictum fundacional delubaciano, sino lo supera. Por otro lado, las «grandes persecuciones» contra Rahner se limitaron a algunos meses de 1962, en que se le anunció que estaba bajo vigilancia del Santo Oficio. Poquísimo tiempo después, esta medida fue levantada al anunciarse su inclusión entre los peritos del Concilio. El carácter abstruso de sus escritos, la guerra y la complicidad de algunos de sus superiores lo habían protegido durante las dos décadas anteriores.

Pero también ambas corrientes –la historicista francesa y la especulativa alemana– compartían un mismo objeto de odio: Roma, entendida como…

Antes de ahondar en este peculiar «objeto de odio», ¿podría explicarnos un poco más esta confusión entre orden natural y sobrenatural que, según usted, es la «verdad fundamental» de la Nouvelle Théologie…?

Conviene primeramente resumir, de manera burda, la doctrina católica al respecto: somos salvados por la gracia, que ordinariamente viene por los sacramentos instituidos por Cristo y administrados por su Iglesia; nuestra sola naturaleza humana no nos permite, bajo ningún caso, alcanzar la visión beatífica. La base escriturística de esta verdad es abundante y ha sido asumida, con diversos matices, por todos los teólogos ortodoxos. Ahora continuemos resumiendo, también de manera burda, el núcleo de la disputa.

Henri de Lubac, en su famoso Surnaturel (1946), «descubre» que santo Tomás sostiene que toda criatura intelectual desea por naturaleza ver a Dios (Contra Gentes, III, 57). El carácter de este deseo había sido interpretado por la escolástica tradicional como un deseo natural no innato sino elícito, condicional e ineficaz, de ver la esencia de Dios en cuanto autor de la naturaleza. De esta manera se salva el carácter gratuito de la gracia. De otro modo, se podría entender que si este deseo era un apetito natural innato, como desideria naturae nequit esse inane, es decir, un apetito natural no puede ser vano porque atentaría contra el principio de la rectitud de la naturaleza, estaría el contemplar a Dios (circunstancia sobrenatural) como exigido por nuestra propia naturaleza.

Ojo: acá no estamos hablando de un apetito elícito, es decir, que sigue al conocimiento, como podría ser el caso de un filósofo que haciendo uso de su razón natural descubre a Dios y alguna de sus perfecciones y en consecuencia lo desea; sino de un apetito natural innato, eso es previo a todo conocimiento, como, por ejemplo, el hambre. Por el solo hecho de tener hambre sabemos que corresponde a la naturaleza humana el encontrar alimento, sabemos que corresponde a la naturaleza humana comer. Pero si la visión de la substancia divina es un apetito natural innato, entonces nuestra naturaleza exige este objeto y por lo tanto ejerce una relación de necesidad respecto de Dios, lo que tendría una consecuencia absurda y contradictoria: la naturaleza humana sería sobrenatural y Dios estaría en cierto punto obligado por ella; por lo tanto, Dios no sería Dios. De ahí que la escolástica tradicional hablase de dos fines: el fin natural del hombre, que sería asimilable a la eudemonía aristotélica, la contemplación natural de Dios; y el fin sobrenatural, cuyo objeto es la visión beatífica de Dios y que es totalmente sobrenatural.

De Lubac rechazaba esta visión tradicional de la potencia obediencial y de los dos fines, porque hacía depender las relaciones entre lo natural y lo sobrenatural de, según él, un milagro. Las relaciones entre la gracia y la naturaleza, de acuerdo a la perspectiva tradicional, serían una caricatura «extrinsicista», como dos compartimentos estancos superpuestos. Además, esto haría del orden natural un orden cerrado en sí mismo y no abierto, por sí y de manera radical, al llamado de la gracia. Y, finalmente, su argumento fundamental –dado que teologizaba bajo el «chaleco antibalas» de historiador– era que santo Tomás nunca había hablado ni de dos fines ni de potencia obediencial, sino que estos conceptos habrían sido fabricados por teólogos posteriores de la escuela dominica y del periodo tridentino.

Ya desde el mismo momento de su aparición, Garrigou-Lagrange había refutado estos argumentos, particularmente el del carácter no tomasiano de la potentia obedientialis y de los dos fines. En nuestros días, Ralph McInerny, en su libro fundamental Praeambula fidei. Thomism and the God of the Philosophers, cita varios pasajes de santo Tomás donde se habla detalladamente de una «potencia de obediencia» de las criaturas intelectuales respecto de Dios (De Potentia, q. 1 a. 3 ad 1m), que está «ad illa quae supra naturam», «para aquello que está sobre la naturaleza», y que se distingue de la potencia natural (De Veritate, q. 8, a. 4, ad 13m). También habla de la potencia obediencial en otros pasajes de De Veritate y De Potentia, así como en la Summa Theologiae (IIIa, q. 1 a. 3, ad 3m). Respecto a los dos fines, santo Tomás habla claramente de la duplex felicitas homini, de la doble felicidad del hombre: la natural y la sobrenatural (S. Th., Ia q. 62 a. 1). Cabe recordar que para los aristotélicos felicidad, fin o bien son en cierto grado sinónimos.

Ahora volvamos a «Roma» como objeto de odio…

Para considerar este punto debemos hacer un ejercicio de evocación histórica que puede parecer difícil en los tristes tiempos que corren. Hasta antes de la década de 1960, la Santa Sede era vista como una suerte de capital mundial de la contrarrevolución, por decirlo de alguna manera. Los teólogos romanos eran un ejemplo proverbial de solidez doctrinal y de intransigencia. Todos aquellos que, luego de errar por los caminos del mundo, buscaban retornar al orden, volvían sus ojos a Roma, como en el poema de Oscar Wilde: «And here I set my face towards home, / for all my pilgrimage is done, /although, methinks, yon blood-red sun / marshals the way to Holy Rome» («Allí volví mi faz hacia mi Hogar / pues creí haber llegado al fin / de mi peregrinación, mas, ¡ay! el Sol sangrante/ señalaba el camino a la Santa Roma»).

La llamada escuela romana de teología no era más que la escolástica aristotélica de tradición dominica, que se remontaba a Tomás de Aquino y a Cayetano, el comentarista renacentista de la Summa cuya interpretación se había hecho oficiosa a raíz de su inclusión en la llamada edición leonina de la obra tomasiana. Sus representantes en el momento del estallido de la revolución de la nouvelle théologie eran Garrigou-Lagrange, Journet, Guérard des Lauriers y Ottaviani, entre otros. Había también una corriente paralela, estrechamente vinculada a la anterior, pero menos especulativa y más orientada a temas eclesiológicos y sacramentales: se remontaba a Bellarmino y había conocido un renacimiento gracias al cardenal Billot y a los grandes manualistas como Wernz y Vidal, Salaverri, etc. Cabe señalar que un «manualista» no era, como dice la caricatura, un esquematizador o un repetidor de eslóganes oficiales, sino un maestro universitario que debía hacer una labor ingente de erudición leyendo las más diversas fuentes y que, con las herramientas de la logica minor, sintetizaba distintas posiciones sobre puntos teológicos y las confrontaba con posibles objeciones. Todo esto en un latín que, para la década de 1950, había alcanzado una perfección inusitada como instrumento estilístico y como lengua científica: la breviloquentia renacentista se hermanaba con la profundidad escolástica. En este punto es interesante recordar lo que contaba el difunto profesor Robert Spaemann sobre la maravilla de aprender cibernética en latín en la universidad de Friburgo en Suiza (otrora reducto de la escolástica dominica tradicional) a fines de esa década.

La teología romana servía de guía al Santo Oficio, encomendado en aquellos tiempos al cardenal Pizzardo y luego al cardenal Ottaviani, que custodiaba la pureza de la fe por encarecida recomendación de Pío XII (cuya faceta como erudito clásico y profundo conocedor, por citar un ejemplo, de la revolución de la física cuántica, ha sido olvidada). Precisamente en medio de la tormenta, en 1953, el papa Pacelli escribió una carta a monseñor Antonio de Castro Mayer, obispo de Campos, Brasil: «El día que la Sagrada Congregación que vigila la Fe afloje la mano, entonces habrá llegado el momento del futuro ataque a la fortaleza de la Iglesia, perpetrado por aquellos elementos incrustados en su propio seno». Los últimos cincuenta años parecen darle completamente la razón.

Esa era la «Roma» aborrecida por todas las corrientes de la nouvelle théologie. Esos eran los bastiones que, en palabras de Hans Urs von Balthasar, había que derribar. El odio al Santo Oficio de los tiempos pacellianos llegó a extremos bastante intensos: Yves Congar, en sus mordaces Diarios, en una entrada del 16 de enero de 1955, llega a quejarse de que «dentro de poco habrá que pedir permiso al Santo Oficio hasta para ir a orinar». Y «como la boca habla de lo que el corazón rebosa» (Lc. 6, 45), Congar llegaría al extremo, según Leo Alting von Geusau, de orinar en los muros del Santo Oficio cuando era perito conciliar.

En ese librito melancólico titulado Diálogo sobre el Vaticano II (1985)en el que un anciano cardenal De Lubac manifiesta su perplejidad ante la gravedad de la disidencia en la Iglesia posconciliar, es decir, ante la gravedad de las consecuencias naturales de sus premisas, intenta realizar una defensa del cardenal Ratzinger, entonces prefecto para la Congregación para la Doctrina de la Fe, atacado generalizadamente por todos los «teólogos de avanzada» de la década de los 80. Y no encuentra mejor forma de elogiarlo que señalar que, como joven teólogo y perito conciliar, le cupo a Ratzinger un papel fundamental en el desmantelamiento del viejo Santo Oficio de Ottaviani. Ante tal elogio, el cardenal bávaro podría haber repetido como cierto cómico mexicano: «No me defiendas, compadre».

¿Eso quiere decir que todo era perfecto en la Roma de aquellos tiempos?

Para nada. Nada es absolutamente perfecto en nuestro estado viador, pero sí creo que es evidente que la teología romana nunca fue derrotada en el campo teórico por la nueva teología, fue simplemente desmantelada por las autoridades durante los años posconciliares. Es cierto que la aparición del hombre-masa en el siglo XX fue un gran reto para la Iglesia. Este es un arquetipo humano descrito por Ortega y Gasset como poseyendo la psicología de un niño mimado, signada por dos rasgos: «la libre expansión de sus deseos vitales –por tanto, de su persona– y la radical ingratitud hacia cuanto ha hecho posible la facilidad de su existencia», es decir, hacia la tradición. Ese arquetipo humano, evidentemente, vivía preso de su «historicidad» y «subjetividad», y una filosofía como la aristotélica, con su sereno rigor y jerarquía, no llamaría la atención de sus pasiones egolátricas y más bien le produciría cierto ennui. Sea lo que fuere, no había que empaparse de los goces y esperanzas de ese «nuevo bárbaro», sino elevarlo. Eso comenzaba a hacerse a mediados del siglo XX con resultados preliminares muy prometedores.

Cuenta John Senior que, para los años 50, en las grandes universidades romanas, los asistentes de cátedra de los viejos teólogos romanos tenían que sacar carteles de «risas», cada que estos maestros hacían un chiste, porque muchos de sus alumnos no sabían suficiente latín para distinguir una broma de una fórmula escolástica. Y que muchos estudiantes solo se memorizaban fórmulas sin entenderlas y regresaban a casa con títulos en derecho canónico y teología y a ocupar puestos jerárquicos. Aunque eso quizás fuera solo aplicable a muchos americanos del sur y del norte y a ciertos españoles y franceses –porque el liceo classico italiano de Gentile y el Gymnasium alemán seguían formando latinistas relativamente sólidos–, había una necesidad de, como propone el mismo Senior, reeducar facultades básicas como la inteligencia y la memoria de esa nueva clase media occidental que entraba en masa a los aparatos educativos, a través de una formación humanística, no solo en las lenguas clásicas sino en la literatura.

La encíclica Veterum Sapientiae (1962) de Juan XXIII era un buen comienzo. Luego vino el diluvio. Pero aun hoy, mucho tiempo después de la catástrofe, cuando se revisa uno de esos ránkings que la prensa secular trae sobre los filósofos más influyentes del mundo, se puede encontrar siempre a algunos católicos aristotélicos como David S. Oderberg, John Haldane o, hasta cierto punto, Alasdair McIntyre, mientras que los tan celebrados existencialistas o personalistas de esas épocas y sus discípulos y herederos han quedado relegados a lecturas de casas de retiro de sacerdotes ancianos o sacristías en ocasiones sectarias. Más aún, en el plano académico, cuando Henri Bergson, esa celebridad filosófica de las primeras décadas del siglo XX que ejercería tanta influencia sobre Teilhard de Chardin, ha quedado relegado a algunas monografías populares que circulan en los quioscos de Iberoamérica, el aristotélico del siglo XIX Franz Brentano todavía sigue siendo bastante influyente. Así que los muertos que la nueva teología mató gozan de buena salud, al menos fuera de los ámbitos católicos.

¿Qué podría decirnos de la polémica y heterodoxa figura de Teilhard de Chardin?

Lo mismo que me dijo personalmente, hace más de diecisiete años, el difunto padre Manuel Carreira S. J., astrofísico y hermano de orden suyo: «Teilhard ni científico ni teólogo: poeta». En Pierre Teilhard de Chardin (1881-1955) ya no solo estamos ante una confusión entre orden natural y orden sobrenatural (recordemos lo que le dijo personalmente a Dietrich von Hildebrand: «No me hablen de ese hombre nefasto –se refería a san Agustín–, echó a perder todo al inventar lo sobrenatural»), sino a una abolición de ambos órdenes en una suerte de totum revolutum cósmico, que no tiene ni siquiera consistencia lógica, porque está en perpetuo flujo. Ese totum revolutum, donde la materia se funde con el espíritu, evoluciona, por una fuerza inmanente, hacia el Punto Omega, el Cristo cósmico futuro. En conclusión: la «realidad» toda -por llamarla de alguna forma– se «cristifica», pero no por la gracia sacramental (que, como sabemos, solo puede ser recibida por seres humanos), sino por un impulso indefinible, que la va complejizando y espiritualizando evolutivamente.

Demás está decir que estas ideas centrales no son para nada coherentes con la doctrina católica ni con la recta filosofía y, más aún, son indemostrables desde el punto de vista de cualquier ciencia particular empírica.

Como paleontólogo solo se le recuerda por dos descubrimientos: en 1912, el muy conveniente descubrimiento del canino faltante del llamado «hombre de Piltdown», ese eslabón perdido entre el simio y el hombre, ulteriormente revelado como un fraude, perpetrado por un amigo de Teilhard, el paleontólogo aficionado Dawson; y su participación en los equipos en torno al descubrimiento del Sinantropus pekinensis.

Durante los años inmediatamente posteriores a su muerte, la figura de Teilhard sería recibida con benigna curiosidad en algunos ambientes intelectuales occidentales. Se le veía como un personaje curioso, con rasgos de aventurero y de «rebelde» contra la Roma periclitada, y como un poster boy o niño-símbolo del aggiornamento. Incluso inspiró a personajes literarios del periodo como el joven clérigo heterodoxo de Las sandalias del pescador, de Morris West, y el sacerdote arqueólogo Lancaster Merrin, de The Exorcist, de William P. Blatty (aunque, es menester señalar que este último personaje, a diferencia de Teilhard, creía en la existencia del diablo). Pero una vez producido el aggiornamento y el consecuente desmantelamiento del Ancien Régime preconciliar, estos mismos ambientes empezaron a evaluar críticamente los asertos teilhardianos. Muchos científicos llegaron a la conclusión de que era una especie de charlatán místico o chamán psicodélico de la Era de Acuario. Y ahora solo es reivindicado dentro del movimiento New Age. Eso sí, en los últimos años, ciertos jerarcas católicos así como algunos globalistas y transhumanistas lo suelen sacar del baúl de los recuerdos cuando necesitan alguna metáfora salvaje que suene poética y profunda para sus designios revolucionarios.

Pero lo más triste de todo fue el permanente insulto a la inteligencia de los fieles católicos y de la Iglesia toda que perpetró hasta el final de su vida Henri de Lubac. Desde La pensée religieuse du père Teilhard de Chardin (1962) hasta Diálogo sobre el Vaticano II (1985), se esmeró por constituirse en el «traductor» de Teilhard, intentando hacer de sus doctrinas algo aún más ambiguo y gaseoso pero digerible para las nuevas autoridades eclesiásticas de aquel periodo. ¿Deshonestidad intelectual y maquiavelismo? ¿Una «noble mentira» encargada por algún hombre de poder, destinada a convencer a una «opinión pública secular» imaginaria que la nueva Iglesia que emergía en esos años no era hostil a la «ciencia»? No lo sabemos. Lo cierto es que media una gran distancia entre el anciano cardenal De Lubac diciendo en 1985 que Teilhard era un «intérprete y defensor fiel de la fe cristiana, especialmente en su personalismo y su doctrina del amor (¡!)» y el Monitum del Santo Oficio de 1962, que califica su obra como «llena de ambigüedades o, más bien, de errores, que ofenden la doctrina católica».

Todas estas ideas influirían luego en la Teología de la Liberación…

Hay que recordar que Gustavo Gutiérrez, el clérigo limeño que, en 1974, bautizaría y sistematizaría la teología de la liberación en el libro del mismo nombre, cuando vivía en Lyon como seminarista en los 50 «estudió privadamente con el P. Henri de Lubac SJ, uno de los intelectuales prestigiosos en la Iglesia en esa época que no podían enseñar en público por sus ideas avanzadas», como señala el historiador jesuita Jeffrey Klaiber. Vemos, entonces, que De Lubac, considerado por algunos de sus seguidores neoconservadores como un «hijo fiel de la Iglesia» aun ante los castigos de Roma, siguió haciendo de las suyas a puerta cerrada.

Y, más allá de ese elemento biográfico, lo cierto es que la teología de la liberación es impensable sin la nouvelle théologie: toda la primera parte del libro de Gutiérrez, su marco teórico, podríamos decir, está preñado de citas de Blondel y de su maestro De Lubac. La confusión entre orden natural y sobrenatural de De Lubac y la noción dinámica de verdad de Blondel son el armazón de la nueva comprensión de la teología como «reflexión crítica sobre la praxis» que hace Gutiérrez, y a partir de la cual no solo surgirá la teología de la liberación, sino la teología del pueblo, la ecoteología, la teología feminista, la teología gay y demás aberraciones.

Avergüenza y entristece ver cómo algunos neoteólogos procuraban refutar a Gutiérrez y a la vez reivindicar las premisas delubacianas. Al final terminaban en un callejón sin salida teórico, del que solo pueden salir con argumenta ad hominem, como calificar al teólogo peruano de «izquierdista» o de incitador a la violencia guerrillera (lo que puede ser cierto, pero no es un argumento lo suficientemente válido para refutar una doctrina teológica), o a apelaciones meramente legales o de autoridad, como la especie falsa de que había «sido castigado por la Santa Sede» (¿y qué me dicen de De Lubac?).

¿En qué medida la la Nouvelle Théologie es incompatible con la doctrina católica y cuáles han sido sus efectos en la vida de la Iglesia?

Antonio Gramsci ponía como ejemplo de su famoso concepto de «bloque histórico» a la Iglesia católica de su tiempo: una viejecilla siciliana del campo creía, en esencia, lo mismo que un profesor del Angelicum o de la Universidad Gregoriana. Eso no puede decirse más ahora: la Babel doctrinal actual solo está unida por un cada vez más endeble lazo jurídico extrínseco.

Si se quiere ver cuáles han sido los frutos de la nueva teología basta observar la terrible ignorancia –y el aún más terrible ignorantismo- en el que han caído amplios sectores del clero. Me ha pasado en muchas ocasiones oír homilías absolutamente carentes de cualquier sentido pero repletas de metáforas y eslóganes vacíos, y luego descubrir que su perpetrador era doctor en alguna ciencia sagrada por alguna universidad pontificia europea. Y si por casualidad se le ocurriera a alguien pedirle una explicación por lo huero de su cháchara, diría algo así como: “Bueno, eso es lo que la gente puede entender y lo único que necesita, ¿te imaginas qué pasaría si les hablamos de teología?». Porque para ellos la teología es una especie de filología especializada (como estudiar el concepto de kairós en Ireneo de Lyon y Karl Barth, por citar un ejemplo imaginario) incapaz de ofrecer a nadie una definición doctrinal mínima, sino solo una especie de autoayuda disfrazada de «pastoral». Se ha llegado a lo que el padre Eduardo Vadillo denuncia como una reducción de la teología a una «teorretórica». En el mejor de los casos.

Observar a De Lubac y Daniélou, convertidos en cardenales, clamando contra el desmoronamiento de la fe durante los años del posconcilio, es como oír a los republicanos moderados clamando contra el Frente Popular en 1936: «¡No es esto, no es esto…!». Es el clamor permanente de todos los revolucionarios de primera hora, al ver que sus ideas, en desarrollo absolutamente coherente, acaban generando terrores. Como diría Donoso Cortés, elevan monumentos a las premisas y cadalsos a las consecuencias. Porque, si la «subjetividad» y la «historicidad» son convertidas casi en lugares teológicos, en condiciones sine qua non para la cientificidad y validez de la teología, como pretendía Daniélou, ¿dónde terminamos? Quizás la historicidad y la subjetividad de Daniélou –pensemos lo mejor de él– eran muy elevadas, pero a lo mejor la historicidad y subjetividad de la actual organización laical alemana que participa del Sínodo la lleva a considerar como nueva virtud cristiana y nuevo lugar teológico la «diversidad sexual» para así dialogar mejor con la «cultura contemporánea» y estar «abiertos a la vida misma», como decía literalmente este teólogo francés. El único problema es que la «cultura contemporánea» y la «vida misma» parecen llevarnos en nuestros días a un abismo sicopático donde todo deseo se convierte en un derecho.

Si la naturaleza humana exigiendo la gracia y la materia inerte cósmica evolucionando en conciencia y luego en Cristo son «interpretaciones fieles de la doctrina cristiana», como sostenía De Lubac, ¿para qué la misión y para qué los sacramentos? Querer periclitar el potencial dinámico de la nouvelle theologie en una «nueva ortodoxia» es como querer poner puertas al campo o, como decía Aristóteles en el actualísimo Libro IV de la Metafísica dedicado a refutar a otros defensores de la «historicidad» y «de la subjetividad» como eran los sofistas fenomenistas, «perseguir pájaros al vuelo» (1009 b).

Curiosamente, los neoteólogos y sus herederos han acabado generando una nueva Inquisición, pero muy distinta al anterior Santo Oficio. Como su propio estilo y métodos tienden al circiterismo, que Romano Amerio definía como «referirse a un término indistinto y confuso como si fuese algo sólido e incuestionable, y extraer o excluir de él el elemento que interesa extraer o excluir», la defensa de la Fe se convertirá ya no en un ejercicio de defender proposiciones doctrinales, sino de defender personas, personas de poder. Como buenos relativistas, han acabado por reconocer al Poder como única verdad indiscutible, al margen de toda historicidad y subjetividad. Así, mientras la Revelación está cubierta de misterio y problematicidad, el Código de Derecho Canónico, al inicio, y luego ni eso, sino solo las fobias y las filias del que manda, sea dentro o sea fuera de la Iglesia, acaban siendo el único criterio más o menos claro.

El viejo Santo Oficio condenaba proposiciones y, al margen de lo que se pudiese opinar al respecto, no cabía duda de que era todavía una posición lógica, en el sentido de que obedecía al logos. Ahora en cambio, la Inquisición líquida condena «mentalidades» o «tendencias» que ni siquiera es capaz de definir. En lugar de explicar sus nuevos anatemas, recurre tanto a las formas más burdas como a las más elaboradas del insulto. La falacia del argumentum ad hominem ha adquirido derecho de ciudad en la iglesia de hoy y las posiciones odiadas ya no son refutadas con argumentos sino clasificadas, con toda caridad, como patologías mentales o morales. Y el circiterismo se acaba peligrosamente pareciendo a la neolengua y al doblepensar del que hablaba Orwell en 1984. En ese sentido el pronóstico de Garrigou-Lagrange se quedó corto, la nouvelle théologie no solo conduce al escepticismo, a la fantasía, a la herejía o al modernismo, sino también al totalitarismo.

Como lecturas para profundizar en el tema y junto con los textos ya citados de Garrigou-Lagrange, Daniélou, De Lubac, Küng y McInerny, el entrevistado recomienda el interesante número 14 de la revista Communio, segunda época, correspondiente a septiembre-octubre de 1992, consagrado enteramente a homenajear al entonces recientemente fallecido Henri de Lubac, especialmente el artículo de Raúl Berzosa, hábil resumen de los principios de la nouvelle théologie. También el agudo y bellamente escrito ensayo Cien años de modernismo, del recientemente fallecido padre Dominique Bourmaud y el artículo del R. P. Albert Kallio O. P. The Last Battle of Lagrange. Finalmente, la lectura de la encíclica Humani Generis (1950) de Pío XII sigue siendo un deber permanente”.

Por Javier Navascués

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domingo, 26 de marzo de 2023

DOMINGO PRIMERO DE PASIÓN, I CLASE, MORADO

 

Primer Domingo de Pasión

 

 

(I clase, morado)

Sin Gloria, Tracto, Credo y Prefacio de la Santa Cruz.

Después del Proemio Litúrgico y las oraciones de la Misa está nuestro comentario.

 

PROEMIO LITÚRGICO

Se da a esta Domínica en nombre de Domínica de Pasión, porque en ella nos invita la Iglesia a que consideremos de un modo especial los sufrimientos de Jesucristo. El mismo hecho de haber escogido para lugar de la estación la Basílica de San Pedro, uno de los más augustos santuarios de la ciudad de Roma, nos indica claramente la importancia que a tal día atribuye la Liturgia. Estando él consagrado a la memoria de los padecimientos sufridos por Jesucristo, ha procurado la Iglesia que todos sus ritos, las lecciones del Oficio divino, los cantos de la santa, Misa, nos moviesen a dolor, a la penitencia y a la oración. La misma supresión del Gloria Patri que rezamos en el Introito de todos los domingos de Cuaresma, nos muestra los sentimientos de tristeza que embargan a la mística Esposa de Jesucristo. Propio es también de este tiempo el velar las imágenes de los Santos, y la del mismo Crucifijo. Dieron motivo a esto último las palabras que en este día leemos en el santo Evangelio: Mas Jesús se escondió y huyó del templo. En el Introito implora el Mesías el juicio de Dios en prueba de su santidad y como protesta de la sentencia que han de pronunciar contra El los hombres. Declara también su confianza en el socorro de su Padre, el cual, después de las angustias, ignominias y dolores de su Pasión, le admitirá triunfante en la gloria.

Recordando la Iglesia que uno de los fines de la Cuaresma consiste en la completa y espiritual reforma de sus hijos, pide a Dios en la Colecta que se digne atenderles propicio, dirigiendo su cuerpo y guardando que todo mal su alma. En la Epístola nos enseña a qué precio nos rescató Jesucristo de la muerte y del pecado. Todos habíamos, por el pecado original, perdido el derecho a la herencia de Dios y a la promesa de Señor, que acompaña a la gracia; pero, por la muerte expiatoria de Jesús, nos hicimos de nuevo hijos de Dios y capaces de su divina herencia. Cristo es como el testador a quien heredamos. Muriendo y reconciliándonos, nos deja una infinita herencia: la gracia y la gloria. En el Gradual y en el Tracto se nos muestra cuanto haya costado nuestra redención al divino Salvador, cuya santidad, inocencia y virtud nos predica el santo Evangelio, lo mismo que la malicia y el odio de sus enemigos. Ambas circunstancias aumentan el valor del sacrificio. Uniéndonos y participando del inocente Cordero que por nosotros se inmola, conseguiremos vernos libres del pecado y ser objeto de las complacencias de Padre celestial. Esto pide la Iglesia en las Oraciones, especialmente en la Secreta y en la Poscomunión. En la Antífona que se canta a la Comunión, se nos recuerda, con las palabras del mismo Jesucristo, la institución del augusto sacrificio que acaba de celebrarse, y del que la Iglesia quiere frecuentemente participemos en memoria de la Pasión del Salvador, como El mismo nos lo manifestó al quedarse con nosotros en Eucaristía. (1)

 

 

TEXTOS DE LA SANTA MISA

 

 

Introito. Salm. 42.1-2,3.- Cristo ha asumido nuestra causa y la defiende ante Dios.  Hazme justicia, ¡oh Dios!, defiende mi causa contra un pueblo infiel; del hombre inicuo y falaz, líbrame; porque tú eres mi Dios y mi fortaleza. Salmo. Envía tu luz y tu verdad; ellas me guiarán y conducirán a tu santo monte a tu tabernáculo. -Hazme justicia.

Colecta.- Te rogamos, oh Dios omnipotente!, mires propicio a tu familia, para que con ti gracia sea dirigida en el cuerpo, y con tu protección guardada en el alma. Por nuestro Señor Jesucristo.

Epístola. Hebr.9,11-5.- El sacrificio de Cristo sustituye a los sacrificios de la antigua ley. Es de eficacia tan grande, que basta una sola vez por todas para expiar todos nuestros pecados y abrirnos de nuevo la entrada en la gloria. Hermanos: Habiendo venido Cristo como Pontífice de los bienes futuros, atravesó el tabernáculo más amplio y más perfecto, no hecho de mano de hombres, es decir, que no pertenece a este mundo, y penetró una vez por siempre en el Santuario, no con sangre de machos cabríos, ni de becerros, sino con su propia sangre, consiguiendo una redención eterna. Porque si sangre de los machos cabríos y de los toros y la ceniza becerra santifican con su aspersión a los inmundos en orden a la purificación de la carne, ¿cuánto más la sangre de Cristo, el cual, a impulsos del Espíritu Santo, se ofreció a sí mismo a Dios como víctima sin tacha, limpiará nuestra conciencia de las obras de muerte para permitirnos servir al Dios vivo? Y por esto es el mediador de una nueva alianza: muriendo para redimir las prevaricaciones cometidas bajo la primera alianza, ha querido que reciban la promesa de la herencia eterna los elegidos, los llamados en él, en Jesucristo nuestro Señor.

Gradual. Salm. 142.9-10; 17,48-49 .- Líbrame, Señor, de mis ene­migos; enséñame a hacer voluntad. ¡Señor, tú me libras de enemigos enfurecidos, tú me levantas sobre mis adversarios, tú me salvas del hombre vio­lento.

 

Tracto. Salm. 128.1-4.- Muchas veces me combatieron desde mi juventud. Dígalo ahora Israel: Muchas veces me combatie­ron desde mi juventud. Pero no prevalecieron sobre mí. Los labradores araron mis espaldas prolongando sus surcos; pero el Señor es justo y quebrantó el yugo de los malvados.

Evangelio. Juan 8.46-59.- En aquel tiempo: Decía Jesús a las turbas de los judíos: ¿Quién de vosotros me convencerá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios. Respondieron los judíos: ¿No decimos bien que eres un samaritano y que estás endemoniado? Respondió Jesús: Yo no estoy poseído del demonio, sino honro a mi Padre; y vosotros me habéis deshonrado a mí. Yo no busco mi gloria, hay quien la busca y juzga. En verdad, en verdad, os digo: quien guarde mi doctrina, no morirá jamás. Dijéronle los judíos: Ahora conocemos que estás poseído de algún demonio. Murieron Abraham y los profetas; y tú dices: Quien guarde mi doctrina, no mo­rirá eternamente. ¿Por ventura eres mayor que nuestro padre Abraham, el cual murió, y que los profetas, que también murieron? Tú ¿por quién te tienes? Respondióles Jesús: Si yo me glorifico a mí mismo, mi gloria nada vale; mi Padre es el que me glorifica, el que vosotros de­cís que es vuestro Dios, y no lo conocéis, mientras que yo lo conozco. Y, si dijese que no lo conozco, sería tan mentiroso como vosotros. Mas le conozco y observo sus palabras. Abraham, vuestro padre, deseó con ansia ver mi día; lo vio y gozó mucho. Y le dijeron los judíos: Aún no tienes cincuenta años y ¿has visto a Abraham? Respondióles Jesús: En verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuera creado,  Yo soy . Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se ocultó a sus ojos y salió del templo. Credo.

Ofertorio.- Te alabaré, Señor, con todo mi corazón. Concede a tu siervo esta gracia: que viva guardando tu palabra. Dame la vida según tu promesa, Señor.

Secreta. Te rogamos, Señor, que no sólo rompan estos dones los vínculos de nuestra maldad, sino que nos atraigan los dones de tu misericordia. Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio de la Santa Cruz.- En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que pusiste la salvación del género humano en el árbol de la cruz, para que de donde salió la muerte, saliese la vida, y el que en un árbol venció, en un árbol fuese vencido por Cristo nuestro Señor; por quien alaban los Ángeles a tu majestad, la adoran las dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Vírgenes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos, que, con sus voces admitas también las de los que decimos, con humilde confesión Santo…

Comunión. 1 Cor.11,25-25.- Este es el cuerpo que será entregado por vosotros; éste es el cáliz de la nueva alianza en mi sangre, dice el Señor; haced esto, cuantas veces lo toméis, en memoria mía,

Poscomunión.- Atiéndenos, Señor Dios nuestro, y defiende con perpetuos auxilios a los que has restaurado con tus mis­terios. Por nuestro Señor.

 

 

 

 

 

Dominica Prima Passionis
I Classis
Statio ad S. Petrum

 

 

English Mass Text

¶ Ab hac Dominica usque ad Feria V in Cœna Dómini inclusive, in Missis de Tempore non dicitur Psalmus Júdica ante Confessionem, neque Glória Patri ad Introitum et post Psalmam Lavábo.

Introitus: Ps. xlii: 1-2

Júdica me, Deus, et discérne causam meam de gente non sancta: ab hómine iníquo et dolóso éripe me: quia tu es Deus meus, et fortitúdo mea.  [Ps. ibid. 3]  Emítte lucem tuam, et veritátem tuam:  ipsa me deduxérunt, et adduxérunt in montem sanctum tuum, et in tabernácula tua.  Júdica me.

Oratio:

Quǽsumus, omnípotens Deus, famíliam tuam propítius réspice:  ut, te largiénte, regátur in córpore; et, te servánte, custodiátur in mente. Per Dóminum.

2° contra persecutores Ecclesiæ, vel pro Papa
Non dicitur tertio oratio

ad Hebræos ix: 11-15

Léctio Epístolæ beáti Pauli Apóstoli ad Hebræos.
Fratres: Christus assístens póntifex futurórum bonórum, per ámplius et perféctius tabernáculum non manufáctum, id est, non hujus creatiónis:  neque per sánguinem hircórum aut vitulórum, sed per próprium sánguinem introívit semel in Sancta, ætérna redemptióne invénta.  Si enim sanguis hircórum, et taurórum, et cinis vítulæ aspérsus, inquinátos sanctíficat ad emundatiónem carnis:  quanto magis sanguis Christi, qui per Spíritum Sanctum semetípsum óbtulit immaculátum Deo, emundábit consciéntiam nostram ab opéribus mórtuis, ad serviéndum Deo vivénti?  Et ídeo novi testaménti mediátor est:  ut morte intercedénte, in redemptiónem eárum prævaricatiónum, quæ erant sub prióri testaménto, repromissiónem accípiant, qui vocáti sunt ætérnæ hæreditátis:  in Christo Jesu Dómino nostro.

Graduale: Ps. cxlii: 9 et 10

Eripe me, Dómine, de inimícis meis: doce me fácere voluntátem tuam.  [Ps. xvii: 48-49]  Liberátor meus, Dómine, de géntibus iracúndis: ab insurgéntibus in me exaltábis me: a viro iníquo erípies me.

Tractus: Ps. cxxviii: 1-4

Sæpe expugnavérunt me a juventúte mea.  v. Dicat nunc Israël: sæpe expugnavérunt me a juventúte mea.  v. Etenim non potuérunt mihi: supra dorsum meum fabricavérunt peccatóres.  v. Prolongavérunt iniquitátes suas: Dóminus justus concídet cervíces peccatórum.

Joann. viii: 46-59
+ Sequéntia sancti Evangélii secúndum Joánnem.

In illo témpore: Dicébat Jesus turbis Judæórum: «Quis ex vobis árguet me de peccáto?  Si veritátem dico vobis, quare non créditis mihi?  Qui ex Deo est, verba Dei audit.  Proptérea vos non audítis, quia ex Deo non estis.»  Respondérunt ergo Judæi, et dixérunt ei:  «Nonne bene dícimus nos, quia Samaritánus es tu, et dæmónium habes?»  Respóndit Jesus: «Ego dæmónium non hábeo: sed honorífico Patrem meum, et vos inhonorástis me.  Ego autem non quæro glóriam meam: est qui quærat, et júdicet.  Amen, amen dico vobis: si quis sermónem meum serváverit, mortem non vidébit in ætérnum.»  Dixérunt ergo Judæi: «Nunc cognóvimus quia dæmónium habes.  Abraham mórtuus est, et prophétæ: et tu dicis: Si quis sermónem meum serváverit, non gustábit mortem in ætérnum.  Numquid tu major es patre nostro Abraham, qui mórtuus est? et prophétæ mórtui sunt.  Quem teípsum facis?»  Respóndit Jesus: «Si ego glorífico meípsum, glória mea nihil est: est Pater meus, qui gloríficat me, quem vos dícitis quia Deus vester est, et non cognovístis eum: ego autem novi eum: et si díxero quia non scio eum, ero símilis vobis, mendax.  Sed scio eum, et sermónem ejus servo.  Abraham pater vester exsultávit ut vidéret diem meum: vidit, et gavísus est.»  Dixérunt ergo Judæi ad eum: «Quinquagínta annos nondum habes, et Abraham vidísti?»  Dixit eis Jesus: «Amen, amen dico vobis, ántequam Abraham fíeret, ego sum.»  Tulérunt ergo lápides, ut jácerent in eum: Jesus autem abscóndit se, et exívit de templo.

Offertorium: Ps. cxviii: 17 et 107

Confitébor tibi Dómine in toto corde meo: retríbue servo tuo, vivam et custódiam sermónes tuos: vivífica me secúndum verbum tuum, Dómine.

Secreta:

Hæc múnera, quæsumus, Dómine, et víncula nostræ pravitátis absólvant, et tuæ nobis misericórdiæ dona concílient. Per Dóminum.

2° contra persecutores Ecclesiæ, vel pro Papa
Non dicitur tertio oratio

Præfátio de Santa Cruce

Communio: 1 Cor. xi: 24, 25

Hoc corpus, quod pro vobis tradétur: hic calix novi testaménti est in meo sánguine, dicit Dóminus: hoc fácite, quotiescúmque súmitis, in meam commemoratiónem.

Postcommunio:

Adésto nobis Dómine Deus noster: et quos tuis mystériis recreásti, perpétuis defénde subsídiis. Per Dóminum…


SANTOS PADRES



"Vosotros sois hijos del diablo y queréis cumplir los deseos de vuestro padre: él fue homicida desde el principio y no permaneció en la verdad; porque no hay verdad en él; cuando habla mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de la mentira. Mas aunque yo os digo la verdad, no me creéis. ¿Quién de vosotros me argüirá de pecado? Si os digo la verdad, ¿por qué no me creéis? El que es de Dios, oye las palabras de Dios. Por eso vosotros no las oís, porque no sois de Dios". (vv. 44-47)
Crisóstomo, in Ioannem, hom.53
Con este raciocinio excluyó nuestro Señor a los judíos de la descendencia de Abraham; pero como se atrevieron a mayores diciendo que su Padre era Dios, no pudo resistirlo, y los increpó diciéndoles: "Vosotros tenéis por padre el diablo".
San Agustín, in Joannem, tract. 42
Al tratar de esto, debemos evitar el caer en la herejía de los maniqueos, que enseñan la existencia de cierta naturaleza del mal y que hay ciertas gentes que con sus jefes proceden de las tinieblas y que de ello toma su principio el diablo. De aquí aseguran que procede nuestra carne. Según estas creencias consideran lo que dijo el Señor: "Vosotros tenéis por padre al diablo". Ellos serían como la naturaleza del mal y procedían de la gente enemiga y de las tinieblas.
Orígenes, in Ioannem, tom. 23
También parece que incurrieron en el mismo error que aquellos que enseñaban que la esencia del ojo que ve es diferente de la esencia del ojo enfermo, o que se desvía. Y así como en éstos no hay diferencia en cuanto a la esencia, puesto que no hay otra cosa que la causa que hizo enfermar al ojo, así la esencia del hombre es una misma, tenga o no conocimiento.
San Agustín, ut sup
Los judíos eran hijos del diablo, porque lo imitaban, no porque hubiesen nacido de él. Por esto les dice el Señor: "Y queréis cumplir los deseos de vuestro padre". He aquí por lo que sois hijos suyos, porque deseáis lo mismo que él, y no porque hayáis nacido de él. Esta es la razón por la que me queréis matar a mí, que os digo la verdad, lo mismo que el demonio tuvo envidia al hombre y le mató. Por esto sigue: "El fue homicida desde el principio". Y, efectivamente, cometió homicidio en el primer hombre que pudo, porque el hombre no puede ser muerto si antes no es hecho hombre. Es verdad que el demonio no viene armado de espada con qué herir al hombre, pero sembró su palabra corrompida y con ella mató. Por tanto, no te creas que no hay homicidio cuando das un mal consejo a tu hermano. Mas vosotros herís en la carne, porque no podéis en el alma.
Orígenes, in Joannem, tract. 24
Y téngase en cuenta que no llama al diablo homicida desde el principio porque haya cometido algún crimen de esta especie, sino por todo el género humano, a quien dio la muerte, por cuanto en Adán todos morimos.
Crisóstomo, ut sup
Y no dijo "que hacéis sus obras", sino "que cumplís sus deseos", manifestando que tanto aquél como ellos estaban ávidos de hacer muertes. Y como constantemente acusaban al Señor diciendo que no procedía de Dios, les da a conocer, aunque de una manera embozada, que estas palabras suyas eran inspiradas por el diablo. Por esto sigue: "Y no permaneció en la verdad".
San Agustín, De civ. Dei. 11, 13 et 15
Quizá alguno diga que desde el principio de su existencia ya no existió en la verdad, y que por esta razón nunca pudo ser bienaventurado, ni encontrarse con los ángeles del Señor, puesto que rehusó estar sometido a su Creador, siendo por esto falso y mentiroso. También porque no quiso vivir bajo el yugo de una sujeción santa, que es la verdad, aparentando por la soberbia una supremacía que no tiene. Todo el que sigue esta doctrina, no puede estar de acuerdo con los maniqueos, que intentan probar que el demonio tiene desde el principio cierta naturaleza de mal género como naturaleza propia. Los que con tanta vanidad piensan así no se fijan en que no dijo el Señor que el diablo era ajeno a la verdad, sino que "no permaneció en la verdad". Allí demuestra que debe entenderse que cayó de la verdad, y también lo que dice San Juan en su epístola primera: "El diablo peca desde el principio" ( 1Jn 3,8). Si comprenden esto como de naturaleza, tienen que admitir que no hay pecado alguno en el diablo, puesto que le es natural obrar así. ¿Pero qué responderemos a los testimonios de los profetas? Ya lo dice Isaías, bajo la figura del rey de Babilonia, a quien designa como diablo: "Como se ocultó el lucero que había salido por la mañana" ( Is 14,12); o lo que dice Ezequiel: "Que estuviste en las delicias del paraíso de Dios" ( Ez 28,13), lo cual, si no puede entenderse en otro sentido, hay que admitirlo en el sentido de lo que se ya ha dicho: que no permaneció en la verdad, aunque estuvo en ella al principio. Y respecto de aquellas otras palabras, que "el diablo peca desde su principio", no puede entenderse respecto del principio en que fue creado, sino desde que empezó a pecar: el pecado comenzó en él, y él fue el principio del pecado.
Orígenes, ut sup
Es uniforme vivir siempre en la verdad, así como es diverso y variable no vivir en ella. Sucede que algunos, si cabe así decirlo, andan con pasos vacilantes y tratan de mantenerse en ella, mas no lo consiguen. Otros no sufren esto, sino que quedan firmes en el peligro, según aquellas palabras del Salmo: "Los pies se me han conmovido un poco" ( Sal 72,2). Los demás se alejan de la verdad. Explica también el Salvador el motivo por qué el diablo no es afecto a la verdad, cuando dice: "porque no hay verdad en él"; esto es, porque inventa cosas vanas y es engañado por sí mismo, en lo cual es peor, porque los demás son engañados por él. Mas éste es el que se engaña a sí mismo. Pero debe examinarse por qué dice el Señor: "Que no hay verdad en él". Si es porque nunca tiene doctrina verdadera, sino que todas sus cosas son falsas, o porque no tiene participación con Jesucristo, que dijo: "Yo soy la verdad" ( Jn 14,6). Parece imposible que una creatura racional opine falsamente sobre todas las cosas y que no piense rectamente sobre cosa alguna. Pero el diablo conoce, por lo menos en esto, la verdad, porque se considera a sí mismo como ser racional. Por este motivo su naturaleza no se funda precisamente en admitir lo contrario a la verdad, esto es, el error y la desidia, como si nunca pudiera conocer la verdad.
San Agustín, De Civ Dei, 11, 14
Y cuando el Salvador dice que en el diablo no hay verdad, sujeta el juicio como si hubiésemos averiguado por qué no está en la verdad. A esto dice que es porque la verdad no está en él, pero el estaría en la verdad si hubiera permanecido en ella.
Prosigue: "Cuando habla la mentira, de suyo habla, porque es mentiroso y padre de la mentira".
San Agustín, in Joannem, tract. 42
En estas palabras quisieron ver algunos que el diablo tenía padre, e investigaron quién sería el padre del diablo; este error es de los maniqueos. El Señor llamó al diablo padre de la mentira. Pero, no todo el que miente es padre de su mentira, porque si admites una mentira de otro y la dices, tú mientes, es verdad, pero no eres el padre de aquella mentira. Mas aquél que no recibe la mentira de otro, sino que la pronuncia por sí mismo, es padre de la mentira, así como Dios es Padre de la verdad. La serpiente mató al hombre con la mentira, como si hubiere muerto con el veneno.
Teofilacto
El demonio recriminó a Dios ante los hombres, diciendo a Eva: "Porque os tiene envidia os ha prohibido comer de la fruta" ( Gén 3). Y a los hombres en otro tiempo recriminó también ante Dios, cuando dijo de Job (1,9): "¿Acaso Job adora a Dios en balde?".
Orígenes, ut sup
Véase que este nombre: "embustero", se dice tanto respecto del diablo, que engendró la mentira (como aquí se dice) "porque es mentiroso", cuanto respecto del hombre, según aquellas palabras del salmo: "Todo hombre es mentiroso" ( Sal 115,2). Porque si alguno no miente, no es hombre tan solamente; porque tanto a él como a los demás que así piensen puede decírseles: "yo he dicho que sois dioses" ( Sal 81,6); por lo que, cuando alguno miente, lo hace por su propia cuenta. Mas el Espíritu Santo habla conforme con la verdad y la sabiduría, según aquel testimonio: "porque de lo mío tomará, y lo anunciará a vosotros" ( Jn 16,14).
San Agustín, De quaest. Nov. et Vet Test., qu. 90
De otra manera el nombre "diablo" no es propio, sino común. En cualquier persona en que se noten acciones de diablo, debe decirse que aquella persona es diablo, porque este nombre viene de la acción y no de la naturaleza. Por esto llama a Caín padre de los judíos, porque, queriéndole imitar, éstos mataron al Salvador. De él recibieron la denominación de fratricidas, manifestando que mentía, aun acerca de lo suyo, para dar a conocer que cada uno peca sólo por su propia voluntad. Y como Caín fue imitador del diablo, dijo que el diablo era su padre, porque imitó sus acciones.
Alcuino
Pero como Dios es la verdad, el Hijo de Dios verdadero dice la verdad; mas los judíos, como eran hijos del diablo, se separaron de la verdad. Y por esto sigue: "Mas aunque yo os digo la verdad, no me creéis".
Orígenes, in Ioannem, tom. 25
¿Y cómo dijo esto a aquellos judíos que creyeron en El? Mas considera que alguno puede creer en un sentido y no creer en otro, como sucede con aquéllos que creen en Aquél que fue crucificado, bajo el poder de Poncio Pilato, y no creen en El en cuanto ha nacido de la Virgen María. Luego creen en El y no creen. Así pues, éstos a quienes se dirigía creían en El porque veían que hacía milagros, y no creían en las doctrinas tan profundas que les predicaba.
Crisóstomo, in Ioannem, hom.53
Y como sois enemigos de la verdad y no podéis acusarme de nada, queréis matarme. Y por esto añade: "¿Quién de vosotros me argüirá de pecado?"
Teofilacto
Como diciendo: "si sois hijos de Dios, también debéis aborrecer a los que pecan. Por lo tanto, si no podéis argüirme de pecado y me aborrecéis, sabido es que me aborrecéis con motivo de la verdad"; esto es, porque se llamaba Hijo de Dios.
Orígenes, in Ioannem, tom. 35
Esta palabra de Cristo implica una gran confianza en sí mismo, porque ningún hombre ha podido decir esto nunca con seguridad, sino sólo Nuestro Señor, que no ha cometido pecado alguno.
San Gregorio, in evang. hom. 18
Considerad aquí la mansedumbre del Señor. No desdeña manifestar por qué razón no es pecador, siendo así que, en virtud de su divinidad, podía santificar a los pecadores. Por esto añade: "El que es de Dios, oye las palabras de Dios; por eso vosotros no las oís", etc.
San Agustín, in Joannem, tract. 43
No veamos aquí la naturaleza, sino la malicia. Estos son de Dios y al mismo tiempo no lo son; en cuanto a la naturaleza, son de Dios; en cuanto a la malicia, no son de Dios. Mas esto no se dijo por aquellos que no sólo eran maliciosos por su pecado, porque esto era general a todos, sino respecto de aquellos ya conocidos porque no habrían de creer con la fe que debían para librarse de incurrir en pecado.
San Gregorio, ut sup
Cada uno pregúntese a sí mismo si percibe las palabras de Dios con el oído del alma, y comprenda de quién es. Porque hay algunos que no se dignan oír los preceptos de Dios por el oído de su cuerpo; y hay otros que los oyen por el oído de su cuerpo, pero que no los reciben con el deseo del alma. Y hay algunos que reciben con gusto las palabras de Dios, y así lloran con sus gemidos, pero cuando han pasado las lágrimas, vuelven a la iniquidad, y éstos, en verdad, no oyen la palabra de Dios, porque no quieren realizarla por medio de sus obras.

Los judíos respondieron, y le dijeron: "¿No decimos bien nosotros que tú eres samaritano, y que tienes demonio?" Jesús respondió: "Yo no tengo demonio, mas honro a mi Padre, y vosotros me habéis deshonrado. Y yo no busco mi gloria, hay quien la busque y juzgue. En verdad, en verdad os digo, que el que guardare mi palabra no verá muerte para siempre". (vv. 48-51)
Crisóstomo, in Ioannem, hom.54
Cuando el Señor decía algo elevado, sus palabras parecían como necias ante los judíos, que eran sumamente insensibles, como se desprende de su contestación. Dice el Sagrado texto: "Los judíos respondieron, y le dijeron: ¿No decimos bien nosotros, que tú eres samaritano?", etc.
Orígenes, in Ioannem, tom. 26
Es digno de notarse que, siendo así que los samaritanos no creen en la existencia de la otra vida ni en la eternidad del alma, se atrevan los judíos a llamar al Salvador samaritano, siendo así que tantas y tan grandes cosas les había enseñado acerca de la resurrección y del juicio. Pero acaso digan esto con el fin de ofenderle, porque no enseña lo que ellos quieren.
Alcuino
Pero los samaritanos (gente aborrecida por el pueblo de Israel) ocuparon el territorio de ellos cuando las diez tribus fueron llevadas a la cautividad.
Orígenes, ut sup
Algunos opinan así porque, creyendo lo que creían los samaritanos, esto es, que nada quedaba a los hombres después de la muerte, hablaban, faltando a la verdad, acerca de la resurrección y de la vida eterna, con el fin de agradar a los judíos. Y decían que tenía el demonio, porque sus predicaciones excedían a lo que podía alcanzar la capacidad humana, puesto que en ellas aseguraba que Dios era su Padre, que El había bajado del cielo y otras cosas por el estilo. También muchos de ellos opinaban que el Salvador arrojaba a los demonios por medio de Belzebub, príncipe de los demonios.
Teofilacto
Le llamaban samaritano, además, porque destruía los ritos de los hebreos, como cuando quebrantaba el sábado; los samaritanos, en fin, no estaban conformes en absoluto con los judíos. Y como el Señor daba a conocer aun los pensamientos de ellos, sospechaban que tenía en sí al mismo demonio. Pero el Evangelista no dice en ninguna parte cuándo le llamaron samaritano, de lo que se desprende que los Evangelistas pasaron muchas cosas en silencio.
San Gregorio, in evang. hom. 18
Véase, pues, cómo el Señor, recibiendo esta injuria, no responde con palabras ofensivas. Sigue, pues, "Jesús respondió: Yo no tengo demonio". En lo cual nos enseña que cuando recibimos alguna ofensa o injuria de nuestros prójimos, omitamos aun las malas acciones de ellos, no sea que convirtamos el ministerio de la justa reprensión en armas de furor.
Crisóstomo, ut sup
Y téngase en cuenta también que cuando convenía enseñarles y humillar la soberbia de los judíos era severo, mas cuando debía tolerar ultrajes los trataba con suma dulzura, enseñándonos que debemos defender siempre a Dios, pero despreciar lo que a nosotros atañe.
San Agustín, in Joannem, tract. 43
Y lo hizo con el fin de que el hombre imite, primero su paciencia, para que después llegue a alcanzar el poder. Mas aunque no devolvía maldición por maldición, fue oportuno que negase aquello. Le habían dirigido dos ofensas: "eres samaritano", y "tienes el demonio". No, contestó, no soy samaritano, aunque samaritano quiere decir custodio, y El sabía que era nuestro Custodio. Porque si le correspondió el redimirnos, ¿no le correspondería el defendernos? Finalmente, es samaritano aquél que se acerca al herido y le prodiga su caridad ( Lc 18).
Orígenes, ut sup
De otra manera, también nuestro Señor, con más razón que San Pablo, quería hacerse todo para todos, para conquistarse a todos, o sea para ganar a todos ( 1Cor 8,22); y por eso no negó que era samaritano. Yo creo que únicamente Jesucristo es quien puede decir: "Yo no tengo demonio", etc. Así como aquellas palabras de San Juan: "Viene el Príncipe de este mundo, pero no tiene participación alguna conmigo" ( Jn 14,30), porque aun los pecados más pequeños proceden de los demonios.
San Agustín, ut sup
Y después de toda esta afrenta, únicamente dijo algo de su gloria: "mas honro a mi Padre"; para que no me tengáis por arrogante, os digo que tengo a quien honrar.
Teofilacto
Y honró a su Padre vengándole, y no permitiendo que aquellos homicidas y embusteros se llamasen verdaderos hijos de Dios.
Orígenes, ut sup
Y en verdad que sólo Jesucristo es quien ha venerado perfectamente al Padre, porque ninguno que honra aquello que Dios no honra, puede decirse, en verdad, que honra a Dios.
San Gregorio, ut sup
Mas como todo aquél que arde de amor por la gloria de Dios es rechazado por los hombres malos, el Señor nos dio ejemplo de paciencia en sí mismo, cuando dice: "Y vosotros me habéis deshonrado".
San Agustín, ut sup
Como diciendo: Yo hago lo que debo, pero vosotros no hacéis lo que debéis.
Orígenes, ut sup
Y no dijo esto sólo para aquéllos, sino también para los que obran injustamente y ofenden a Jesucristo, quien es la justicia misma; y los que ofenden a la sabiduría también ofenden a Jesucristo, porque es la sabiduría misma, y así de las demás cosas.
San Gregorio, ut sup
Y qué es lo que debemos hacer contra las injurias nos lo enseña con su ejemplo, cuando añade: "Mas yo honro", etc.
Crisóstomo, in Ioannem, hom.54
Como diciendo: "en virtud del honor que debo al Padre os he dicho todo esto, y por ello me habéis deshonrado; pero no me preocupa esta afrenta, porque a El pagaréis las injurias que por mí le hacéis oír".
Orígenes, in Ioannem, tom. 26
Dios busca la gloria en cada uno de los que creen en Jesucristo, la cual debe encontrar en aquéllos que obran según los impulsos de la virtud, y cuando no encuentra esta gloria, castiga a aquéllos en quienes debía encontrarla. Por esto dice el Salvador: "Hay quien la busque y juzgue".
San Agustín, in Joannem, tract. 43
¿A quién puede referirse con estas palabras sino a su Padre? Pero, ¿cómo dice en otro lugar, "el Padre no juzga a nadie, sino que ha concedido al Hijo el derecho de juzgar" ( Jn 5,22)? Y téngase en cuenta que generalmente la palabra juicio se entiende por condenación; pero aquí se dice esto para explicar la diferencia, como diciendo: "existe el Padre, que distingue vuestra gloria de la mía, porque vosotros os vanagloriáis según el mundo, y yo no me glorío según el mundo". Distingue la gloria de los hombres de la gloria de su Hijo, porque aunque se había hecho hombre, no podía compararse con nosotros, porque nosotros somos hombres con pecado y El no tiene pecado, únicamente ha tomado de nosotros la forma de siervo, para que pueda decirse con propiedad: "En el principio era el Verbo" ( Jn 1,1).
San Agustín, ut sup
Y siendo verdad que se dijo por el Salvador "todo lo mío es tuyo" ( Jn 17,10), es cosa manifiesta, desde luego, que el juicio del Hijo es el mismo del Padre.
San Gregorio, in evang. hom. 18
Y cuando crece la iniquidad de los malos, no sólo no debe suspenderse la predicación, sino que, antes al contrario, debe aumentarse. Por esto el Señor, después que se le dijo que tenía al demonio, dispensa con más largueza los beneficios de su predicación, diciendo: "En verdad, en verdad os digo, que el que guardare mi palabra no verá la muerte", etc.
San Agustín, ut sup
"Verá" se ha dicho en vez de "experimentará". Pero ¿cómo el que ha de morir habla a los que han de morir diciéndoles: "El que guardare mi palabra no verá la muerte", sino porque veía otra muerte de la que había venido a salvarnos, cual es la muerte eterna, muerte de condenación con el diablo y sus ángeles? Y esta es la verdadera muerte, porque la otra no es sino un tránsito.
Orígenes, ut sup
Y así debe entenderse esta expresión: "El que guardare mi palabra no verá la muerte para siempre", como si dijere: "si alguno conserva mi antorcha, no verá las tinieblas". Y en cuanto dice "para siempre", generalmente debe tomarse para que se entienda de este modo: "Si alguno guardare mi palabra eternamente, no verá la muerte en toda la eternidad, porque ninguno habrá de ver la muerte en tanto que conserve la palabra de Jesús, pero cuando alguno falte a la observancia de lo que ha dicho, y sea negligente en cuanto a su custodia, cesa de custodiar a Dios, y entonces no ve la muerte respecto de algún otro, sino en sí mismo. Y así, una vez instruidos nosotros por el Salvador, podemos contestar al profeta, que pregunta: "¿Quién es el hombre que vivirá y no verá la muerte?" ( Sal 88,49) El que guarda la palabra de Dios.
Crisóstomo, ut sup
Dice el que la guardare no sólo por medio de la fe, sino por medio de una vida pura. Y en esto les da a conocer, aunque de una manera embozada, que ningún daño pueden hacerle. Porque si el que guardare su palabra no morirá eternamente, con mucha más razón el que lo dice no puede morir.


Y los judíos le dijeron: "¿Aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?" Jesús les dijo: "En verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuese, yo soy". Tomaron entonces piedras para tirárselas: mas Jesús se escondió y salió del templo. (vv. 57-59)
San Gregorio, in Evang. hom. 18
Como los pensamientos de los judíos eran carnales, cuando oían las palabras de Jesucristo, no levantaban los ojos de la carne, porque no veían en El otra cosa que sólo la edad de la carne. Por esto sigue el Evangelista: "Y los judíos le dijeron: ¿aún no tienes cincuenta años y has visto a Abraham?" Como diciendo: "muchos años han pasado desde que murió Abraham; ¿y cómo vio tu día?" Pues entendían esto en sentido material.
Teofilacto
El Salvador tenía entonces treinta y tres años, ¿por qué no dijeron, pues, aún no tienes cuarenta años, sino que dijeron cincuenta? Esta pregunta es inútil. Sencillamente porque dijeron lo que se les ocurrió. Pero la contestan algunos diciendo que dijeron cincuenta en reverencia del año quincuagésimo, a que llamaban del jubileo. En este año daban la libertad a los cautivos y cedían las posesiones que habían comprado ( Lev 26; Núm 23).
San Gregorio, ut sup
El Salvador consiguió con su bondad, levantar aquellos de las miras humanas a la contemplación de la divinidad. Por esto sigue: "Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuese, yo soy". Antes es el tiempo pasado, soy es el tiempo presente. Pero la divinidad no tiene tiempo pasado ni futuro sino que siempre es. Por esto no dijo antes que Abraham yo fui, sino que dijo "antes que Abraham fuese yo soy", de acuerdo con aquellas palabras del Exodo: "Yo soy el que soy" ( Ex 3,14). Luego, antes y después de Abraham existió también, pero pudo acercarse por la manifestación de su presencia, y pudo retirarse por el curso de su vida.
San Agustín, in Joannem, tract. 43
Y por lo mismo que Abraham era criatura no dijo: "antes que Abraham fuese", sino: "antes que Abraham fuese hecho". Ni tampoco dijo: "yo he sido hecho, porque "en el principio existía el Verbo" ( Jn 1,1).
San Gregorio, ut sup
Mas como las imaginaciones de los infieles no podían comprender estas palabras de eternidad, se propusieron abrumar a Aquél a quien no podían entender. Por esto sigue: "Tomaron entonces piedras para tirárselas".
San Agustín, ut sup
¿A dónde iba a recurrir la dureza de ellos, sino a sus semejantes (esto es, a las piedras)?
Teofilacto
Y después que el Señor había concluído de enseñarles todo lo que afectaba a su persona, los judíos le arrojan piedras, pero los abandona como aquéllos que no admiten corrección. Por esto sigue el Evangelista: "Mas Jesús se escondió y se salió del templo". No se escondió en un ángulo del templo como temiendo, ni huyendo se entró en alguna choza, ni se ocultó a la espalda del muro, o a la sombra de alguna columna, sino que en virtud de su gran poder se hizo invisible para los que le tendían asechanzas, y salió por en medio de ellos.
San Gregorio, ut sup
Si hubiera querido ejercer el poder de su divinidad, los hubiese envuelto en sus propios golpes con el mandato tácito de su voluntad, o los hubiese sujetado a las penas de una muerte repentina; mas el que había venido a sufrir no quería juzgar.
San Agustín, ut sup
Debía más bien enseñar la paciencia que ejercitar el poder.
Alcuino
Y por esto huyó, porque aún no había llegado la hora de su pasión, y porque El no había elegido esta clase de muerte.
San Agustín, ut sup
Luego, como hombre huyó de las piedras, pero ¡ay de aquéllos, de cuyos corazones de piedra huye el Señor!
Beda
En sentido místico, cuando alguno se detiene en los malos pensamientos, arroja sobre Jesús tantas piedras cuantos son aquéllos pensamientos. Por tanto, en cuanto le corresponde, si pasa al delirio de la pasión, mata a Jesús.
San Gregorio, ut sup
¿Y qué dio a entender el Señor escondiéndose, sino que su misma verdad se esconde de aquellos que desprecian sus preceptos? Y la verdad huye de aquella alma a quien no encuentra humilde. ¿Y qué nos da a conocer con este ejemplo, sino que también debemos retirarnos humildemente ante la furia de los soberbios, aunque podamos resistir.

 

 

 

COMENTARIO

 

 

FUE A LOS SUYOS Y LOS SUYOS NO LO RECIBIERON: EL DOLOR DEL SEÑOR

 

Este Domingo de Pasión ya empieza a relatarnos el dolor del Señor, su introducción en la Pasión propiamente dicha. El dolor de haber venido al mundo, de haber ido a su Pueblo, al pueblo que Dios había escogido, con toda su inocencia, santidad, generosidad, amor y corazón abierto, y obtener de los Jefes y personajes religiosos, esta necia resistencia, esta oposición cerrada y hasta soéz, grosera, irracional, odiosa, mendaz.

Es profundo, abisal, el dolor del amor defraudado. En el Señor, seguramente mas hiriente que los latigazos, los escupitajos y la Cruz.

 

Hay que pensar cuanta providencia y amor puso Dios, Él mismo, en formar a su pueblo a partir de Abraham, Isaac, Jacob, José en Egipto, luego sacarlo con Moisés con mano extendida, en medio de grandes portentos y prodigios, de aniquilar a sus enemigos delante de ellos hasta establecerlos en la Tierra Prometida. Donde también debió sufrir el corazón de Dios todas las prevaricaciones, apostasías, idolatrías y pecados de Israel y la muerte de sus enviados, los Profetas. Ahora que Él mismo, en Persona, viene a su pueblo, experimenta el  dolor del amor rechazado en carne propia.

 

Fue a los suyos y los suyos no lo recibieron..

 

 

 

 

ACUSACIONES ABSURDAS

 

¿No decimos bien que eres un samaritano y que estás endemoniado?

 

Al mismo Hijo de Dios en persona, aquellos hipócritas cristalizados en la mentira y en la autoglorificación, la autoestima humana hipertrofiada, acusan de endemoniado y samaritano. Samaritano es como decir hereje, religiosidad desviada o bárbara.

Ya lo habían acusado de tener un Pacto con el Diablo y habían insinuado que su Madre era una prostituta.

 

Tiene un pacto con Belzebú, por eso puede echar demonios menores…

 

Nosotros no nacimos de la prostitución; somos hijos de Abraham…

 

 

 

Esta era la crema religiosa del pueblo de Israel. Meditemos como debe haber sufrido su inocente y amante corazón al recibir este trato.

 

Estas acusaciones blasfemas para el Señor, absurdas, estúpidas, se van repitiendo en la Historia hacia sus verdaderos discìpulos. Llama la atención, no solo el odio y la mentira puestos en ellas, sino el absurdo y la estupidez…

 

fariseos rígidos que tiran piedras muertas a la gente que sufre…

 

Perros del infierno…

 

Cobardes los que cumplen los Mandamientos…

 

Fariseos que se oponen a las sorpresas del Espŕitu…

 

La Pasión del Señor, ciertamente ya tuvo un preludio, empezó antes de la Agonía en el Huerto….

 

 

 

 

 

LA ÉLITE RELIGIOSA DE ISRAEL NO CONOCÍA A DIOS NI LA ESCRITURA

 

Cuantas veces he escuchado en charlas, comentarios y homilías por parte de clerecía conciliar progremodernista o neocona lo siguiente:

 

Los fariseos conocían a Dios y la Escritura y eran malos.

 

Esto es típicamente progremodernista conciliar. De aquí se deduce rápidamente que el Conocimiento, de Dios o la Escritura, si no es malo, es peligroso.

 

Hay que reconocer la enorme astucia del Demonio en destilar estos venenos en la Iglesia por sus principales muñecos, sus conspiradores concientes o inconcientes.

Que torpeza abismal, abisal! Que inconmensurable y dañina mentira! Que inmensa imbecilidad!

 

Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.

 

Sin conocimiento no hay amor ni salvación. Como se puede amar algo que no se conoce?

 

Abraham conoció a Sara.

En hebreo y arameo el verbo conocer es mucho mas que información. Es amor íntimo; análogo al del matrimonio entre hombre y mujer. De ese amor-conocimiento íntimo y profundo, saca San Pablo la analogía del amor-conocimiento entre Cristo y la Iglesia. Digamos que en realidad el matrimonio humano, cristiano, es reflejo de la relación esponsal entre Cristo y la Iglesia.

 

Los fariseos, escribas, Doctores de la Ley y Sacerdotes que participaban de la mentalidad común de la élite religiosa de Israel, entonces, no conocían ni a Dios ni la Escritura. Lo dice Cristo mismo en este Evangelio y otros:

 

Ustedes dicen que es su Dios, pero no lo conocen..

 

Si ustedes conocieran el significado de la Escritura no hubieran condenado unos inocentes...les reprocha Jesús en otro momento anterior.

 

Ustedes son….hijos..del Diablo…

 

Mentirosos..

 

 

 

 

LOS PROGREMODERNISTAS, FARISEOS DE HOY

 

Hay que poner esto en claro, y dilucidar la dañina estulticia progremodernista, representante hoy día de la élite farisaica.

 

El conocimiento de Dios y su Palabra es necesario para la Salvación. No se puede amar lo que no se conoce.

 

Hombres que abordan la Escritura, la estudian humanamente (diabólicamente) con un abordamiento púramente carnal y nemotécnico, hacen extrañas casuísticas seudocientíficas; hermenéuticas desastrosas y mendaces, y la tergiversan y reducen a doctrinas humanas. No la abordan con el Espíritu con que fueron escritas: la aterrizan..

 

Hipócritas….En vano me rinden culto, porque lo que enseñan no son mas que doctrinas humanas…

 

Esto cuadra pefectamente a la ralea mas inmunda y dañina que ha pululado y pulula sobre la tierra: los progremodernistas.

 

Cloaca de todas las herejías, ha llamado San Pío X al Modernismo. Los modernistas se llaman a sí mismos progresistas, dijo el Papa.

Comparten los progremodernistas con los fariseos, principalmente, el ansia de ser glorificados con el mundo, la Apariencia, la Figuración, la Mendacidad, la Hipocresía, la mentalidad mesiánica. El progremodernista ya no tiene el aspecto solemne y austero del Fariseo, sino que aparenta sencillez y humildad; sonriente y abierto, cuando en realidad es serpentino, avieso. Tergiversa la Palabra de Dios para adaptarla al mundo, para no chocar con él, para vivir en paz…para estar a la altura de los signos de los tiempos, de los tiempos del mundo; para insertarse en la Historia. Anula el poder salvador de Dios. Es incomensurable lo dañino para las almas que es un clérigo progremodernista; mucho mas si es Obispo; y si es Papa, ya es un exterminador de almas…un poblador del Infierno.

 

El agnosticismo kantiano de Rhaner, alma del II Concilio Vaticano, lo lleva a desesperar de conocer a Dios en la medida que se puede conocer de acuerdo a como siempre lo supo y lo sabe la Escritura, vivida por la Tradición e interpretada por el Magisterio hasta 1962. Entonces, como Dios está mas allá de todo fenómeno, y a fin de cuentas es prácticamente incognocible, a pesar de que le doremos la píldora, lo que queda es la realidad inmediata: el Mundo, la historia humana. Esta es LA REALIDAD, para el progremodernista. No queda otra cosa que asimilar a Dios a la Historia, al Mundo, para no perderlo. Panteísmo; a veces vago, solapado, pero Panteísmo al fin. Nada que ver con la Santísima Trinidad, el Dios cristiano. El Verdadero Dios trascendente y distinto de la Creación. Esta concepción fue  utopizada y milenarizada con una falsa escatología aterrizada, inmanente por Theilard. Para que el progremodernismo pueda tener su cielo en el mundo; ese mundo del cual no se quiere desprender.

 

La teología personalista post concilio, aterrizó y redujo la Ley de Dios al concepto de  norma..poniendo al mismo nivel dentro de este concepto a las normas humanas y la Ley de Dios. Resultado: menoscabo de esta: su respeto es mero legalismo, convencionalismo. De aquí a aquello de que los que cumplen los mandamientos son cobardes….solo hay un trecho.

 

El progremodernista detesta la Ley de Dios; odia y demoniza el concepto de cumplimiento, y pretende que solo sirve el amor; un amor sin ley de Dios, sin Verdad. Una ingeniosa mentira del Demonio.

Porque, dice, los fariseos cumplían y eran malos. Oh imbécil progre! Nunca entenderás: no cumplían! Hacían que cumplían. Ya lo dice cláramente Cristo: tergiversaban la Palabra para no cumplir; pero reducían a seudocumplimientos que no eran mas que casuística de ellos, que poco tenía que ver con el verdadero cumplimiento. (Cf Mc 7 1-13)

 

El que me ama es el que cumple mis Mandamientos..

 

Quieres llegar a la vida eterna, cumple los mandamientos…

 

El que dice que conoce a Dios y no cumple sus mandamientos es un mentiroso y la verdad no está en él…

 

Es decir, el cumplimiento, que detestan los progremodernistas, y tachan de antiguo y legalista, es obligatorio ordinariamente para salvarse.

 

Difiere también el Progremodernista del fariseo antiguo, en que este se mostraba legalista (con una errónea, falsa, interpretación de la legalidad divina, como Cristo se los muestra en repetidas oportunidades); el Progremodernista se muestra anómico, y parece detestar la legalidad y las normas, cuando en realidad se somete religiosamente a la Corrección Política del Sistema, hoy al Dogma del Nuevo Orden Mundial, y acepta el Magisterio del Plan de Desarrollo Sustentable de la ONU…anticristiano rampante.

 

 

 

 

QUIEN GUARDE MI DOCTRINA, NO MORIRÁ JAMAS

 

Cristo les espeta a aquellos hipócritas, progremodernistas arcaicos del pasado, que su Doctrina (la de Cristo)  salva y lleva a la Eternidad.

 

En verdad, en verdad os digo, quien guarde mi Doctrina, no morirá jamás.

 

Vemos cual es la importancia fundamental de la Doctrina, que la Tradición y el Magisterio han derivado de la Escritura. Sin Doctrina no hay cristianismo, no hay Iglesia, no hay nada de Cristo. Es como pretender un Cristo sin Palabra. Otra imbecilidad maligna del progremodernismo.

 

Hoy se llega a decir desde la alta cúpula de la iglesia, que la Doctrina no tiene importancia….que Cristo no trae Doctrina…

 

YO SOY

 

Cristo insinúa con bastante claridad algo que escandaliza y espanta a los fariseos: se hace uno con Dios, con Yhavhe.

 

En la zarza del desierto, Dios se revela a Moisés como Yo Soy El que Soy. Estupenda afirmación que diría Yo Soy el que Es; Yo Soy el Ser…y haría las delicias de Parménides de Elea…

 

Dios es el Ser; el que Es. Escuchemos a San Gregorio sobre esto:

 

San Gregorio, ut sup

El Salvador consiguió con su bondad, levantar aquellos de las miras humanas a la contemplación de la divinidad. Por esto sigue: «Jesús les dijo: en verdad, en verdad os digo, que antes que Abraham fuese, yo soy». Antes es el tiempo pasado, soy es el tiempo presente. Pero la divinidad no tiene tiempo pasado ni futuro sino que siempre es. Por esto no dijo antes que Abraham yo fui, sino que dijo «antes que Abraham fuese yo soy», de acuerdo con aquellas palabras del Exodo: «Yo soy el que soy» ( Ex 3,14). Luego, antes y después de Abraham existió también, pero pudo acercarse por la manifestación de su presencia, y pudo retirarse por el curso de su vida.

 

En este, como en otros pasajes, Jesús insinúa bastante fuértemente ser Dios, para el que tenga espíritu y mente recta. Insinúa o afirma.

Sabemos que posteriormente al II Concilio Vaticano la teología modernista cubrió la iglesia de un neoarrianismo. Enfasis exclusivo en la humanidad de Cristo. Reducción a lo humano. Antropocentrismo. Nuevo Humanismo… Ya Rhaner había alertado sobre los peligros del Monofisismo….Extraña alerta…

Pero hoy, ante la marea de la reducción de Jesúcristo a la sola humanidad, por efecto del progremodernismo, hay que remarcar la doble naturaleza, humana y divina. Y que la Persona de Jesús Cristo es Divina. Es la Segunda de la Santísima Trinidad; es la Persona del Hijo. Porque el Cristo púramente humano tan común de hoy, sonriente, algo afeminado, políticamente correcto, gay friendly, preocupado por el calentamiento global, NO ES CRISTO.

 

 

 

 

LA VERDAD HUYE DE LOS NECIOS

 

La sabiduría no puede entrar en el espiritu de un necio…afirman repetidas veces los Libros Sapienciales.

 

Tomaron entonces piedras para lanzárselas; mas Jesús se ocultó a sus ojos y salió del templo..

 

Vemos en la Escritura y en la Historia humana que el necio no puede soportar la Verdad. Se encoleriza, se pone mal. Aunque disimule, su espíritu se envenena ante la Verdad. Recordemos el martirio de Esteban:

 

Rechinaron dientes, se taparon los oídos, y gritando a gran voz se abalanzaron sobre él…

 

En este Evangelio, los Fariseos tomaron piedras para lapidarlo a Cristo, pero Él huyó de su presencia.

 

Los fariseos de hoy, progremodernistas, sonrientes, no agarran piedras, pero echan mano de epítetos, de calificativos descalificadores, absurdos, de clichés insultantes estereotipados….contra el que dice la Verdad.

Cuando se ven superados completamente y refutados, no tienen otra cosa que decir que: me voy, tengo cosas importantes que hacer.

 

La Verdad huye de los necios; y los necios no soportan y huyen de la Verdad, o pretenden despeñarla por un barranco…como a Cristo en Nazaret en su primera prédica….

 

 

 

 

CONCRECIÓN

 

La Pasión del Señor propiamente dicha, su inicio en el Huerto, se acerca. El clima se va haciendo mas denso. Los enemigos se van unificando; los amigos empiezan a dudar. El Diablo ronda en círculos concéntricos cada vez mas cerca. La Prueba es inminente. La Hora se acerca.

Jesús se ha declarado Dios; ha impugnado la falsa religiosidad de Israel. Ha declarado el carácter definitivo de su Doctrina y ha señalado la mentalidad de los hijos del Diablo: los necios: los que no aceptan su Palabra.

 

Hoy mas que nunca es absolutamente necesario al católico resistir la falsa religiosidad mundana, neofarisaica? Podríamos decir? Con unos fariseos distintos, sonrientes, laxos y mundanos, politicamente correctos y amorosos…puesto que siempre tienen su boca llena con la palabra Amor. Pero como aquellos arcaicos de la época de Cristo que nombraban mucho a Dios, pero ni siquiera lo conocían, están lejos de él y cerca del Enemigo. Hijos suyos son, dijo Cristo.

 

Aferrarse a la Doctrina que lleva a la vida eterna, cumplir los Mandamientos, poner en práctica la Fe, la Esperanza y el Amor. Anunciar y denunciar es la tarea dramática del católico. Todo esto con centro en el Culto verdadero de la Misa.

Nosotros también debemos prepararnos para acompañar la Pasión del Señor y vivir nuestra propia pasión y kenosis; hoy vamos contracorriente con el Sistema y la cúpula y gran parte de la jerarquía de esta iglesia en fase decadente y agónica, putrefacta (pero que será restaurada como Esposa reluciente al final por el Señor) en contra de todo lo bueno.

Pero sabemos que después de la pasión, y la muerte tendremos nuestra Resurrección.

Nuestra Pascua está cerca.




 

 

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"LOS LEFEBVRISTAS ROMPEN LA COMUNIÓN CON PEDRO; ES INACEPTABLE BAJO TODO PUNTO DE VISTA!" afirman neocones apologetas MK-Ultra hip...